Quien calla otorga

Ratas con alas

sábado, 12 de enero de 2019 · 00:11

Pablo Picasso solía dibujarla de un solo trazo, con un laurel en el pico. A una de sus hijas le puso ese nombre: Paloma. Blanca, representó desde 1949 el símbolo de la Paz mundial. La primera versión de Picasso, realizada para el Congreso Internacional de la Paz,  era una paloma en pleno vuelo, salpicada de pequeños garabatos de colores que sugerían flores. Las que dibujó más tarde eran más depuradas, sin adornos.

Es también señal de armonía en las fiestas recién pasadas, no en vano ocupa uno de los vértices de la Santísima Trinidad y algunos maliciosos le atribuyen al Espíritu Santo la paternidad de Jesús.

Pero no voy a referirme ahora a esa paloma tan blanca como una hoja de papel, tan desnuda y desprotegida como el concepto de la paz mundial. Quiero hablar de otras palomas, obesas, grises y cagonas, que abundan en la plaza Murillo de la ciudad de La Paz, sede del Gobierno boliviano (que muchos consideran la capital del país).

El kilómetro cero y epicentro político del país, ha sido invadido por estas ratas con alas. Gente ignorante les da de comer creyendo que es una buena acción, con lo cual la población se multiplica. Hay vendedoras ambulantes de granos de maíz que ganan unos pesos sin saber el daño que hacen. Mientras tanto las heces ácidas de esas ratas voladoras destruyen edificios patrimoniales y afectan la salud.

Arquitectos y expertos en restauración explican que el excremento de las obesas palomas contiene compuestos químicos (nitratos, sulfatos y sulfitos), que son un caldo de cultivo para hongos, bacterias y microorganismos anaeróbicos capaces de deteriorar la piedra de los monumentos históricos. Prueba de la virulencia de la caca de palomas es la manera como puede corroer la pintura de un automóvil si no se limpia a tiempo.

Al mezclarse con la lluvia y gases de contaminación ambiental, favorece el desarrollo de microflora que produce ácidos que deterioran los materiales aparentemente más sólidos. Los elementos arquitectónicos de las fachadas (capiteles, remates, gárgolas, frisos, cornisas y nichos), ofrecen abrigo a las palomas para anidar, dormir y defecar.

No sólo dañan monumentos, sino también la salud de las personas, porque se convierten en focos de infección que favorecen la transmisión de enfermedades gastrointestinales y respiratorias, clamidiosis aviar, criptococosis, histoplasmosis, colibacilosis, y encefalitis, entre otras.

Para luchar contra esta plaga, en ciudades con cierto amor propio las alcaldías prohíben y sancionan con multas a quienes alimentan las palomas en lugares públicos, o por lo menos ponen letreros de advertencia. En México o en Ecuador, en ciudades de Europa que tienen monumentos valiosos, se cubren las esculturas de piedra y otros elementos arquitectónicos con una fina malla casi invisible y largas púas de acero para que las ratas con alas no se acerquen a defecar.

En 2017 el Tribunal Superior de Justicia de Catalunya declaró procedente la demanda de invalidez de una guía de turismo afectada por “fibrosis pulmonar grave causada por su exposición prolongada a los excrementos de palomas cuando trabajaba en la plaza Catalunya y en La Rambla de Barcelona”. Los ayuntamientos de Valencia y de otras ciudades de España usaron el caso como argumento para tomar medidas de protección. El doctor Jaime Signes-Costa Miñana, presidente de la Sociedad Valenciana de Neumología dice que “el pulmón se llena de cicatrices y se respira con dificultad”.

Entre las medidas que han tomado las alcaldías en otros países, además del cedazo y las púas, está el uso de venenos de contacto, repelentes en los lugares que se quiere proteger y dispensadores de pienso con esterilizantes.

Como Bolivia es un país patas arriba, aquí no se toman previsiones, no se reglamenta, y si acaso hay normas, nadie obliga a cumplirlas. El entusiasmo de la Alcaldía de La Paz por el Ovocontrol (un anticonceptivo) duró menos que un embarazo de rata.

Pedro Susz hizo en 1988 un cortometraje en Súper 8, Transitar la retaguardia, donde mostraba a un anciano excombatiente de la Guerra del Chaco, que atrapaba palomas en la plaza Murillo y las llevaba a casa para comerlas.  Debería la Alcaldía declarar abierta la veda para que puedan cazar ratas con alas quienes quieran hacerlo. Podrían lanzar cien gatos voraces a la plaza para que se deleiten, y unos cuantos alkamari para que las arrinconen en los agujeros de los campanarios.

Las ratas con alas quizás encuentren ahora un escenario más adecuado a su naturaleza, ya que detrás del Palacio Quemado (y de toda su historia) se yergue el espantoso y fálico palacio mussoliniano del presidente Morales, con el que pasará a la historia como uno de los mayores depredadores del casco histórico de la ciudad de La Paz.

Debo reconocer que, comparativamente, las ratas con alas son un mal menor.

@AlfonsoGumucio es escritor y cineasta

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