Economía de papel

De tapados y minidevaluaciones

sábado, 23 de abril de 2016 · 00:00
Durante mi niñez conocí en mi barrio una familia tan pobre que los niños desayunaban a veces, pero los mayores nunca. Parte del vecindario se compadecía de ella, mientras  que la otra  abusaba. Los que la compadecían le daban alguna ayuda  y algunas sobras de mesas bien servidas. En ocasiones recibían alguna platita de un alma misericordiosa. Los que abusaban de ella encomendaban a sus miembros tareas domésticas pagándoles miserias.
 
El padre recibía una pensión de discapacitado. Tenía cuatro hijos. La mayor vivía en el exterior, a donde emigró por gracia de Dios. Ganaba para vivir y mandar algún dinero.
 
Lo único real que esa familia poseía era una casa, un inmueble vetusto. Había sido heredada de abuelos y bisabuelos, de los que la familia tenía memorias acumuladas que nadie creía. 
 
Tan vieja era la casa que un día de torrencial lluvia uno de sus muros cayó. Nadie ayudó a levantar los escombros. La madre y el hijo mayor hicieron lo que pudieron con gran sacrificio.  Una mañana ambos se vistieron lo mejor que pudieron, mandaron a los menores a la escuela y dejaron al padre mirando por la ventana con inusitada cara de alegría y esperanza. Volvieron al mediodía más que dichosos con canastas llenas de comida y ropa. En los días sucesivos contrataron albañiles para arreglar el muro desplomado y, como si una mano mágica hubiera pasado por la cara de los niños y por la fachada de la casa, todo apareció limpio y arreglado. 
 
La pobre familia dejó de ser tan pobre y pasó a ser medio pobre gracias a un tapado que encontró y que, con cierta prudencia, convirtió en efectivo de a poco para no levantar más sospechas.
 
Los padres y el hermano mayor no habían aprendido nada en su vida que les inspirara a hacer algo productivo con el dinero, más allá que guardarlo y gastarlo. Tenían la experiencia del hambre que les dictó reservar dinero para épocas que podrían ser peores. 
 
La hermana mayor volvió con pequeños ahorros a hacer lo que hacía en el exterior: ordenar la casa y cocinar.
 
Los vecinos que  los miraban con desprecio cambiaron de actitud y hasta los invitaban a sus casas. No faltaron propuestas de negocios fantásticos, en los que los nuevos medio pobres (o medio ricos) incursionaron sin conocimientos  y sin mayores ganancias. 
 
Las épocas malas trajeron ruines resultados y, con negocios que no prosperaban, tuvieron que vivir del tesoro por siglos  oculto. Tenían lo suficiente para vivir mejor que muchos de sus vecinos en los próximos siete a 10 años y eso es lo que hicieron.
 
Este relato se parece tanto a la Bolivia actual, que quise compartirlo. La Bolivia de las fabulosas reservas internacionales de $us 15.000 millones lo único que sabe hacer con ellas es gastarlas mientras duren. No se ha hecho mejor uso de ellas porque no se sabe cómo hacerlo.
 
Los indios (de la India) tomaron el pelo a la cándida Bolivia con el Mutún y la industria que nunca fue. Ahora son los chinos que venden una planta que producirá acero para venderlo a los propios bolivianos cuando el acero tiene un precio tan bajo debido a la gigantesca producción de acero de la China. 
 
Se compró un satélite tan caro, que con el mismo monto se pudo envolver y desenvolver a Bolivia con fibra óptica para comunicar a este pueblo, urbano y rural, con el mundo entero. Se producirá tanta urea en el medio geográfico del territorio para almacenarla en cantidades que los olores de la misma llegarán a las costas de los mares, pero no lo producido porque los costos de transporte la harán poco o nada competitiva. 
 
Se rescató Karachipampa para generar ilusiones que nunca se harán realidad. Bolivia no tiene nada que exportar que valga la sacrificar la estabilidad lograda con la bolivianización y con las reservas invertidas con irrisoria rentabilidad.Parte de esta reserva se encuentra en oro y es tratada como el capitalismo enseñó, como un fetiche.
 
Un fetiche es una cosa inanimada, sin vida, que se la trata como si la tuviera. Guardado en el exterior, para que en los registros contables tenga más valor, por la certificación otorgada en los centros financieros del mundo industrializado y poderoso, a los bolivianos no les sirve para maldita cosa. El Banco Central se siente feliz observando cómo su valor sube y baja, de acuerdo a los vaivenes del mercado internacional, sin que deje huella en la economía nacional. 
 
Sobran los economistas oficialistas y de los otros que aconsejan devaluar sin proponer auténticas formas de volver productiva la riqueza nacional. Riqueza que ya no está mayormente en la minería. Está en la transformación de los productos, principalmente agropecuarios, que pueden venderse a excelentes precios a poblaciones que pertenecen al multimillonario 1% de la población que no sabe ya qué consumir. 
 
Si Bolivia devalúa ahora ¿en qué se hará más competitivo? ¿En la producción de soya, que si tiene el costo que tiene es por la subvención de los hidrocarburos que ya la beneficia? ¿O tal vez la beneficie exportar sus confecciones,  cada vez más caras ante  las confecciones del Lejano Oriente?  La mayor productividad de los productos agropecuarios con alto valor agregado es la respuesta para Bolivia que, mientras duren las reservas, debería encaminarse a producir y no a hacer juegos monetarios de minidevaluaciones que no la harán más productiva.

Alberto Bonadona Cossío es economista.
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