Alberto Bonadona Cossío

Escolaridad y educación para el desarrollo en el siglo XXI

sábado, 15 de junio de 2019 · 00:09

Los primeros pasos que los países industrializados dieron para educar a sus poblaciones masivamente no se alcanzaron en recintos como las escuelas que hoy se conocen. Fueron los grandes talleres artesanales y manufactureros, seguidos de las fábricas que caracterizaron a la revolución industrial que educaron a esas grandes masas; sin duda, una educación práctica, adecuada al fin que buscaban esas unidades de producción. 

A su vez, fue una educación encargada de borrar los vestigios de la educación anterior. La revolución industrial llegó con y por una extraordinaria especialización del trabajo. El obrero aprendió a responder a la sirena de entrada y salida de la fábrica. Luego, era mejor si éste sabía leer y escribir, sumar y restar, actos mentales que facilitan recibir instrucciones al pie de la letra. La escuela llegó sobre la base de esta transformadora realidad.

  Esas masas que antes conocían todo lo que necesitaban para vivir, desde el proceso agrícola, pasando por la confección de sus vestimentas, hasta la construcción de sus viviendas; fueron en el transcurrir de la vida de generaciones, olvidando esos saberes. Aprendieron nuevos y fragmentados saberes que les trajo la acelerada división del trabajo en actividades cada vez más especializadas. Se logró así un conocimiento colectivo que sólo tiene sentido si se engrana con otros, cada uno de la más diversa índole.

Éste es uno de los más sorprendentes logros del capitalismo. Permitió fortalecer considerablemente la capacidad de producción social y eliminó la capacidad del individuo a responder por sí mismo a la elaboración de todo lo que necesita para vivir. Así, el capitalismo alcanzó su gran potencialidad de producir en gigantescas cantidades destinadas a la venta y nunca más sólo para el autoabastecimiento.

  Hoy es la cantaleta cotidiana, en los más diversos círculos, que la educación es un factor fundamental para alcanzar el desarrollo económico y social de cualquier país. Surge, entonces, la pregunta: ¿qué tipo o qué clase de educación se quiere? No es ya la de la simple escolarización, ésta es necesaria, sin duda; sin embargo, el avance de la economía mundial requiere un alto grado de avance del conocimiento colectivo, que pone al individuo frente al desafío de conocer algo en profundidad y en la realidad de una incapacidad de saber todo.

El desarrollo exige que las personas conozcan fracciones de grandes procesos productivos y la efectiva posibilidad de que esas fracciones cognitivas se engranen en un todo que un solo individuo no puede dominar. Este proceso, de precisa concatenación de saberes, es difícil de lograr, incluso en una sola sociedad o en una economía exclusivamente.

  Por eso cuando se repite que es prioridad la educación, hay que responder a la pregunta: ¿qué tipo de educación? La escolaridad se supone que se la obtendrá. Lo que exige mayor esfuerzo es el logro del saber colectivo que se adecúe a las dotaciones naturales que un país y su sociedad poseen. No se trata de comprar una gran maquinaria e instalarla en suelo nacional. Esto puede ayudar, sí, pero no puede ser el cimiento de un desarrollo sólido. Se requiere vincular lo que se produce con lo que se aprende y viceversa. 

Si se quiere alcanzar un desarrollo sostenible que haga posible mejores condiciones de vida para los bolivianos, es necesario otorgar a ese proceso un sello propio, alejado ya de la clásica revolución industrial.

Este planteamiento no se dirige al logro de una sociedad aislada del conocimiento universal; todo lo contrario, se trata de que ese conocimiento se incorporé a procesos productivos que deben innovar con lo que Bolivia tiene en sus ventajas naturales. Ventajas que deben ser investigadas con técnicas ya desarrolladas en centros universitarios del mundo industrializado. 

Se requiere diseñar el plan que vincule el conocimiento que los bolivianos deben alcanzar adecuado a las potencialidades de desarrollo que la naturaleza otorgó a este país. Se trata de una educación para el mundo de hoy que exige la concurrencia y el diálogo de muchas disciplinas, y ya no la compartimentalización de los saberes en la caduca división de carreras que tipifica a la educación académica de Bolivia. Se requiere una educación para el desarrollo en el siglo XXI.

 

Alberto Bonadona Cossío es economista.
 

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