Economía de papel

¿Quiénes logran los avances en salud?

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sábado, 15 de diciembre de 2018 · 00:10

Angus Deaton, Premio Nobel en economía hace dos años, apunta en su libro El gran escape que en el transcurso de la historia humana  existieron grandes masas de personas –cifradas en millones– que se liberaron de las más extremas condiciones de pobreza consiguiendo mejores condiciones de salud y de ingreso por persona. Pero al igual que en la película del mismo nombre, en ese escape una fracción de prisioneros que viven en las más recalcitrantes condiciones de pobreza no logra zafarse de esas extremas condiciones. “A medida que unos escapan otros se quedan atrás”.

Las circunstancias de la gente que ha escapado de la pobreza también se evalúan con la adición de un mayor número de indicadores a las ya referidas, mejor situación en salud e ingreso per cápita. Estas condiciones aumentadas, Amartya Sen (otro premio Nobel) las considera como las características necesarias para “vivir bien”, y éstas son  mejor y mayor educación, respeto a los derechos humanos, inserción social, autorrespeto, acato a los mandatos del voto democrático, libertad económica, libertad de expresión, y libertad de ejercer el máximo número de potencialidades que tienen los seres humanos para alcanzar un pleno desarrollo individual.

 Mucho le falta a la humanidad para alcanzar la amplísima lista que Sen propone para un desarrollo integral de todo ser humano, aunque el vertiginoso avance de la ciencia y la tecnología lo hacen cada vez más viable. No obstante, los planteamientos de Deaton son más tangibles y se puede afirmar que los avances en la salud de la mayoría de países son impresionantes. 

Esto no quiere decir que en todas partes se produjo de la misma manera y con similares coberturas. La desigualdad es parte del escape. Éste empezó con la revolución industrial y continúa con la revolución tecnológica, pero siempre está acompañado con la desigualdad en cuanto su alcance en los países más pobres.

En el caso de Bolivia, son innegables los avances en cuanto la reducción de la mortalidad infantil y el aumento de la esperanza de vida al nacer. Estos son resultados que, en general, se repiten en la mayoría de los países con similares entornos socio-económicos que Bolivia. Por supuesto, cada gobierno de estos países muestra estos avances como hechura de las políticas por ellos realizadas. 

Lo cierto es que los respectivos indicadores mencionados deben su mejora más al avance de la ciencia y la tecnología médica que a las políticas gubernamentales. Téngase presente que prácticamente todas esas mejoras tienen su origen en los países que crean tecnología, que investigan y producen los remedios y el instrumental que han logrado la mejora en esos dos índices y en otros más.

No me queda la menor duda de que la industria farmacológica es una de las industrias más crueles que existe al dosificar sus logros para beneficiar a los seres humanos. Empieza favoreciendo a los más ricos y luego “por goteo”, lento y discriminatorio, alcanza a las grandes masas. 

Lo cierto es que la historia del capitalismo tiene una enorme variedad de ejemplos que corroboran esta evolución de los alcances de la medicina: primero a los poderosos luego a los menos privilegiados. No obstante este patrón, la salud del mundo en promedio mejora paulatinamente. 

Un país como Bolivia recibe estos avances con gran retraso precisamente por su grado de pobreza en el concierto general de los países. No obstante, la esperanza de vida bordea los 70 años, en promedio, para toda la población que habita este país. A la vez que Bolivia recibe estos avances con gran retraso, poco hace para que la humanidad avance más rápido. Prácticamente son inexistentes (con un par de pequeñas excepciones) los aportes de Bolivia a la mejora de la salud mundial.

En el terreno interno, se construyen enormes hospitales sin la debida dotación de médicos, aunque puedan contar con equipos caros que no se los usan. Grandes infraestructuras, muy caras porque son proporcionales al volumen de los sobornos, y los profesionales médicos ganando una quinta o décima parte de sus pares en el resto de América Latina, donde algunos países atraen a los profesionales bolivianos porque aquí no se los valora como corresponde. Pero esto ocurre con los profesionales en general. Lo peor es que éstos se comportan como “esclavos felices” al calificar como un buen salario 15.000 bolivianos.

Así fomentan la fuga de cerebros y se apoltronan en sus puestos públicos, ganando sueldos sujetos a  insensatos y ridículos  techos.

 

Alberto Bonadona Cossío es economista.
 

 

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