Alberto Bonandona Cossío

Entre avanzar y la amenaza del desastre productivo

sábado, 30 de mayo de 2020 · 00:10

No es el momento para pensar en elecciones. Es la oportunidad para dar saltos en lo social y en la capacidad de producción. No de aquí a dos meses o cuando se crea que la peste terminó. Los empresarios, con mucha razón, ven que sus empresas caen por el despeñadero y, para salvar empleos, requieren un socorro sólido, rápido y efectivo del Estado. Los trabajadores ven que sus empleos y sus  ingresos se van por el drenaje.

Las condiciones de salud en Bolivia siguen en condiciones desesperantes, y no sólo por el coronavirus, sino por el desastre que siempre fueron. La peste que invade al mundo ha frenado la economía súbitamente y ha colocado en su lugar una gigantesca capacidad productiva ociosa. Dejar el aparato productivo parado, incluso por un corto tiempo, hace que se deteriore y este deterioro lo aniquila.

 Las declaraciones oficiales de estar gestionando el financiamiento internacional sin dar respuestas de apoyo en la medida que las circunstancias exigen ponen en serio peligro el presente y el futuro del aparato productivo, particularmente el privado en todas sus escalas. 

Aunque también pone en riesgo a las empresas estatales e incluso las instituciones que dependen de las erogaciones del Estado. En estas últimas se empieza a traslucir una cruel paradoja: los funcionarios estatales no son elegibles a los bonos, pero, a la vez, no recibirán sueldos a tiempo por abril o ningún sueldo en mayo. 

El TGN redujo sus recaudaciones a mínimas expresiones porque el aparato productivo no funciona y no tributa. Si el Estado no tiene ingresos no paga sueldos y los empleados no consumirán porque no perciben ingresos. Este conjunto de engranajes son los que mueven gran parte de la economía y cada día se estanca más.

La fórmula la dan los países desarrollados: el Estado gasta. Acostumbrados los bolivianos a pensar que el Estado es el jefe de familia no se percatan de las grandes diferencias entre una familia y el Estado. Entre ellas, la capacidad que tiene de imprimir dinero. Sí, es el momento de hacer funcionar la maquinita y emitir dinero en grandes cantidades para todos los sectores. 

A los empresarios hay que pagarles el 80% de sus planillas y el 100% de las contribuciones a la seguridad social sin mayores retrasos. A los empleados públicos de todas las instituciones (gobierno central, gobernaciones, municipios, universidades) su sueldo religiosamente. A los jubilados sus pensiones y rentas sin demoras, y convertidas en UFV. A los desempleados un seguro de cesantía. Y a los estudiantes internet gratis y sin restricciones, aparte de los bonos pagados ofrecidos y por ofrecerse.

 Hay que salvar la producción como hay que salvar la educación de millones de niños y jóvenes del sector fiscal y privado que no tienen posibilidades de recibir sus clases anuales. Es imperioso lanzar un operativo gigantesco de educación virtual para evitar que la educación en Bolivia caiga a niveles aún más bajos de los que tradicionalmente se encuentra. 

En épocas pasadas de dictaduras militares y golpes de estado, la fácil solución fue la clausura del año escolar. Esa fue la prehistoria de la educación boliviana. Ahora la educación se apoya en la tecnología y el despliegue de acciones rápidas que ya debieron tomarse para no perjudicar a los estudiantes aún más. Un despliegue que abarque a profesores, alumnos y padres de familia. 

Un despliegue de internet gratuito y obligue a las empresas privadas a cooperar en esta operación. Aumentar la cobertura del Internet, además les abre posibilidades de negocios a las empresas a millones de hogares que después comprarán otros servicios; banca móvil, TV por cable, renovación de celulares y los que la tecnología y su imaginación les permita. Hoy deben cooperar a salvar la educación como también la salud.

El desarrollo de la tecnología y sus ventajas llega de fuera y ahora, por la poderosa fuerza de las circunstancias, obliga a Bolivia llegar al siglo XXI. No sólo con las telecomunicaciones sino con la telemedicina, el teletrabajo, las finanzas electrónicas, el uso de energías no convencionales. Hay que acompañarlo con un movimiento internacional que haga posible el acceso universal de la vacuna con fórmulas genéricas que no paguen patentes.

 No son los bolivianos, ni otros países similares, los que descubren medicamentos y los reciben en largos períodos de espera que, hoy, deben ser sobrepasados.

 Asimismo, las soluciones económicas que exige la emergencia de la pandemia deben estimular la transformación del aparato productivo con grandes decisiones a asumirse por el Estado y los privados de todos los tamaños. 

No es que primero se soluciona la salud y luego la economía, ambos vienen aparejados. La oportunidad está presente y es el momento de dar grandes saltos. Por cierto, la estrechez de pensamiento del cuidado del déficit fiscal en un momento tan crucial no es la mejor consejera para evitar los desastres sociales en salud y educación, en los productivos y los de empleo.
 
Alberto Bonandona Cossío es economista.

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