Alfonso Gumucio Dagron

Amado Liber

sábado, 10 de agosto de 2019 · 00:12

Este 19 de agosto de 2019 Liber Forti, a quien amamos profundamente, habría cumplido 100 años de edad. 

Nadie que haya tenido el privilegio de ser amigo de Liber ha seguido viviendo igual que antes de conocerlo. Liber tenía la capacidad de transformar a las personas con su palabra y con su mirada. Era un hombre excepcional en todo sentido. Todos nos enamorábamos de él, hombres y mujeres, porque era fascinante y encantador. 

Visitar a Liber en Cochabamba, en París, en Lima o donde estuviera exiliado (porque fuera de Tupiza, siempre fue un exiliado con ganas de volver) era cada vez una experiencia inolvidable. Uno se enfrentaba a un hombre que era un molino de palabras, recuerdos e ideas que salían de su boca como de una ametralladora, apresuradas porque tenía tanto que decir que las palabras se atropellaban al salir. 

Y en una conversación que podía durar fácilmente cuatro, cinco o seis horas Liber iba construyendo un tramado aparentemente desordenado, pero que luego se convertía en un árbol frondoso. Sí, se iba por las ramas, porque su pensamiento complejo encontraba cabos sueltos por todas partes. Como Tarzán, sus frases saltaban colgadas en una liana de una rama a otra, y volvían, y se enterraban en la raíz de ese árbol imaginario o brillaban en la copa. 

Era una experiencia maravillosa escucharlo, pero uno tenía que estar preparado para recibir una avalancha imposible de digerir en el momento. Sus palabras seguían emergiendo del subconsciente horas, días y semanas después de haber estado con él alrededor de una taza de té con marraqueta, de una baguette con queso y vino tinto (en París), o de chambergos y sopaipillas llegadas de Potosí (en Cochabamba). 

En esas conversaciones, a veces a solas y muchas veces con otros compañeros y compañeras que lo visitaban, lo que había en su mirada era ternura. Los ojos le brillaban de amistad y solidaridad, quizás porque sentía que alrededor suyo se aglutinaban amigos que compartían con él sus ideales libertarios, y que venían a verlo y a escucharlo para cargar sus corazones y seguir luchando en la vida cotidiana. 

Liber sabía reconocer la calidad humana de las personas inmediatamente, tenía un olfato muy desarrollado para ello. Cierta vez me dijo que no creía que la gente se dividía entre personas de derecha o de izquierda, sino entre buenas y malas personas. Por eso tenía amigos de ideologías diferentes, aunque quizás en todos ellos anidaba en el fondo del pecho un soplo libertario que anhelaba salir. 

Su red de amigos se extendía por muchos países. El mundo era su casa sin fronteras ni aduanas. En cualquier país de América Latina pero también en Francia, en España y otros, era recibido por hermanos anarquistas. Hermanos de verdad, no “hermanos” en el sentido devaluado demagógicamente durante el prebendal “proceso de cambio”. Los anarcos de Barcelona, de París o de Buenos Aires lo recibían con la misma ternura y solidaridad que él tantas veces había dispensado.

Tan hermosas como sus conversaciones en estilo metralla eran sus cartas, escritas en papel copia tan delgado que se veía a través. En esos tiempos sin internet las cartas tenían que ser livianas para que costara menos su envío, y sobre todo las cartas de Liber que no eran de una sola página sino de cinco o seis, escritas a máquina a renglón seguido aprovechando los márgenes hasta el extremo. 

Son cartas que hablan, porque en el ritmo de las frases y en la puntuación está su voz atropellada, su manera de saltar de una idea a otra porque es importante hacerlo en ese momento para no olvidar algo que recordó o que quiere apuntar. Y casi siempre terminan con un rápido y cariñoso adiós, a veces a mano, porque se acabó la hoja. 

Cada vez que yo recibía una de esas cartas abría el sobre con muchísimo cariño porque sabía que contenía la voz de Liber, que siempre empezaba con las preguntas generosas, interesándose por los míos, recordando algo que le había contado en alguna carta anterior. Y luego de preguntar, venían sus comentarios, la continuación de una conversación nunca interrumpida pero a plazos, sus temas preferidos: el teatro, la educación por el arte, sus lecturas preferidas (por supuesto Barret), pero tanto más, el debate con todo, con todos y consigo mismo, sus dudas y sus certezas.
 

 

@AlfonsoGumucio es escritor y cineasta. 
 

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