Alberto Bonadona Cossío

Intercambio de ideas con Antonio Saravia

sábado, 21 de agosto de 2021 · 05:08

Radio Compañera me convocó a una entrevista tête-à-tête con Antonio Saravia. Vía zoom todo es posible. Andrés Gómez y Juan Carlos Monroy, quienes dirigen el programa, querían tener opiniones encontradas acerca del agitado pasado económico de Bolivia, una opinión acerca del presente y proyecciones de lo que puede venir. Para mi sorpresa, Antonio y yo coincidimos en casi todo lo referido al pasado. Nuestras diferencias afloraron al hablar del presente.

Antonio, por supuesto, defendió el mercado, y cuanto más libre se deja actuar a éste, los beneficios que de él se derivan son mayores. También fustigó la extrema presencia del Estado y la calificó de nociva al no permitir que sean aquellos ciudadanos, que arriesgan su capital y trabajan con él, a quienes se les garantice su propiedad y la mayor libertad de actuar. Esta visión se ratifica en su artículo en Página Siete (23, julio, 2021) donde dice: “Un mercado libre en el que se respete la propiedad privada, exista igualdad ante la ley y los participantes no tengan impedimentos para participar, generará resultados justos. Unos lograrán un mayor ingreso y otros lograrán uno menor, pero no habrá injusticias en el sentido de que lo único recompensado será el mérito”.

Lo cierto es que los libres mercados en la realidad económica no existen. Un ejemplo, que se exhibe como tal, es el de las bolsas de valores porque no hay forma de anticiparse a los precios que de ellas emergen y su resultado es aleatorio por el libre juego de la oferta y la demanda. Así descrito da la impresión que en este mercado no hay poderosos jugadores que marcan precios a cada momento y grandes especuladores que manipulan los resultados.

Su conclusión más ingenua, sin embargo, es tomar al libre mercado como el hacedor de la justicia. Por cierto, primero hay que creer que en algún lado existen, pero, segundo, que su resultado sea justo no es más que una forma de justificar las grandes desigualdades. Es creer que en el mercado no hay poderosos acaudalados que inclinarán a su favor el resultado de las ciegas fuerzas de la oferta y la demanda. En la visión de Antonio, el mercado es un juez que determina quien recibe más y quien menos. Además, calibra quien pone mayor esfuerzo y quien es merecedor de su mísera condición. Así, los pobres merecen tanto sus desventuras como el rico su fortuna. Los primeros no pusieron el esfuerzo necesario (¿será que son “genéticamente flojos”?) y por eso están dónde están. Al final de cuentas, esta forma de pensar parece indicar que todos parten del mismo punto al iniciar sus vidas. Al nacer, por lo tanto, todos tienen el mismo acceso a la salud, la educación, incluso la riqueza. En ese mundo no hay herencia, todo se basa en el mérito propio. Esto, en el mundo que yo veo, sea desarrollado, o pobre y atrasado, no existe.

En la concepción del colega Saravia, los monopolios son resultado de decisiones políticas. O sea, son los políticos que manejan el aparato estatal que hacen posible los monopolios. En parte tiene razón. Si las colusiones entre grandes empresas, o sea las diversas formas de ponerse de acuerdo para lograr mayores beneficios existen, son creaciones expresamente destinadas a favorecer a algunos, llámese cronismo o como quiera llamarse a estos contubernios, no están ausentes de ninguna sociedad, salvo de la que Antonio ha creado en su imaginación.

Llega así a la riqueza lograda en paz y armonía de “los países que optaron por mayor libertad económica” y que han “logrado sacar a más gente de la pobreza”. No encuentro en mi mapa económico cuáles son estos países. El que mayor libertad de mercado muestra, supuestamente, es Singapur. Una economía con gran intromisión estatal; posee, dirige y administra la más grande empresa habitacional y a partir de ella genera numerosos empleos y extraordinarios encadenamientos industriales. Además, tiene un Estado represor que nunca permitió ni la más mínima expresión opositora, ni política ni mediática, por más de 70 años.

Esta polémica dejó muchos temas en el tintero, con certeza continuará. El respeto por las ideas ajenas en la que se está llevando es positivo. En Radio Compañera la charla fue amigable, amena (creo, al menos para los dos invitados). Es posible que en el correr del tiempo volvamos a ver el pasado con criterios similares, especialmente si continuamos con una economía boliviana que no encuentra el sendero del desarrollo.

Alberto Bonadona Cossío es economista.

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