Ventana al mundo

Idealismo, realidad y oportunidad estratégica

lunes, 04 de marzo de 2019 · 00:10

El ya fallecido politólogo Hans Morgenthau ha sido reconocido como uno de los máximos impulsores del realismo en la conducción de la política exterior. A él se le atribuye una conocida expresión: “Las naciones no tienen amigos ni enemigos permanentes, sólo tienen intereses permanentes”. Sobre la base de ese realismo se generaron diversos factores de acción. El primero de ellos obviamente es el propio realismo en sí, la certeza de que la vida de una sociedad se rige por condiciones objetivas propias de la naturaleza humana. El realismo ha chocado en el pasado -lo sigue haciendo en el presente- con conceptos muy valiosos filosóficamente pero que resultan irrelevantes en un frío análisis realista. 

 Desde la época de los célebres filósofos Platón (idealista) y Aristóteles (realista) hemos tenido presente esa dicotomía entre lo ideal y lo real que acompaña a la humanidad. No hay ideas sin su confronto con la realidad, no hay sueños posibles sin alguien que intente transformarlos en tangibles o los deseche por irreales. Por otro lado, muchos ideales quedan tal cual y eso no es malo.

El ser humano siempre necesitará tener sueños que, aunque no pueda cumplir ni sean viables, son acicates positivos para intentar alcanzar metas más limitadas pero no por ello menos útiles. A su vez, cuando un organizador social llega a niveles patológicos surgen excesos, tanto a nivel individual como plural, sobre todo por la posibilidad de tener comunidades transformadas en gigantescos organizadores meticulosos pero sin creatividad ni posibilidades de cambio. 

Se ha comprobado además que la organización  en demasía de una comunidad atrae  totalitarismos y es proclive al belicismo. Su contrapartida es el exceso de ensoñaciones, con su secuela de desorden, anarquía y debilidad. Una sana posición intermedia entre el soñador y el organizador se impone en lo individual y especialmente en lo plural, en particular si se pretende evitar demasiados contrastes, y lograr algo de armonía en función del crecimiento histórico de “x” comunidad.

 Por otro lado, conviene recordar que la tragedia de las grandes guerras de la historia ha tenido como causa fundamental el crecimiento desigual de las naciones. Tal crecimiento desigual no se debe al mayor genio de algunos pueblos en comparación con los demás; en gran medida es más bien el resultado de la inequitativa distribución de la fertilidad del suelo que se ocupa y de lo que podría llamarse “oportunidad estratégica” de unos sobre otros a lo largo de la historia. 

Piénsese en cuán diferente hubiera sido el destino de los 13 estados originales que formaron Estados Unidos de América si el país se hubiera fundado en otro lugar. Partir en 1776 desde una excelente ubicación le permitió a las 13 excolonias pasar a ser 50 estados, adueñarse de medio continente norteamericano en poco más de 100 años y superar una cruenta guerra civil. 

Estados Unidos siguió ganando espacio hasta convertirse en potencia bioceánica y con legítimas pretensiones de poder mundial desde fines del siglo XIX, tras haber derrotado a España. 
La patria de George Washington tuvo a partir de su gestación una enorme ventaja estratégica por las ubérrimas condiciones de su territorio original, la eximia calidad de su dirigencia y la mayor abundancia de recursos naturales que su avance hacia nuevos suelos le fue proporcionando.

 No existe en la dura realidad mundial “igualdad de oportunidades” entre naciones. Algunas nacen bien, otras nacen mal, algunas se recuperan y superan desventajas, otras se dejan ahogar por sus desventajas y no faltan aquellas que procuran conseguir de terceros (mediante invasión o lucha) lo que les falta. Así anduvo y anda el mundo...

Agustín Saavedra Weise es economista y politólogo. www.agustinsaavedraweise.com

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