Economía de papel

La complejidad del desarrollo económico

sábado, 23 de marzo de 2019 · 00:10

Adam Smith escribía la Riqueza de las naciones indagando cómo lograr aumentar la riqueza de las naciones, traducido esto al idioma económico actual significa que su preocupación era el desarrollo económico. Llamativamente, su visión se aleja, en más de una manera, del cliché de la incesante búsqueda del propio interés que concluye en el homo economicus, tan apreciado por gran parte de los economistas. 

Smith consideraba al egoísmo una virtud porque contribuía a lograr un bien colectivo al trabajar los seres humanos en una amplia colaboración fruto de la división del trabajo. Resultado ésta de un proceso natural benévolo.  Por cierto, el veía una economía capitalista dividida en clases sociales en las que hay un capitalista que acumula. Pero este capitalista, para Smith, debía ser esencialmente un ser parsimonioso, frugal, ahorrativo que desarrollaba una ética empresarial en favor de la sociedad.

 También señalaba que estos capitalistas podrían coludir, esto es ponerse de acuerdo para aumentar su riqueza. En tal situación, él advertía que el Estado debía intervenir para evitar el desarrollo de monopolios.

Es necesario tomar en cuenta esta visión smithiana para desmitificar al ser racional, una fría y perfecta máquina de calcular, tan utilizado en la literatura económica y en su enseñanza. Por otra parte, es vital mostrar el sentido social que el creador del liberalismo filosófico le daba a la multitud de actos individuales que, inconscientemente, conducían a la cooperación de los seres humanos.

  Es inevitable concluir que la lectura hecha por Marx de la obra de Smith no lo llevará a entender este mecanismo social que logra inconscientemente la cooperación y un bien social superior. Por cierto, para Marx con un sentido histórico que conduce a que este bien superior trascienda al capitalismo y permita un desarrollo sorprendentemente grandioso de las fuerzas productivas que transforman a la sociedad para crear una base material que concluirá en una mejora material del bienestar social. 

Este proceso es muy complejo en sí mismo. Desgaja a grandes grupos de seres humanos de todo lo que tienen, incluso del conocimiento que sus oficios artesanales o agrícolas les otorgaba. Conocimiento que les permitía realizar todas las necesarias tareas para vivir, casi en una autonomía productiva. El que trasquilaba podía hilar, tejer y a la vez era el consumidor directo de su tejido. 

En la sociedad capitalista ese artesano es despojado de ese conocimiento e inserto en un proceso que le exige especialización, pequeños retazos de conocimiento que se engranan con los de otros y forman un gigantesco aparato de producción con un gran potencial de transformación del ser humano y de la naturaleza.

La complejidad del desarrollo es hoy en día aún más intricada porque la producción capitalista ya no abarca las emergentes ciudades observadas por Smith o las angustiantes urbes que concentraban el gran desarrollo de la revolución industrial que observaba Marx. Hoy la producción está universalizada y las empresas de mayor tamaño trabajan sobre la base del conocimiento y la información. Los procesos de desarrollo incorporan, por cierto, máquinas, pero fundamentalmente personas que saben y que conocen cómo hacer. 

Ricardo Hausmann, un economista de Harvard, observa este fenómeno y afirma que ningún ser humano y ni siquiera un grupo de ellos poseen todos los conocimientos que la producción contemporánea exige. 

La cooperación inconsciente entre individuos es un fenómeno que abarca a grandes comunidades que pertenecen

a diferentes pueblos y naciones. Por cierto, la integración de estos conocimientos e información no alcanza aún el grado para considerar desarrollado a todo el planeta.

Pero los minerales que se producen en un sitio son combinados con el petróleo que se extrae en otro y la madera que se asierra en un tercero. Las transformaciones de estos productos son innumerables y abarcan a miles de personas; cada una con fracciones de conocimiento, y que llegarán a convertirse en un bien final que ninguno de los seres humanos que participaron en el inconsciente proceso podría fabricar por sí mismo.

Impulsar el desarrollo con la complejidad que hoy se ha alcanzado supone gobiernos que perciban lo que éste exige. Un desafío enorme para gobernantes que piensan exclusivamente en el enriquecimiento personal, las formas de ocultar sus riquezas mal habidas y en eternizarse en el uso del poder. Se requiere un conocimiento de lo que efectivamente significa el complejo desarrollo en un mundo capitalista de hoy que, día a día, se transforma y se hace más complejo.

 

Alberto Bonadona Cossío es economista.

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