Alberto Bonadona

El ejemplo de los jóvenes

sábado, 02 de noviembre de 2019 · 00:10

Un ejemplo difícil de seguir el de los jóvenes en las calles. Una irrupción que ha sorprendido a los que pertenecen a los partidos políticos y a los que no pertenecen a ninguno, aunque todos sean políticos. No es un fenómeno típicamente boliviano es generacional y tiene alcances internacionales.

En Bolivia, sin embargo, surge en un momento preciso de definición del futuro político y del futuro económico, y social que se escribe desde las elecciones nacionales del pasado 20 de octubre o, si se es más exacto, desde el denominado 21F. De manera generalizada, a los habitantes de Bolivia y en el mundo donde existen elecciones, les cala muy profundo el acto de emitir un voto. La participación política de la mayoría de los habitantes se manifiesta casi exclusivamente en este tipo de acción y, por supuesto, alcanza un peso emocional muy profundo. El voto es valorado de manera superlativa y que se lo escamotee golpea con la misma profundidad que se lo valora.

El desconocimiento por el actual gobierno del referéndum del 21F burló la voluntad mayoritaria. La política tradicional o dejada a cargo de los viejos o casi renovados políticos comportamientos no logró hacer respetar la voluntad de la mayoría. En esta mayoría se encontraban numerosos jóvenes que votaron por primera o segunda vez, tal vez hasta una tercera.

En la del 20 de octubre hubo un elevadísimo número de jóvenes, mayor a todas las anteriores votaciones y que no están dispuestos a la pasividad con la que se defendió los resultados del 21F. Por eso están en las calles y será difícil que se los saque de ellas.

Se intenta regresar y se regresará, no lo dudo, a los vericuetos de la vetusta política, llena de  atávicos comportamientos de mañas empecinadamente enraizadas en las pasadas generaciones de políticos. Pero si de algo están hartos estos jóvenes es, exactamente, de esos comportamientos. Comportamientos que se muestran en discursos ambivalentes, modificables a la conveniencia del día y en los que los principios son fácilmente pospuestos por un pragmatismo que se asemeja al cinismo.

Es comentario generalizado que los jóvenes de hoy no se mueven por las viejas consignas de los dogmas que dominaron el siglo pasado y de los viejos partidos que los encarnaron. Por eso que los jóvenes se conmovieron profundamente ante los desastres de la Chiquitania y, estoy convencido, volcó su voto en contra de partido que ostenta hoy el poder.

Por eso y mucho más están en las calles. Los jóvenes son críticos de la moral con las que se los crió porque no pone su mente y su espíritu en lo que defienden. Están hartos de verse víctimas de las incongruencias entre los que se les enseña y de lo que se hace. Se les dice que la discriminación, el racismo, la homofobia, los prejuicios y la intolerancia son malos, pero, al segundo, se asumen comportamientos que contradicen todo lo anterior.

Muchos admiran la inclusión que el MAS alcanzó, pero ahora se ven decepcionados por el odio racial que sus dirigentes pregonan y practican sólo para seguir encaramados en los privilegios y granjerías que les ha dado el uso discrecional de los recursos colectivos. Les irrita profundamente estas incongruencias que las oyen incluso en los estribillos de las consignas que se utilizan en las movilizaciones.

Y aunque las anteriores generaciones no quieran escuchar, estos jóvenes están preparados para tomar las riendas del poder. No tan sólo por sus indignaciones sino, principalmente, porque son parte de una generación caracterizada por la precocidad. Ya no es la época en que el maestro, profesor, catedrático o padre o madre eran los máximos conocedores de todas las cosas; hoy ellos saben porque el conocimiento es más accesible que nunca por la tecnología. La experiencia puede ser necesaria, pero ellos ahora ven que la experiencia de sus mayores es la que ha conducido a esta sociedad boliviana donde, precisamente, se encuentra hoy y para oírla requiere tupidos cedazos.

En las calles están hoy de carne de cañón y se dan cuenta de esa condición, pero si no son ellos, ¿quién pone el pecho a las bravuconadas y represión del poder constituido? Se los deja a un lado de la decisión de ir o no una auditoria internacional de la fraudulenta elección y sólo se les dice que hay que defender la democracia. Se los ha puesto en un callejón con la única alternativa de la segunda vuelta en la que es altamente probable que Carlos Mesa sea elegido. Y, creo, que hasta eso pueden aceptar sabiéndose marginados de las importantes decisiones. Más aún, esta es la conclusión a la que todos se acercan para mantener la necesaria unidad para vencer al autoritarismo que vehemente exhibe el gobierno.

Pero esto se acabará pronto. La irrupción de los jóvenes no se puede parar. Particularmente en una sociedad, como la boliviana, que se caracteriza por ser una sociedad joven, no sólo porque su demografía lo evidencia así, sino porque es un país todavía por hacerse.

Estos jóvenes están en las calles por la creación de una nueva sociedad que respete al otro, provenga de donde sea, quieren crear una pujante economía que se construya respetando el medioambiente, quieren ser parte de un sistema productivo que sea capaz de generar dignidad en el trabajo y otorgue una retribución también digna que les permita quedarse, y establecerse dónde están los suyos.

 Y saben qué, esto lo quieren hacer ahora, en el presente,  porque quieren construir lo que ellos no recibieron de sus mayores. Este es un ejemplo difícil de emular y que sólo puedo admirar.

Alberto Bonadona Cossío es economista

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