Alberto Bonadona Cossío

No es el déficit, es en cómo se utiliza

sábado, 11 de diciembre de 2021 · 05:10

Me atrae y me provoca entusiasmo la concepción de democracia como el “gobierno por argumentación”. Generalmente traducida como el “gobierno por discusión”, se la atribuye a John Stuart Mill, un economista de la escuela clásica, aunque utilizada anteriormente por Walter Bagehot, editor del The Economist, fundado en 1843. Prefiero la traducción de gobierno por argumentación porque hace énfasis en la fuerza de las ideas y no en el enfrentamiento que supone discutir.

Es, precisamente, a lo que convoca J. A. Morales al mencionar mi columna de 27-11-21 en su opinión (Página Siete 4-12-21). Al referirse al déficit afirma: “El debate de este tema es muy importante y es bienvenido”. Y de eso se trata; del debate, de la argumentación. Es posible, sin embargo, que los profesionales del Ministerio de Economía no presten atención a las ideas que se intercambian y continúen haciendo lo que están haciendo. No obstante, hay que insistir porque está en riesgo no solo la estabilidad de la economía nacional, sino la vida política y, particularmente, la democracia.

Mi admirado colega Morales coloca correctos acentos en aceptar un déficit no estructural. Entiende él por estructural aquella condición que permanece mucho tiempo y ve una sombra de peligro en que las finanzas públicas permanecen en números rojos desde 2015. Para favorecer el análisis, aceptaré sin mayor recelo (que lo merece) esta definición de estructural. Así, lo vital está en que el déficit no se convierta en estructural y considero que si se toman las decisiones correctas la sangre no llegará al río. Desde 2015 es que la economía boliviana sufre el fin del gran auge de las materias primas, y frente a tal golpe es imposible no incurrir en mayores gastos sin respaldo de los ingresos que generaban para el Estado las fabulosas exportaciones del venturoso ciclo. Más aún, es necesario hacer notar que antes de concluida la bonanza generada en los mercados internacionales, Bolivia ya empezó a hacer crecer su deuda que había caído a un poco más de 2.000 millones de dólares en 2002.

Sobre llovido mojado. A la coyuntura depresiva que empujaba el fin de la bonanza, provino la pandemia y paralizó no solo a esta pequeña economía, sino a la del mundo entero. Imposible pedir en esas condiciones una reducción del déficit, aunque hubieron voces y actos gubernamentales que así lo incitaron y ejecutaron. La economista Carmen Reinhart, en una conferencia en la London School, veía una situación económica equivalente a una guerra causada por la covid. Recomendaba que, para economías como la boliviana, solo queda actuar en consecuencia: en una guerra buscas ganar la contienda con los medios que tengas y el déficit fiscal es inevitable, ya ganada la guerra verás cómo reparar los daños, afirmó Reinhart.

Todavía Bolivia continúa con las secuelas de la caída estrepitosa de los precios de sus principales exportaciones (con un ocasional respiro en los últimos meses) y ni que se diga de las causadas por la parálisis que ocasionó la peste que todavía aguarda a la vuelta de toda esquina. No veo, en consecuencia, causas profundas que empujen a la economía boliviana a una condición de déficit “estructural”. Más aún, resultado de la pandemia, instituciones como el FMI han abierto la puerta a facilidades de créditos blandos (bajos intereses y larguísimos plazos).

Por razones que poco tienen que ver con lo técnicamente aconsejable, es posible que el gobierno, en este momento, se resista a acudir a solicitar préstamos millonarios a los organismos internacionales. Sin embargo, las puertas no están cerradas a que Bolivia lo haga. La necesidad tiene cara de hereje y las necesidades de dólares en las reservas internacionales son innegables. No es necesario en este momento acudir a los 2.000   millones de dólares autorizados para contraer deuda con emisión internacional de bonos soberanos. En las condiciones que se ofrece el financiamiento internacional es conveniente, más bien, comprar la deuda de los bonos soberanos emitidos en años anteriores, prestarse todo lo necesario para financiar un plan nacional de desarrollo que genere valor agregado (empleo e ingresos para trabajadores bolivianos), sustituir lo que vendemos ahora al mercado internacional y cambiar el patrón de acumulación. Si este paso se condiciona a la reducción del déficit, habrá que tomarlo como una condición coyuntural porque el efectivo crecimiento del PIB sí se dará y le permitirá al Estado realizar aumentos respaldados en sus

gastos.
 

Alberto Bonadona es economista

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