Economía de papel

¿Derrotado yo? ¡Derrotada su abuela!

sábado, 06 de octubre de 2018 · 00:10

Oigo como una cantaleta en los medios, en las conversaciones, en mis clases, que los bolivianos hemos sido derrotados en la Corte Internacional de Justicia en la demanda que Bolivia hizo para que Chile se siente a negociar un acceso soberano al mar.

Se dice que nos dieron una goleada de 12 a 3, con una simplona comparación futbolera, totalmente inapropiada. Personalmente, no me siento derrotado en absoluto frente al fallo de ese tribunal. A lo largo de mi vida he sido testigo de la utilización política que varios gobiernos han hecho de la reivindicación marítima para ganar votos o para perpetuarse en el poder y después del mucho griterío y chauvinismo generados viene el sentido derrotista, que obnubila la visión de lo que efectivamente se debe hacer en este país.

Y lo que se debe hacer no está en tener o no una salida al mar; radica en el robustecimiento de la base material de este país. Existen algunos triunfos en el pasado histórico de esta sociedad, por supuesto, pero éstos no están relacionados a las costas marítimas. El acceso soberano al mar tiene más un peso simbólico que un efectivo impedimento al desarrollo social y económico de Bolivia. Los triunfos que los bolivianos pueden alcanzar se encuentran en el ámbito de la producción, del mejor uso de los recursos humanos y naturales que este territorio posee.

Ciertamente, los otros ámbitos, que no sólo pueden compensar la ausencia de una salida al mar, potencialmente están en las mismas narices de todos los bolivianos, pero no se sabe o no se quiere aprovechar. La potencialidad del desarrollo de Bolivia radica en su amplio territorio y en la gran biodiversidad del que goza el mismo. Por cierto, al ser potencial, su utilización efectiva y que favorezca a esta sociedad está en un futuro que se debe aún construir.

Hasta ahora gran parte de los intentos de desarrollo en Bolivia siguen fórmulas trasnochadas de siglos pasados. Se insiste en proyectos industriales que desbaratan la naturaleza, cuando ésta es la base de la respuesta a una economía rica en sus más diversas expresiones y que la tecnología actual se brinda accesible para que sea mejor aprovechada y se le otorgue una perspectiva de sostenibilidad, en la que el futuro de la existencia de una materia prima no se ponga en riesgo por su agotamiento.

Se insiste y se gastan recursos gigantescos, por ejemplo, en producir energía termoeléctrica, cuando el territorio boliviano es privilegiado en energía solar. Lo propio ocurre con la energía eólica. Ambas deberían ser la base de la electrificación de este suelo boliviano. De manera similar ocurre con la persistente explotación de la tierra con monocultivos (como la soya y la caña de azúcar) que, aparte de depredar el suelo, exigen formas transgénicas por las que hay que pagar patentes (caso de la soya), o la destrucción de bosques naturales (caso de la caña y también de la soya).

Son bosques que pueden contribuir a alimentar, curar e incluso embellecer a millones de seres humanos con la fabricación de alimentos, medicinas y cosméticos. El mundo entero ejerce o guarda una demanda extraordinaria por estos productos que permitirían una industrialización diferente de la economía boliviana.

Frente a este futuro que Bolivia posee no me siento derrotado. No creo que los bolivianos debamos sentirnos derrotados por lo que dijo una corte internacional que, al final de cuentas, no tiene ningún poder de hacer respetar sus fallos. La derrota es para los políticos que tradicionalmente han utilizado el mar para perpetuarse en el poder, creando ilusiones y obnubilando la mente de los bolivianos.

Bolivia no perdió nada con ese fallo y debe, más bien, volcar sus energías a donde realmente se harán efectivas al construir el futuro de esta sociedad. Sociedad que se debate entre la pobreza y un crecimiento enano, cuando todo ello puede radicalmente ser transformado si tan sólo se enfocarían los esfuerzos donde deben enfocarse.

Alberto Bonadona Cossío es economista

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