Economía de papel

La lectura artificiosa del crecimiento del PIB

domingo, 30 de diciembre de 2018 · 00:08

La economía boliviana no se encuentra en las mejores condiciones a pesar de que la tasa de crecimiento sea superior al 4,5%. Se muestra a este crecimiento como el índice mayor de América Latina, lo cual no es correcto porque Panamá y República Dominicana están muy por encima de esa cifra (a veces esto se disimula comparando sólo con Sud América). Se insiste que crecer a una tasa del 4,5% es una muestra del aumento, no sólo de la producción, sino también de la productividad. El crecimiento de la productividad se mide en relación con  la utilización de algún factor de producción u otra variable como el uso de energía utilizada u otro insumo empleado en el proceso productivo. Aspecto este en el que cada vez se va de mal en peor, particularmente en el sector agrícola tradicional.

Para darse cuenta qué ocurre con la economía de un país hay que mirar un poco más allá que la tasa de crecimiento del PIB. Muchos colegas llaman la atención al déficit fiscal y califican a un déficit mayor al 3%  como peligroso.  Esta medición no es la más precisa para una economía aún pequeña como la boliviana. Se puso como estándar generalizado para ingresar a la Unión Europea. Y no queda la menor duda que Bolivia está muy lejos de medirse con ese estándar. No porque no se pueda tener un déficit bajo, o incluso un superávit, sino porque los déficit para economías pequeñas que enfrentan problemas deben establecerse muy por encima del 3%.

Una economía pequeña y muy pobre como la boliviana, puede aproximarse a un 10% y no genera serias repercusiones, por ejemplo, en la tasa de inflación, como se puede constatar con las reducidas inflaciones de este año y el pasado año.

La preocupación tampoco se puede medir en relación con  que los países vecinos  devalúan y Bolivia no. Esta forma de ver sería apropiada si la capacidad de exportar a los países vecinos se vería relativamente comprometida  por no asumir esta medida pesadamente monetaria y no productiva. Bolivia exporta a dos países vecinos,  Brasil y Argentina,  y a ambos les vende gas. Producto cuyo precio se decide por un contrato atado al precio internacional del petróleo denominado WTI. Precio que no lo puede afectar una devaluación. Por otra parte, si no se toma en cuenta el gas exportado, compramos más de lo que les vendemos a los vecinos porque no producimos lo que ellos (un ejemplo, gasolina chilena). Las otras importantes exportaciones de Bolivia se dirigen a Estados Unidos, algunos países de Europa y del Asia, cuyos mercados establecen los precios a los que Bolivia les vende y no se verían ni favorecidos ni perjudicados por una devaluación del boliviano.

Se puede insistir en que el crecimiento del PIB se debe más a la expansión del mercado interno y que ya poco importa el mercado internacional. Tal argumento falaz se respalda con el hecho que cuando bajaron los precios del petróleo, la economía boliviana continuó creciendo. Falaz porque este razonamiento no toma en cuenta la acumulación de reservas internacionales ya existentes en grandes volúmenes por los inmensos valores de gas exportados, gigantescos respecto al pasado de la economía nacional, que se filtraron a la economía en su conjunto.

El ejemplo más contundente de esta filtración son los créditos del Banco Central a importantes empresas estatales, como ENDE o YPFB. También están las grandes inversiones en carreteras y otras obras de infraestructura, muchas de ellas financiadas, además de los recursos derivados de la exportación de gas, con abultados créditos externos. Por supuesto, que estas erogaciones estatales crearon un efecto de filtración que impulsó el mercado interno incluso cuando ya no aumentaban los precios de las materias primas.

Hay que percatarse, sin embargo, que el mercado interno es todavía pequeño y de base material muy débil. Y esto, por la simple razón que no hay una industria nacional que lo respalde. El ciclo de maduración de los proyectos expuesto por las entidades gubernamentales para justificar el retraso en la obtención de retornos positivos en la gran mayoría de las inversiones en empresas estatales no es más que malabarismo.

Los fracasos de las empresas estatales se harán más evidentes en los años venideros. Ciertamente ya existe la demostración con los proyectos de Karachipampa, Quipus, Bulo Bulo y otros muchos más. La corrupción juega un aspecto de relevancia en el mercado interno, lo hace crecer porque los funcionarios gastan parte de sus lucros en el mercado interno pero no hay retorno social productivo, obviamente.

Para medir el robustecimiento de la economía boliviana no se puede sólo observar cuánto crece el PIB únicamente, hay que mirar qué se está produciendo efectivamente y cuánto de esa producción puede exportarse para evitar que sigan cayendo las reservas internacionales. Es de trascendental relevancia ver lo que genuinamente aumenta la riqueza nacional y no mantener las reservas artificialmente con créditos que se dirigen a elefantes blancos en una producción nacional que, en los hechos, no se expande en los rubros que efectivamente robustezcan los fundamentos productivos del futuro de esta economía.

Alberto Bonadona Cossío es economista.

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