Alfonso Gumucio Dagron

Analistas por montón

sábado, 31 de octubre de 2020 · 00:11

De la noche a la mañana todos se han convertido en analistas políticos en Bolivia. “Según las teorías de Marx y Engels, las masas actúan llevadas por…” dice un señor en el Pumakatari. “Esas teorías están pasadas de moda, los jóvenes ya no se guían por ideologías…” replica otro sentado al otro lado del pasillo: “Sé lo que le digo, soy economista y he leído todas las teorías”, insiste. “Y yo soy abogado y politólogo…”, retruca el primero. Ambos bajan en la misma parada y siguen discutiendo, sin violencia y sin asperezas. 

Cada boliviano es un analista con una opinión diferente. Algunos aparecen en la televisión para hablar con solemnidad, otros lo hacen en las calles, en el transporte público, en el trabajo, en sus casas o en redes virtuales. 

Si el MAS no hubiera ganado las elecciones en primera vuelta, probablemente no habría paz social. Sus bases ya habían anunciado que no reconocerían un resultado electoral desfavorable. Los supermercados cubrieron sus vidrieras con hojas de calamina y la gente compraba reservas “por si acaso”. La vigilancia policial y militar fue redoblada para proteger instituciones del Estado y puntos neurálgicos en las ciudades. Todo se podía esperar de quienes han demostrado en otras ocasiones su capacidad de crear pánico y caos. Nadie lo hace “tan bien” como el MAS.

Por suerte no hubo violencia. Arce ganó en primera vuelta sin necesidad de quemar ánforas, interrumpir el conteo de votos e intervenir los servidores del Tribunal Supremo Electoral. Una sensación de impotencia, pero también de desahogo, cundió en la población de las ciudades. Esta vez no hubo bombas molotov en los almacenes del Ministerio de Culturas, ni ataques con dinamita a la planta de combustibles de Senkata, al grito rabioso de “ahora sí, guerra civil”. 

Lo que vendrá es un misterio. La impunidad ya ha sido proclamada para los que orquestaron el fraude electoral de 2019, para los que quemaron estaciones de la Policía o Tribunales Electorales Departamentales. Por otro lado, hay tensiones en el interior del MAS entre las diferentes tendencias. Y Evo Morales gira como asteroide que amenaza con el impacto de su verborrea. 

Como consuelo, todos somos analistas “profesionales” o “improvisados” tratando de explicar cómo Arce y Choquehuanca lograron 55% de la votación cuando ni ellos mismos lo esperaban. El “jefazo”, a pesar de sus maromas mediáticas, pasó a segundo plano pero incomoda a los vencedores que lograron más votos que él en 2019 (con fraude y todo). Arce, el oscuro funcionario que sirvió a varios gobiernos neoliberales, llegó donde nunca había soñado. 

A pocos días del cambio de gobierno, los analistas se dedican a repartir culpas con ventilador. En inglés hay una buena expresión: “the blame game”, el juego de echar culpas a otros. Parecería que se necesita encontrar un culpable para entender lo sucedido. Según cada analista más sagaz que otro, los culpables son: la presidenta Jeanine Añez, Camacho y Pumari, Carlos Mesa, los regionalistas cruceños, el Tribunal Supremo Electoral, los indecisos que ocultaron sus preferencias hasta el final, el miedo de la gente, entre otros.

Cada quien defiende al culpable de su preferencia, con o sin argumentos. En la televisión los “analistas” proliferan: es una profesión sin título académico, hecha a pulso con artes de especulación. Los sesudos analistas acomodan sus lecturas de la realidad para no reconocer que sus cálculos anteriores estaban errados. Canales y canaletas los siguen entrevistando como si a alguien le importara lo que puedan decir a estas alturas del partido. Igual que los comentaristas de fútbol, son hábiles para acomodar sus predicciones cuando el árbitro ya tocó el silbato final. 

Las empresas encuestadoras también se equivocaron, pero hicieron mucho dinero equivocándose, y volverán a ser contratadas para volver a equivocarse y seguir ganando dinero con mediciones de dudosa calidad técnica. ¿Quién verifica a las encuestadoras? 

Empieza el tiempo de reposicionamiento del relato masista negacionista: no hubo fraude en 2019, no hubo corrupción en los 14 años del autoritario Morales, no hubo megaobras inútiles, no hubo gastos superfluos en aviones de lujo y palacios, no hubo represión, no hubo chantaje a los medios de información, no se persiguió y presionó a periodistas, no se abandonó a la salud y a la educación, etcétera. El nuevo relato es como la foto de la “revolución cultural” de Mao: cuando es necesario, aparecen o desaparecen personajes. La verdad se puede manipular como ya lo hicieron con Neurona Consulting, la fachada de un negociado internacional. 

Todo quedará borrado. El nuevo relato consiste en echar tierra, mucha tierra, sobre la memoria de los bolivianos. Los que retornan ahora al poder saben que un pueblo sin memoria está condenado a ser manipulado por la mentira y el oportunismo.
 

@AlfonsoGumucio es escritor y cineasta.

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