Alberto Bonadona Cossío 

Emisión de dinero

sábado, 23 de enero de 2021 · 05:10

Las monarquías feudales eran la ley y nada estaba por encima de ellas. Se atribuye a Luis XIV la frase “el Estado soy yo” que expresa el ejercicio de su voluntad por encima de toda ley. El poder de los señores feudales incluía, por supuesto, la facultad de acuñar monedas con un valor relacionado a la cantidad de metal precioso contenido en ellas, así como de reducirlo cuando sus finanzas no iban tan bien. Ciertamente mantenían la denominación, o sea, una moneda de 50 coronas, por ejemplo, mantenía el número, pero contenía menos cantidad del metal precioso. A este poder de disminuir el valor real del dinero, sin modificar el valor nominal del mismo, se llamó señoreaje.

 Los Estados modernos continúan utilizando este poder y financian parte de sus gastos gracias a él. Por cierto, muchas cosas se han modificado; ya no se acuñan metales preciosos, ahora se imprimen billetes. El señoreaje ya no es la disminución paulatina del metal precioso en la moneda acuñada el que beneficia al Estado, ahora se realiza por medio de la elevación del nivel general de los precios. 

La inflación quita poder de compra a la población, pero aumenta el del Estado. Por lo tanto, la inflación, al disminuir la capacidad de compra de las familias, acrecienta el señoreaje del Estado. Toda emisión de dinero, al igual que en el pasado, es una deuda del Estado para con el público, cuyo verdadero respaldo es la producción total de la economía.

Es el Estado el que imprime y emite dinero. Lo emite con sus gastos y con sus deudas. La gente acepta el dinero porque es el Estado el que  le dice cuánto vale cada billete, pero cada billete tiene un valor real en directa relación a cuánto puede comprar y otro vinculado al número que lleva impreso. Si la gente puede comprar efectivamente aquello que le permite el número impreso en el billete no hay razón para un ascenso en los precios. 

En este sentido, es la capacidad de producción de una economía la causa de la confianza en el dinero. Es esta capacidad productiva la que debe preservar el gobierno con programas que van más allá de diferir los pagos a los bancos, o un crédito condicionado a la sustitución de importaciones. La economía boliviana está en una recesión y es necesario que el gasto del gobierno crezca para reactivarla.

El Estado también financia sus gastos con el déficit público. Esto es, puede gastar más de lo que tiene. En condiciones de caída de la producción, el déficit público es una forma de rescatar la producción de una economía, especialmente si ésta presenta capacidad ociosa o tiene una potencialidad no utilizada. Vale decir, no requiere nuevas instalaciones para aumentar la producción porque con la que dispone puede volver a alcanzar niveles productivos ya alcanzados.

También se puede financiar los gastos del Estado mediante el endeudamiento. Los Estados pueden colocar bonos o títulos de deuda (simples papeles como los billetes, solo que aquellos pagan intereses) para obtener el dinero que financiará la inversión pública o el pago de salarios. Al colocar estos papeles se compromete a devolver el monto que se presta más un interés en un tiempo determinado. Por otra parte, los Estados pueden recurrir al financiamiento externo tanto el que conceden organismos multilaterales como el que otorgan otros países. Este financiamiento no vendrá en moneda nacional sino en dólares o en la moneda del FMI, los DEG. En una época como la que ahora se vive, estos dólares pueden otorgarles un saludable apoyo a las reservas internacionales y a generar confianza en el público.

En diversas oportunidades, autoridades, políticos, comunicadores comparan al Estado con una familia. Los aspectos indicados claramente exhiben que el financiamiento del Estado difiere diametralmente de aquel que puede conseguir una familia. Ésta no puede emitir dinero, tampoco tiene el poder del señoreaje, no puede mantener un déficit en sus cuentas, no puede prestarse dólares del Banco Mundial o de la China, y menos aún, hacer desvanecer o licuar sus deudas.  Las familias tienen que trabajar para comprar lo que consumen. 

Los Estados cobran impuestos, disfrutan del señoreaje, se endeudan emitiendo papeles, pueden licuar sus deudas. En esto consiste el poder de emisión de los Estados y la gran diferencia que tienen con las familias y sus gastos.

Alberto Bonadona Cossío  es economista.
 

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