Alberto Bonadona Cossío

Paz política y paz económica

sábado, 30 de noviembre de 2019 · 00:10

La experiencia de enfrentamiento entre bolivianos, después del fraude del 20 de octubre, quedará en mi memoria como una de las más traumáticas que en mi vida hasta ahora presencié. Grupos enardecidos gritando “guerra civil” sonaba no sólo como una amenaza de decidido enfrentamiento, sino como una expresión de odio y resentimiento cultivado para infringir el mayor daño posible a la sociedad civil.

  Bolivia, en su mayoría, colocó en la presidencia a Evo Morales no por ser más o menos indio, lo escogió como una esperanza de romper con las viejas prácticas políticas. Una gran decepción, porque en vez de impulsar un auténtico desarrollo económico y social, instigó al odio racial. Bolivia es una sociedad mestiza por excelencia, con sus limitaciones y complejos, pero batalla por acentuar la igualdad entre bolivianos. Los ejemplos históricos de esta lucha por la igualdad abundan: la revolución del 52 con la reforma agraria y el voto universal, la participación popular que empoderó a los municipios, para sólo mencionar algunos.

La enconada represión con los pueblos de tierras bajas que Morales ejecutó con saña y los discursos de él  y su vicepresidente para encender el odio racial evidencian como, en 14 años, fueron cultivando el desenlace del terror que hicieron vivir las turbas dirigidas por sus entrenados correligionarios a millones de pacíficos ciudadanos de todas las clases sociales, a lo largo y ancho del país.

  Se está a punto de pacificar al país y la convocatoria a elecciones contribuye enormemente a este propósito. Pero no será lo suficiente para frenar a los más fanáticos seguidores de Morales. El proceso de acercamiento y apertura al debate amplio pueden ayudar, y hay que garantizarlo.

  La desaceleración económica que no fue debidamente anticipada por las políticas del MAS es la peor herencia que dejó ese gobierno. El terror político se atenuó y no terminará fácilmente, pero pueden ser peores las consecuencias del gasto dispendioso y mal planificado que ese gobierno realizó en 14 años. 

Es difícil pensar en proyectos que el MAS inició que puedan resultar en un robustecimiento de la base económica, con un relativo éxito; da lo mismo pensar en Quipus, Karachipampa, Bulo Bulo, el litio y tantos otros con el sufijo bol. Engolosinaron al campo con canchitas, coliseos y algunas mejoras en la construcción de la escuela o una plaza, sin llegar a reformas profundas  y de alcance extenso para mejorar la producción y la calidad de vida.  Un robustecimiento que debió planificarse con gran precisión y visión de futuro.

En el mundo de la economía y las finanzas se conoce de la gran volatilidad de los precios de las materias primas. Se sabía, entonces, de la fragilidad del origen del prolongado auge, históricamente único, que exigía previsión para el tiempo de las vacas flacas. No se hizo. La esperanza es que no es tarde todavía para tomar medidas que puedan contribuir a una relativa recuperación inmediata y una planificación sólida para el mediano  y largo plazo.

  Sin embargo, un primer paso es pacificar las expectativas económicas de la ciudadanía, que resultado de la convulsión política se han impacientado y deben ahora apaciguarse. No es momento de especular con la necesidad ajena, ni esperar que las reivindicaciones de distintos sectores deban ser solucionadas apresuradamente. Este es un momento que exige cordura y altos grados de paciencia. 

Es momento de organizar la coyuntura y dar respuestas bien meditadas para lo que viene. Existe el potencial humano y de recursos en la economía nacional. Una paz económica debe acompañar a la paz política que se está alcanzando.


Alberto Bonadona Cossío es economista.

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