Economía de papel

Nuevas lágrimas por Argentina

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sábado, 08 de septiembre de 2018 · 00:10

En el musical Evita, el principal personaje, en un balcón de la Casa Rosada, con voz de dolor por la enfermedad que muy joven la mataría, se dirige a la multitud que la aclama como sólo se hace con los caudillos de este continente. Evita canta: “Será difícil de comprender / Que a pesar de estar hoy aquí/ Soy del pueblo, jamás lo podré olvidarDebéis creerme/Mis lujos son solamente un disfraz/Un juego burgués, nada más /Las reglas del ceremonial”.

Esos lujos, tan propios de la oligarquía argentina, para Evita, como para el pueblo argentino, siempre fueron parte del ceremonial. La diferencia con Evita es que nunca fue millonaria sino hasta que Perón la puso como la figura deslumbrante de su gobierno y el dinero empezó a girar en su entorno, y en sus arcas propias.

Un país que hasta mediados del siglo XX saboreo los umbrales del primer mundo se quedó a la saga. En parte, debido a la globalización que hizo surgir serios competidores en la posguerra, principalmente, a la exportación de trigo, en parte, como hoy, debido a la enraizada corrupción. Una aparente condena que aprisiona a su economía y sumerge al pueblo argentino en la zozobra, y en el deseo de liberarse de una clase dominante que siempre supo cómo mantener su posición de señorío.

La caída de la Argentina empezó en los años 50. Paulatinamente perdió competitividad en los mercados internacionales y su proceso de industrialización siempre fue un despegue a medias. En la época de la sustitución de importaciones tuvo que apelar al proteccionismo y no lo abandonó cuando debió hacerlo. Su potencial, una vez más, se vio encadenado.

En cada etapa de los últimos 70 años, las clases medias presionaron por ascender y el poder las corrompió. No sólo a ellas, también a sus dirigentes sindicales, que perfectamente entraron al “juego burgués” como grandes conocedores del ceremonial.

En la época del ministro de Economía, Domingo Cavallo (1991-1996), cuando era presidente de la República Argentina Carlos Menem, se impuso el plan económico de estabilidad cambiaria con un principal pilar: la convertibilidad de 1 austral (la moneda de esos tiempos) por 1 dólar. Los argentinos pensaron que la época que fue sueño se había hecho realidad; habían llegado al primer mundo. Un sueño que pronto se desmoronó por falso y por causa de políticas económicas que nunca impulsaron debidamente la industrialización y la mayúscula necesidad de exportar valor agregado. La denominada “caja de convertibilidad” se hizo trizas y la arrogancia de Cavallo se desplomó, como lo hizo la economía.

Como nunca, los índices de pobreza aumentaron. La sociedad que en tiempos pasados comía asados de la mejor calidad, despreciaba las menudencias y jamás conoció el uso del hueso de res para hacer una sopa, tuvo que aprender a comer de todo por el camino más penoso.

Tanto en esa época, como ahora, las infaltables recetas del FMI cayeron como una lluvia de sangre y lodo. Sus exigencias de austeridad todavía resuenan hasta hoy y cuando se pensaba que ya no había eco ni sombra de ellas, aparecen, como aves de mal augurio. Se estima en 40 mil los desempleados que se verán en la calle, como resultado de la recesión causada por el paquete del FMI. Yo pienso que el número será mayor y que los índices de pobreza otra vez incorporará a sus terroríficas filas al 40% de la población. Esos son los precios que las grandes crisis siempre imponen a los pobres. Ni la desalmada oligarquía, ni el FMI derramarán una lágrima en este nuevo llanto por ti, Argentina.

Alberto Bonadona Cossío es economista.

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