Economía de papel

La rectificación a las chambonadas

sábado, 09 de marzo de 2019 · 00:10

Hace algunos meses cerraron una ventanilla en el Banco Central (BCB) y se generó todo tipo de susceptibilidades respecto al precio del dólar. No era para menos, el cierre de la ventanilla en la cual el BCB vendía dólares requirió chambonamente tres páginas de considerandos para justificar en unas cuantas líneas resolutivas el cierre de la ventanilla. Tantas explicaciones tan sólo significan un extremo temor de meter la pata. Con tanta vuelta para tomar una decisión netamente administrativa se desató, precisamente, lo que no se quería: el recelo de la gente se exacerbó y se desenlazó una inusitada compra de dólares.

  Ahora se firma un convenio para restaurar la confianza perdida. Nada menos que un convenio entre el BCB y el Banco Unión, autorizando a este último la provisión de dólares a demanda sin límite de montos. Tal como debe responder el medio muerto bolsín y en montos menores podía hacerlo la “ventanilla”. Se hizo un gran bullicio periodístico para que la gente se entere que todo está tranquilo en el frente económico y en la invariabilidad de la tasa de cambio.  

  En lenguaje de economistas se quiere rehabilitar el funcionamiento de un mercado dentro del  juego de la oferta y la demanda. Un mercado controlado, sin embargo, porque tiene fijados los precios de compra y de venta. Indudablemente se busca eliminar cualquier atisbo de  mercado negro o paralelo, que en más de una localidad del país empezó a funcionar. Algunas casas de cambio dijeron que nunca tuvieron traba alguna. Lo que yo observé es la desaparición de algunos cambistas que operaban en las calles y la eliminación de la opción “en dólares” de cajeros automáticos de más de un banco.  Ahora, el publicitado convenio debería devolver tranquilidad al alterado mercado.

  Yo espero que lo logre. La cantidad de reservas internacionales que posee el país relacionadas con el PIB continúa posicionando a esta economía entre las gigantes economías del mundo. Esas, como la China y el Japón, que mantienen porcentajes cercanos a una cuarta parte del PIB; al igual que Bolivia. Por cierto, esta comparación requiere más de un grano de sal porque esas economías poseen grandes industrias y elevadas exportaciones. 

En los últimos 20 años, China tiene más superávit que déficit en su balanza comercial. A pesar de la guerra comercial desatada por Estados Unidos logró un superávit récord con este su adversario en 2018. Japón, a pesar de la lenta recuperación en su crecimiento, es un gigante en materia de exportaciones.

  Para una economía del tamaño de la boliviana, 8.000 millones de reservas internacionales es todavía una gigantesca cantidad de reservas. Cierto, es casi la mitad de lo que alcanzó en su récord de 15.200 millones en 2014. Empero, de la pobreza de reservas que se tenía antes de los 90, la cantidad que hoy se tiene serviría para impulsar, todavía, un efectivo desarrollo de esta economía. 

Por cierto, no es con polietileno que se logrará, ni con plantas como la de Karachipampa o pequeñas empresas de papel o cartón. Dudo mucho que lo logre con plantas como la de urea de Bulo Bulo, menos aún con el acero que salga de la planta que se construye en el Mutún, o las cerca de 65 empresas que están, total o parcialmente, en manos del Estado. 

Esta industrialización tristemente tiene el sello del trasnoche  de la segunda revolución industrial y la falta de atención a lo que acontece en las formas de producir en el mundo, en cómo se está revolucionando la tecnología y qué tipo de profesionales requiere el presente y el futuro de todos los países, y, por supuesto, también los necesita Bolivia.

Si no se incrementan las exportaciones de Bolivia con proyectos que aumenten el ingreso de dólares a esta economía no hay forma de parar el desastre, aunque este sombrío final puede estar a cuatro o cinco años. Hoy toca actuar con un tipo de cambio fijo, con una economía aún estable de baja inflación y que utiliza su propia moneda. 

Hoy se trata de impulsar proyectos que se adecúen al mundo de hoy. Esta es una economía pequeña, en un territorio inmenso y una población mayormente joven. Puede aún soportar los déficits comerciales y fiscales que confronta, sí y sólo sí se orienta a explotar inteligentemente la dotación que le proveyó la naturaleza. Esto lo puede lograr con  renovadas concepciones de industrialización y de equidad (la cual es más relevante que la inversión para impulsar el desarrollo). Hay tiempo y reservas como para rectificar las equivocadas decisiones que se han tomado.

 

Alberto Bonadona Cossío es economista.

 

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