Economía de papel

Necesidad de una concepción integral

sábado, 06 de abril de 2019 · 00:10

Cuando se observan las obras o proyectos que el actual gobierno muestra, como los grandes logros de los últimos años, no queda la menor duda  de que son numerosos. Tan solo contar las canchas de fútbol construidas se tienen números elevados y cifras sustanciales de dinero. Si se cuentan las actividades económicas emprendidas o nacionalizadas, también  son elevadas en cantidad de emprendimientos, grandes y pequeños, y en sumas erogadas. Sin embargo, la más relevante pregunta es hacia dónde conducen como una visión de conjunto y objetivos claros de desarrollo.

Por más que se hable de modelo de desarrollo, en los hechos, se encuentra una improvisación superlativa. Un modelo bien estructurado de desarrollo exige un plan que especifique los detalles necesarios para alcanzar los objetivos planteados, una serie de estudios que pruebe la viabilidad de los mismos y diseños finales que exhiban los medios, y formas más precisas para ejecutar los proyectos planteados.

 Supondría una respuesta a la pregunta formulada. Lo más patético de tal constatación es que, efectivamente reinó la improvisación en la decisión de iniciar proyectos o reiniciarlos.

Unos ejemplos como evidencia. Proyectos como Karachipampa, en el que el horno Kivcet explotó y ahora se confía en buenos augurios para que el conjunto de la planta funcione y se justifique el trabajo de 240 obreros. O en el uso ubicuo del gas natural. Se lo requiere para plantas termoeléctricas, para transformarlo en úrea o en polietileno, además de exportarlo y destinarlo al mercado nacional. La incongruencia de la multiplicidad de usos se acentúa cuando no se tiene la certeza que las reservas probadas alcanzaran para todos esos fines.

Por cierto que hay y hubieron planes para el modelo, pero no con las características explicadas líneas arriba. Como señala Enrique Velazco en su artículo “De la Agenda 2015, a la 2030, a la…”, publicado en Brújula Digital: El Plan de Desarrollo Económico y Social (PDES) 2016-2020 y se anuncia el Plan 2020-2025 a elaborarse por el Conalcam y, además se habla de una otra adicional “Agenda 2030”. Pero, cuestiona Velazco, antes de hacer más planes no sería básico que se evalúen lo alcanzado en los planes anteriores.

Al 2020 se espera cumplir con 12 objetivos, de los cuales ocho no tienen indicadores que permitan medir su cumplimiento. Asimismo, después de contar los logros de los planes, sucintamente,  Velazco concluye que de 68 metas del primer plan se alcanzó 1,5% y de los 12 resultados alcanzados, que él menciona, son tan sólo el 3,5% de un total de 340 esperados y expresados en el PDES.

Es difícil, a esta altura, mostrar éxitos en el campo de la educación y menos aún en el de la salud. El único indicador que las explicaciones oficiales muestran es el aumento de la esperanza de vida, que es un fenómeno generalizado en toda la población mundial. 

No hay referencias al peso de vida al nacer, que en departamentos como Potosí o Chuquisaca cae año a año, o la muerte de mujeres al dar a luz, que es la más alta del continente. 

La sociedad boliviana en su desarrollo social y económico se ha movido gracias al gran auge de las materias primas que se inició en 2003. No por políticas coherentemente bien pensadas, sino porque había tanta plata que cualquiera en el poder hubiera alcanzado tasas positivas de desarrollo, superávit fiscal y superávit comercial.

 Hoy las cosas son diferentes y habrá que ver cómo hará el Gobierno para avanzar a la sociedad boliviana con un modelo que no tiene las especificaciones de integralidad ni de concepción clara de hacia dónde se quiere conducirla.

Alberto Bonadona Cossío es economista

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