Alberto Bonadona Cossío

Las beneficios de la cooperación internacional hoy

sábado, 18 de abril de 2020 · 00:10

¡Hoy! no mañana, los beneficios ofrecidos por la cooperación internacional deben ser utilizados de la manera más propicia posible en favor de enfrentar la precaria situación de la infraestructura de salud que Bolivia siempre tuvo. Es necesario mejorarla para hoy y también para el futuro. Lo propio debe hacerse frente a las frágiles condiciones económicas en las que esta sociedad vivió, ahora agravadas por la pandemia y que podrían quedar peor por las secuelas que esta dejará en un futuro cercano y más allá.

 Enfrentar la crisis con los recursos que no se gastaron en proyectos mal hechos, no es el mejor camino. Los proyectos mal diseñados, preparados incluso para la coima y la prebenda, deben corregirse en sus profundos defectos y, únicamente en una última instancia de vicios irreparables, eliminarlos. Asimismo, los recursos no desembolsados en proyectos estatales a medio construir, o dineros de gobiernos locales -particularmente municipios pequeños- no deben ser destinados a los gastos que demanda la pandemia. 

Una carretera o edificación a medio construir, que se quede así por siempre, no ayuda a nadie. La urgencia impuesta por la crisis de la epidemia puede hacer pensar que no hay otra alternativa que utilizar esos dineros ya. ¡No es así!

No recuerdo en mi vida profesional haber encontrado una predisposición tan generosa, de un ente como el FMI, para financiar los efectos en la salud y en la economía ocasionados por una crisis. Cierto; ésta es una crisis de origen distinto a todas las que la historia marco al capitalismo moderno. Hasta ahora se podía culpar a la sobreproducción generada por la anarquía del mercado o a la codicia desmedida de inversionistas angurrientos que no deparan en las consecuencias de los impulsos de sus espíritus animales. Hoy la causa de la crisis está fuera del ámbito productivo y financiero; se encuentra en el campo de la salud. El FMI, sale de las rigurosas normas que guían sus políticas de financiamiento y promete apoyar a las sociedades más pobres y con problemas que amenazan con ponerlas al borde del colapso. Los problemas de balanza comercial que colocan en riesgo la estabilidad de muchas economías pueden ser enmendados gracias a apoyos millonarios.

Un viceministro del Ministerio de Economía declaró que se han iniciado trámites por 350 millones de dólares con el FMI, mismo monto con la CAF y 300 millones con el BM. Sumados dan la exigua cantidad de 1.000 millones de dólares. Sí, es un exiguo, pequeño, corto de vista monto de dinero frente a las gigantescas necesidades de esta sociedad. En números, lo pequeño y lo grande, siempre son relativos. En la relatividad de lo que hace la pandemia a la sociedad y economía boliviana, 1.000 millones de dólares es una pigricia.

Antes de la pandemia y la cuarentena la economía boliviana ya se encontraba en descenso. Con la crisis causada por el COVID19 está en caída libre. No es exclusivamente un problema de salud que se aparta a voluntad de las consecuencias económicas. La salud de los bolivianos se agrava más que en otros países porque no tenía y no tiene las condiciones para enfrentar ningún tipo de epidemia. Antes del coronavirus estaban el dengue, la chicungunia y otras enfermedades como simples diarreas, con mortalidades iguales o mayores que las causadas por el COVID19. 

La economía nunca tuvo una base material productiva como para enfrentar semejante desastre que golpea más a la población informal, que es pobre de solemnidad y abarca al 80% de la población trabajadora. Algo menos de 3 meses sin sueldo es suficiente para hacer que los que estaban escapándose de la pobreza extrema y moderada vuelvan a su condición original.

 Claramente se prevé un impacto contrapuesto al auge de los precios del gas y los minerales que duró hasta 2014. Los efectos en el ingreso de toda la población serán muy severos por la reducción de las remesas. También la disminución de las ventas de gas a Brasil y Argentina y su definitivo cierre en un futuro cercano amenazan con un abismal desplome de las exportaciones. Las recaudaciones tributarias caerán, por lo tanto, el IDH y otros impuestos (IVA, IT y IUE) que, en conjunto, significan cerca del 80% de la recaudación fiscal, afectarán los presupuestos de las universidades, gobiernos autonómicos, entidades de salud y el pago a los rentistas.

 Hoy, no mañana, el Estado debe gastar recurriendo a la emisión monetaria inorgánica para financiar los gastos urgentes en salud y en la economía. Debe elaborarse un plan general que incluya las necesidades causadas por el COVID19, las heredadas del pasado y las que exigen el futuro. Hoy el valor de 1.500 millones de dólares que se quería endeudar el Estado con bonos soberanos a una tasa mayor al 6% puede triplicarse a una tasa de 0% o negativa. Estos recursos en dólares o DEG (la moneda del FMI), no circulan al interior de la economía, pero robustecen las reservas. ¿Qué están esperando? ¿Qué la economía se hunda en una tasa negativa del 6%?

  
Alberto Bonadona Cossío es economista.

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