Alberto Bonadona Cossío

Conocimiento colectivo

sábado, 12 de junio de 2021 · 05:10

En Bolivia, todos lo saben, se produce estaño. Lo particular de la producción de este mineral es que no sólo se lo obtiene en bruto. En la fundición de Vinto se vuelve estaño metálico. Un paso importante en un proceso de industrialización que quedó trunco porque no se transforma en nada más en suelo boliviano. La pregunta que se puede hacer es: ¿por qué no se continúa con la elaboración de otros productos derivados del estaño metálico?

 Ahí se queda la incorporación de valor agregado (que nace de mayor uso de capital y fuerza de trabajo). Se queda trunco porque en Bolivia no existen ni las maquinarias para mayores transformaciones ni tampoco, y es lo más importante, el conocimiento de un grupo de personas que en necesario y suficiente número puedan contribuir a una diversidad de productos que de ese metal pueden derivarse.

En palabras de Ricardo Hausmann, de la Universidad de Harvard, lo que falta es ese conocimiento que este profesor lo denomina colectivo. Nadie sabe todo el proceso pero todos los seres humanos en la cadena son importantes para completarlo. Si queremos producir baterías de litio enfrentamos, en esencia, el mismo obstáculo.

 Alcanzar el desarrollo de conglomerados productivos dependen del grado de articulación que se pueda alcanzar entre diversas actividades de diferente índole. Éstas  se acoplan unas a otras porque se necesitan entre ellas para llegar a entregar un producto o varios productos o servicios terminados. Nótese, que en cada paso, para llegar a un producto terminado, se requiere de gente con cerebros que posean los conocimientos necesarios para realizar acciones en las distintas transformaciones que exigen la variedad de productos que de la materia prima se derivan.

 Hausmann dice que a países como Bolivia les falta muchas unidades de producción en las que,  gradualmente, se vayan aplicando las fracciones del conocimiento colectivo. Conocimiento que se hace realidad sólo cuando se tiene la colectividad que haga posible la transformación productiva. Esto es cómo se ve el desarrollo industrial que permite acoplarse al gran e imparable proceso de la internacionalización de la producción mundial. Pero ¿es el único camino que queda a Bolivia o a países productores de materias primas?

 No, no lo es. En Bolivia existen procesos que pueden incorporar lo que ya se sabe. Con pequeños y grandes empujones del Estado y la empresa privada, nacional y extranjera,  se puede caminar hacia el mejoramiento de las condiciones sociales y económicas de los bolivianos.

 Sin necesidad de empeñar la vida, el patrimonio y el futuro con las grandes corporaciones multinacionales, el turismo permite hacer esta labor. Es cierto, hay mucho que aprender en Bolivia para tratar al visitante (con las notables diferencias de trato hospitalario que los bolivianos pueden brindar). Pero no es una labor que requiere grados académicos avanzados y, en la mayoría de los casos, es cuestión de mostrar prácticamente los efectos económicos que un buen trato al turista puede brindar. Los sitios para ver están a la vuelta de cada esquina;  toca poner un servicio con cortesía, amabilidad y con fines de lucro.

 Ciertamente, se trata de abandonar la mitad de la receta de Hausmann que sigue pensando en acoplarnos al viejo y caduco sistema industrial mundial. Bolivia puede derivar de una serie de productos agrícolas y forestales un sinnúmero de manufacturas. Por ejemplo, puede impulsar mucho más la producción de chocolates. Países como Suiza, Bélgica o Chile  venden chocolates sin tener un solo árbol de cacao y si les colocan almendras, éstas son bolivianas. De las almendras se derivan una serie de cosméticos que no exigen mucha ciencia y podemos copiar lo que otros países ya hacen en este campo. Es exactamente la forma en que más de un tigre y tigrecillo asiático lograron dar grandes pasos hacia su industrialización.

 En estos campos el conocimiento colectivo que se tiene y se debe fortalecer requiere esfuerzo, sin duda, pero no es ni la centésima parte de lo que requiere la continuación en la falsa creencia de que sólo hay el viejo camino de acoplarse al viejo aparato mundial de una industria que contamina y destruye el planeta.

 
Alberto Bonadona Cossío es economista.
 

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