Alberto Bonadona Cossío

Pandemia, economía y tipo de cambio

sábado, 13 de junio de 2020 · 00:10

La crisis actual es única en la evolución del capitalismo moderno, tanto por su origen en una causa biológica como en sus profundos efectos económicos globales. Muchos lideres en el mundo insistieron que ambos impactos deberían ser enfrentados por separado, con el argumento que la vida está primero. Jair Bolsonaro todavía insiste que debe ser así. El eco a esta aproximacón se encuentra en algunas declaraciones disimuladas de algunos economistas que en el fondo claman por una devaluación perdidos en una posición bañada de ortodoxia de manual de economía y una ofuscación respecto a lo que significa el entorno actual. No acaban de entender que la protección de la vida se encuentra tanto en la lucha contra el coronavirus como en proporcionar los medios de vida necesarios en medio de la pandemia.

 El FMI pronostica una caída en el crecimiento del PIB para todos los países resultado de la pandemia. Advierte que los países de mercados emergentes de bajo ingreso se ven afectados por la salida de capitales y por las consecuencias en su producción por las exigencias de atender a la epidemia. Una combinación de factores de salubridad con los económicos que actúan al unísono cuyo tratamiento no puede ser por separado. 

La directora General del Fondo, Kristalina Georgieva, con gran perspicacia afirma: “a la vez que proteger la salud de las personas” es necesario “alcanzar la recuperación económica”. Hasta el FMI, que se caracteriza por visiones parciales de los fenómenos sociales, en esta siniestra situación asume una concepción amplia, general, holística. ¡Sorprendente y alentador!

Nouriel Roubini, un economista que alcanzó la fama por ser uno de los pocos economistas que ya en 2006 previno la crisis financiera de 2008, advierte que la actual crisis empujará caídas del 6 al 10% en el primer trimestre y de 24 al 30% en el PIB de los Estados Unidos en el segundo. Cifras que dejan cortas a las anunciadas por organismos internacionales como el FMI y el Banco Mundial. Y sugiere, en contra de toda política tradicional, que hoy corresponde una política de repartir dinero como pan bendito desde “un helicóptero”.

La economista Jefe del Banco Mundial, Carmen Reinhart, en reciente conferencia dictada en la London School of Economics, afirmó sin ambages que la actual situación es una de guerra. Y en la guerra hay que buscar por todos los medios; la victoria. Para esto, señala Reinhart, países como Bolivia, deben tocar todas las puertas de organismos multilaterales (FMI, Banco Mundial, BID) y de países donantes. 

Su apoyo es necesario, no sólo en combatir la pandemia, sino en como pagar los costos de la guerra tanto en el frente de la salud como en el económico. Para ella, primero hay que ganar la guerra, luego preocuparse de cómo pagarla.

La virulencia del virus colapsa los sistemas de salud. La lucha contra esa virulencia exigió la cuarentena obligatoria. El encierro riguroso de las personas imposibilitó, no sólo en Bolivia, no ganarse el pan de cada día al menos a un 80% de la población tanto en la economía informal como en la formal. Al no ver una solución también conjunta, los pronósticos del FMI y del BM que estuvieron en torno al 3% de caída del PIB se quedaron cortas y han cambiado hacia una de inmersión en las oscuras y nefastas profundidades de un 6% negativo.  

Sería un “suicidio” modificar el tipo de cambio. Por suerte, el equipo económico del gobierno ha negado esta posibilidad, aunque con una declaración tibia frente a la burocracia del FMI residente en el país al aceptar un gradualismo futuro para devaluar la moneda.

Se debe tener en cuenta, primero, que desmoronaría la bolivianización. Segundo, le seguiría una presión inflacionaria muy fuerte que haría perder el poder adquisitivo de todo el fondo de pensiones que la gente ha acumulado en las AFP. Fondo que supera los 19 mil millones de dólares. También se afectaría a la banca y, particularmente, a la gente que se ha prestado en bolivianos, y de haber una devaluación, no sería nada raro que se vean atrapados en “un corralito”.

La desaceleración que ya venía desde 2014, se aumentó con la cuarentena con un freno en seco, forzoso, súbito y contundente de la economía. Hay una caída del producto, del turismo y las actividades que lo secundan, del comercio, tanto interno como externo. El país sufrirá una caía del PIB de al menos el 5% en el 2020 y nada muestra que 2021 salga de las cifras en rojo.

Dada la situación que se presenta actualmente, vale decir, un Estado que no quiere gastar, un Estado que no presenta claramente lo que se tiene que pedir a los organismos internacionales y una falta de proyección con un plan integrador de los problemas y futuras soluciones que incluyan una visión del desarrollo, se tendrá al menos dos años muy terribles si es que no se llega a hundirse en otra década perdida, como la que se tuvo en los años 80. Es tiempo de dar un golpe de timón.

 

Albeto Bonadona Cossío  es economista.

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