Alfonso Gumucio

Chichina

sábado, 14 de noviembre de 2020 · 00:11

El martes 27 de octubre falleció a los 86 años de edad María Teresa Cortez de Paz Estenssoro, “Chichina” para los amigos que la querían. Era 12 años menor que mi madre (quien murió a la misma edad en 2009), pero mantuvieron una entrañable amistad, paralela a la que mantuvo Víctor Paz Estenssoro con mi padre. 

Aunque la personalidad del jefe del MNR no era muy dada a las amistades y podía parecer un estadista adusto, a ratos solemne, con mi padre desarrolló desde el inicio una relación de confianza que nunca se perdió. La lealtad de mi padre con Paz fue invariable y el respeto no se disipó ni cuando mi padre le manifestó en persona que no podría seguirlo más en la política si transitaba con los militares. 

Sin embargo, Paz Estenssoro no era un hombre tan serio como parecía en público, aunque infundía respeto y a veces temor entre quienes lo rodeaban. Recuerdo cierta vez que lo visité en 1979 en un departamento en la Avenida Arce, me mostró una postal cariñosa que había recibido de Chichina: la foto de un chimpancé sonriente. El Dr. Paz celebraba esas ocurrencias de su esposa, que retomaba con humor el calificativo que otros usaban para denostar al que ya había sido tres veces presidente de Bolivia, y lo sería una vez más entre 1985 y 1989. 

La relación entre Chichina y mamá tenía su propia dinámica, ambas esposas de estadistas dedicados al país y ellas a labores de beneficencia propias de la época. Pero a veces la política las alcanzaba también, y no de la manera más grata. El exilio y la persecución se ensañaban con toda la familia. 

El día mismo del golpe de Barrientos, el 4 de noviembre de 1964, mi padre había renunciado a la embajada en España y empezó el exilio. Al regresar de Madrid a La Paz en 1967, el barco hizo escala en Callao antes de Arica. Visitamos allí al Dr. Paz y a Chichina que vivían exiliados en una casa modesta. 

Cuando pienso en Chichina recuerdo un hecho que tuvo lugar hacia 1967 o 1968, todavía bajo la dictadura militar de Barrientos. El Dr. Paz seguía en el exilio cuando Chichina llegó por unos días de visita a Bolivia.  En La Paz sus amistades la acogieron en una cena en Miraflores, en casa del Dr. Guillermo Jáuregui Guachalla, ex ministro de Salud del MNR. Todo se desarrollaba en un clima festivo esa noche cuando de pronto se quebraron los vidrios de las ventanas que daban sobre la Avenida Busch, y varias granadas de gas lacrimógeno estallaron en el interior de la residencia. 

Los invitados salieron como pudieron de la casa, pero afuera los esperaban esbirros de la dictadura formados en “callejón oscuro” para propinarles una pateadura sin distinguir la edad de los comensales ni respetar a las mujeres. 

Mi padre llegó a la casa con dos costillas rotas y múltiples contusiones, y lo primero que hizo fue preguntar por mamá. Mis hermanos menores ya dormían. Hice algunas llamadas telefónicas, pero no pudimos saber dónde se encontraba. No había rastros de ella. Finalmente, pasada la medianoche, recibimos una llamada: ella y Chichina se habían escondido detrás de unos arbustos y luego habían tomado un taxi para esconderse en casa de una familia amiga. Fue una experiencia amarga para ambos, que se sumó a los tres meses que pasó mi padre en la cárcel de San Pedro. 

A Chichina la recuerdo también en momentos más gratos, en la casa de la calle 9 de Calacoto, donde vivía el presidente y su familia. La casa sigue allí, aunque el amplio jardín ha sido cercenado para construir un edificio. Solíamos ir en familia algún fin de semana. El presidente no tenía un palacio, ni una residencia oficial. Vivía como cualquier otro vecino y era un hombre de extrema sobriedad, que jamás bebía alcohol. Creo recordar que el jugo de naranja era su bebida preferida. 

Después de años de trabajar fuera de Bolivia, estuve de nuevo con Chichina en Tarija, en la propiedad de San Luis, cuando fui a saludar al Dr. Paz para preguntarle sobre mi padre, para la biografía que estaba escribiendo. Esto fue hacia 1999 o 2000, apenas un año antes de la muerte de Paz. 

La vez siguiente que estuve con Chichina fue en Santa Cruz, donde pasaba la mayor parte del tiempo junto a Patricia, una de sus hijas. Y esa fue la última vez, aunque hablamos por teléfono cuando murió mi madre y de vez en cuando a partir de entonces. En tiempos más recientes me informaba sobre ella a través de Patricia. Y es por ella que supe de su fallecimiento, con gran pesar por no haberla visitado de nuevo, como habría deseado, porque las amistades y lealtades se heredan.

 
@AlfonsoGumucio es escritor y cineasta.  
 

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