Quien calla otorga

La suerte se acaba

sábado, 30 de enero de 2016 · 00:00
Morales se sacó la lotería en 2005. Llegó para cosechar, con todos los astros alineados en su favor. Por una parte, una ciudadanía harta de los partidos políticos tradicionales, por otra un contexto económico muy favorecido por los altos precios de las materias primas, mayores remesas y condonación de deuda externa. Y claro, lo ayudó un discurso de cambio social y la hábil promoción de la imagen del indígena que reivindica siglos de opresión.

Los bolivianos querían cambios políticos, sociales, económicos y culturales, pero también que terminara el clima de zozobra y erosión de la democracia, que promovía en las calles el dirigente cocalero con continuos paros, marchas y bloqueos, y con el sabotaje en el Parlamento, en su calidad de diputado. Una manera de acabar con eso era sacarlo de la oposición y llevarlo al poder.

La economía fue su monedita de oro. Las medidas tomadas por el breve gobierno de Carlos Mesa permitieron mejores condiciones de intercambio con las empresas que extraen gas en Bolivia.  No hubo "nacionalización”, sino nuevas negociaciones con las mismas empresas, que siguen haciendo lo mismo que hacían siempre, pero pagaron más porque el precio internacional lo permitía.

Los altos precios de los productos de exportación (minería, gas, soya…) pusieron a Morales en excelentes relaciones con exportadores (mejores ingresos) e importadores (más circulante). Al cerrar los ojos a la corrupción, el contrabando y el narcotráfico (93% de la coca del Chapare se va al narco, según cifras de la ONU reconocidas por el Gobierno), aumentó el poder adquisitivo y la impresión de "bonanza”.

Los edificios y "cholets” que crecen como hongos son en buena parte lavado de dinero del contrabando y del narcotráfico. Antes, las riquezas familiares se hacían en varias generaciones, en cinco o seis décadas. Ahora, los nuevos ricos surgen en dos o tres años y compran propiedades con valijas llenas de dólares en efectivo para que los bancos no detecten la procedencia del dinero.  

Morales tuvo la habilidad de vociferar el discurso del cambio mientras se cuidaba de mantener intacta la estructura económica que antes había atacado con virulencia: el Decreto 21060 y la Ley 1008, entre otros. Vitupera públicamente al Banco Mundial y lo abraza en privado, aceptando nuevos créditos para tapar agujeros.

Las arcas del Estado se llenaron rápidamente, lo cual permitió aumentar el gasto, pero no la inversión productiva (que no es lo mismo). La disponibilidad de recursos se tradujo en su uso arbitrario y sin transparencia. Todo se decide por decreto presidencial, sin licitaciones. Hay más carreteras (las están parchando pocos meses después de inaugurarlas), centros de salud (sin médicos, sin equipamiento), escuelas (sin que mejore la calidad de la educación) e instalaciones deportivas (sobredimensionadas).

Las empresas productivas creadas por el Gobierno están en quiebra o paradas. No se sabe aún para qué sirve el costoso satélite, aparte de llevar el discurso demagógico hasta los últimos confines de la patria: el gasto en la propaganda del "gran líder” supera al de todos los gobiernos anteriores juntos.

No se diversifica la economía, no se invierte en agricultura, no se piensa en el largo plazo. La política económica extractivista de corto plazo cumple con fines electorales, mientras está vaciando al país de sus recursos no renovables. Pero el discurso sigue abusando de la Madre Tierra, violada por concesiones petroleras y mineras.

Morales juega sin pudor la carta indígena, disfrazándose en ocasiones especiales (inventando trajes y tradiciones), pero es incapaz de hablar aymara o quechua. Sigue siendo el presidente de las seis federaciones de cocaleros del Chapare y no el Presidente de los bolivianos. A partir del TIPNIS, la mentira internacional de "indígena bueno” terminó.

La suerte se le va a acabar cuando los bolivianos usen su cabeza para reflexionar, más allá de la propaganda millonaria, y comprendan la distancia que hay entre el discurso demagógico y la realidad política, social y económica.

Alfonso Gumucio Dagron es comunicador social, especialista en comunicación para el desarrollo.

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