Economía de papel

La salud en desgracia y el narcisismo de un gran palacio

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sábado, 19 de mayo de 2018 · 00:06

En los últimos años, el presupuesto de salud ha crecido considerablemente y este presupuesto ha sido, como se acostumbra, muy superior a la ejecución. No obstante, el nivel de gasto es impresionante y como hacen muchos organismos internacionales, con esos datos calificarían al modelo económico social comunitario de Bolivia como un modelo de gasto y de orientación social ejemplar, virtuosa, digna de halagos, y demás epítetos que convencerían a cualquiera de que Bolivia anda por el mejor de los senderos.

  Para mencionar algunas cifras: el total de ejecución del presupuesto desde 2006 hasta 2016 se aproxima a los 8.000 millones de bolivianos, aunque el monto presupuestado supera los 14.000 millones. En tan sólo dos años, 2015 y 2016, se ejecutaron a favor de una infraestructura mejorada 2.700 millones.

 Sin embargo, los efectivos resultados son, a todas luces, de índole nada halagadora. Particularmente, si se observan datos vitales, como es el peso de los niños recién nacidos, que en 2003 llegó a 4,64% del total de nacidos, y en 2016 este indicador subió a 6,2%. Las mujeres embarazadas con anemia, en los mismos años, aumentaron del 34,8% a 36,8%. Se esperaría que los millonarios gastos en “salud” debieran reflejar considerables mejoras. 

 Se dirá que se están construyendo 47 hospitales en todo el país y cuatro de ellos son de cuarto nivel (mejor equipamiento y unidades de investigación y enseñanza), pero ¿qué resultados efectivos alcanzarán? Gastar mucho no significa calidad y en países como Bolivia o la China, a mayor gasto mayor es el soborno.

 En Bolivia también se puede gastar millones de dólares en un nuevo palacio de gobierno (más de 36 millones de dólares) como en infraestructura médica con resultados que no responden a lo que efectivamente requiere la población y exigen sus necesidades. Éste, por si los gobernantes lo olvidaron, es un país pobre, muy pobre. 

 Comparado, en distintos ámbitos con los países vecinos, siempre está a la saga, en último lugar. Al compararlo con países pobres de África, como Cabo Verde, la República del Congo y ni se diga de Botsuana, se coloca en igual posición, y en muchos aspectos es superado por estos países, que en décadas han logrado lo que este país, Bolivia, no alcanza en casi dos siglos de vida independiente. 

  El nuevo palacio de gobierno es monstruoso del mal gusto y,  aparte de desentonar con el centro histórico, sólo servirá para continuar el vicio de la empleomanía, sin aumentos efectivos en la eficiencia gubernamental; ya no es importante anunciar que el viejo Palacio Quemado les quedó chico a los jerarcas que lo habitan,  se trata de pensar en las prioridades de este país que, recuérdenlo, es muy, pero muy pobre. Esa empleomanía es comparable al tamaño del palacio y a la incapacidad oficial de crear una solida base material productiva. Las dimensiones que tiene el nuevo palacio  tan sólo es una expresión más del gran narcicismo que se refleja en sus enormes ventanales.

Alberto Bonadona Cossío  es economista.

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