Alfonso Gumucio Dagron

De pititas y dinamitas

sábado, 14 de diciembre de 2019 · 00:03

Los bolivianos hemos vivido colectivamente momentos de mucha tensión y fractura social. A partir del fraude electoral del 20 de octubre, en una primera etapa, que duró tres semanas, salimos a las calles para protestar contra el engaño, exigiendo explicaciones sobre la interrupción del TREP y las primeras denuncias de ingenieros independientes que señalaron irregularidades usando los propios datos de la página web del Órgano Electoral Plurinacional (OEP).

Todavía no conocíamos la dimensión gigantesca del fraude, pero los hechos sugerían que una mano pachona nos había robado el voto. Desde el 21 de octubre las manifestaciones fueron pacíficas, más de dos millones de ciudadanos -muchos jóvenes antes desinteresados en la política- protestaron en el país durante 21 días, ya sea en vigilias simbólicas, cabildos multitudinarios o cerrando miles de esquinas de todas las ciudades, con banderas bolivianas (no partidarias) y con “pititas”, de las que se burló Evo Morales cuando dijo altaneramente: “Yo les voy a enseñar a bloquear”.

Y lo hizo, con crueldad, antes y después de huir a México. El terror organizado comenzó el mismo 4 de noviembre, cuando grupos de cocaleros y supuestos mineros, con dinamitas o bombas molotov, y enardecidos vecinos de zonas rurales aledañas a Cochabamba, El Alto y La Paz descendieron sobre estas ciudades para romper bloqueos por la fuerza, quemar o destruir domicilios privados, recintos policiales, propiedad municipal, fábricas, farmacias o agencias bancarias. Amenazaron a medios de información, como el canal de TV universitaria y Página Siete (que dejó de imprimirse varios días), y a la Universidad Mayor de San Andrés, a punto de ser tomada por vándalos.

En las redes se multiplicaron imágenes de personas que pagaban a esos manifestantes con dinero del Banco Central y del Banco Unión (ambos del Estado). Los cintillos de esas entidades aparecieron días después en un basural. Corrió mucho dinero para alentar la violencia que fue creciendo para amedrentar a los vecinos, que optaron por defender sus barrios y proteger sus viviendas con maderas y hojas de calamina. Los más jóvenes hacían vigilias nocturnas y a las 9 de la noche se escuchaban los cacerolazos de protesta.

Hubo un giro de 180 grados cuando la Policía, cansada de ser colchón amortiguador entre las turbas violentas del MAS y la ciudadanía de las “pititas”, se acuarteló y se declaró en rebeldía el 8 de noviembre. Las calles quedaron a merced de vándalos y de la violencia orquestada por el MAS. Volaban bombas molotov y cachorros de dinamita, las pititas tuvieron que replegarse.

El domingo 10 de noviembre quedará como una fecha de infarto en la memoria de los bolivianos. Cada hora sucedía algo extraordinario. Primero, el informe preliminar de la auditoría de la OEA solicitada por el propio gobierno de Morales, puso en evidencia las irregularidades graves del proceso electoral, pero ciego y sordo, el candidato Morales insistía en su victoria prefabricada con mañas. 

Ese mismo día, la Central Obrera Boliviana (COB), tradicional aliada de Evo Morales, le pidió que renunciara por el bien del país. Morales hizo tardías declaraciones cediendo terreno político, mientras por detrás alentaba la confrontación con la esperanza de un “mamertazo” en su favor, pero no fue así. Por el contrario, los altos jefes militares intimaron al comandante de las Fuerzas Armadas, el general Kaliman, a que emitiera una concisa declaración indicando que los militares no iban a disparar contra el pueblo, y que sugerían que Evo Morales renunciara para evitar más violencia.

Luego de 14 años de poder absoluto, el miedo se apoderó del autócrata. No hizo el menor intento de resistir. Estuvo unas horas más refugiado en su zona de seguridad del Chapare, en espera del avión mexicano que vino a recogerlo y renunció con un largo discurso que parecía de campaña electoral. Triste final para quien se las daba de valiente y ganaba partidos de fútbol (y elecciones) a rodillazos.

La noche del mismo domingo 10 de noviembre fue la noche del terror en La Paz, El Alto y Cochabamba. Morales cumplía con la amenaza de sacar sus huestes a las calles, mientras ni la Policía ni el Ejército cuidaban el orden público. Durante dos días no hubo gobierno debido a la cascada de renuncias de dirigentes del MAS en el Ejecutivo y en la Asamblea Legislativa Plurinacional. Finalmente, esta fue convocada para que la senadora Jeanine Añez asumiera legalmente la presidencia por sucesión constitucional.

La insidiosa campaña internacional liderada por México, hablaba de “golpe” en Bolivia, a pesar de que todas las instituciones seguían funcionando normalmente y que el Ejército sólo intervino atendiendo la voz de auxilio de la Policía para resguardar instalaciones públicas y ciudades amenazadas por grupos violentos.

 La CIDH, que nunca abrió la boca sobre las violaciones de derechos humanos durante los tres gobiernos de Morales, de pronto despertó para condenar al gobierno provisional de Jeanine Añez.

La pacificación se logró gracias a dirigentes jóvenes del propio partido de Evo Morales, que ocuparon las presidencias del Senado y de Diputados en la Asamblea Legislativa y se apegaron a la legalidad del proceso constitucional. La Unión Europea, la iglesia y el Conade jugaron un papel positivo en las negociaciones. El sector violento y corrupto del MAS, cercano a Morales, quedó en minoría.

 Finalmente, las elecciones libres y transparentes aparecen en el horizonte con la calidez de un sol de esperanza.

@AlfonsoGumucio es escritor y periodista

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