Alfonso Gumucio Dragon

Arcesino

sábado, 4 de abril de 2020 · 00:12

Luis Arce Gómez murió tranquilo en la cárcel, en cuarentena, como pasó las últimas décadas de su vida, primero en Estados Unidos por narcotráfico (20 años en prisiones de Memphis y Miami) y luego en Chonchocoro, con condena de 30 años por delitos violación de derechos humanos.

Murió “de viejo”.  No lo mataron, nadie lo torturó. Solo pagó con cárcel sus crímenes de narcotráfico, los asesinatos que instruyó cometer y las torturas que ordenó ejercer sobre jóvenes idealistas, militantes (o no) de partidos políticos de lo que entonces se conocía como “izquierda”, activistas y sindicalistas, luchadores por la libertad y la democracia. A todos ellos los amenazó en septiembre de 1980: “tienen que andar con su testamento bajo el brazo”.

Era el brazo derecho del General Luis García Meza, sobre quien escribí en el semanario Aquí un breve artículo humorístico que me costó el exilio: “La mesa de García”. Detrás de Arce Gómez están algunos de los crímenes políticos más horrendos de las décadas de 1960 (finales), 1970 y 1980 (principios), mucho antes de que fuera nombrado Ministro del Interior por el dictador García Meza, luego del golpe del 17 de julio de 1980.

La mano de “Malavida” (como lo conocían cuando era fotógrafo de Presencia), está detrás de los asesinatos de Jaime Otero Calderón, los esposos Alexander, Marcelo Quiroga Santa Cruz, Luis Espinal, Gualberto Vega, Carlos Flores Bedregal, los dirigentes del MIR asesinados en la calle Harrington, los desaparecidos de la Operación Cóndor, entre muchos otros. 

Lo conocí cuando hice mi servicio en el Colegio Militar, en Irpavi, hacia 1967. Junto a “Tinino” Rico Toro, Arce Gómez era uno de los dos capitanes “malos” que merodeaban por ahí. Ambos se divertían maltratándonos en la cantina, en los momentos de descanso. Nos hacían cuadrar y nos daban golpes en la boca del estómago: “¿Le duele? –No mi Capitán”. Zás… otro puñetazo. “¿Y ahora le duele? –Sí mi Capitán”. Zás… otro más fuerte. “Para que aprenda a no ser maricón”. Eran altaneros, torpes y crueles, muy diferentes al Capitán Guido Vildoso, un militar estricto, pero nunca abusivo. Un gran señor, como se vio cuando llegó a la presidencia y facilitó la transición a la democracia.

A Arce Gómez nunca lo volví a ver de cerca, pero él nos tenía en la mira por nuestra actividad de periodistas. Luego de un tiempo en la clandestinidad, me asilé en la Embajada de México en La Paz, que quedaba entonces en la calle 5 de Obrajes. Llegamos a ser 120 asilados, ocupando cada metro de espacio en la residencia del Embajador Plutarco Albarrán, un exmilitar de pequeña estatura, cabello canoso, que nos abrió las puertas y comenzó a gestionar salvoconductos de salida a México.

Cada sábado salía un grupo de 20 asilados que despedíamos con “La caraqueña” de Nilo Soruco, Luis Rico en la guitarra. Y así iban saliendo incluso aquellos que habían ingresado después que yo. Hechas las averiguaciones, Arce Gómez había confeccionado una lista de seis a los que no pensaba darles salvoconducto para salir de Bolivia. En esa lista estaba mi nombre junto al de Cristina Trigo viuda de Quiroga Santa Cruz, Antonio Peredo, el dirigente fabril Luis López Altamirano, un diputado Alvarado del Partido Comunista, y alguien más que no recuerdo.

No le di gusto a Arce Gómez. Abandoné el asilo y escapé por la frontera peruana dejando una carta de descargo al Embajador Albarrán. Pero esa fuga es otra historia.

Frente a la muerte de Arce Gómez no siento alegría ni tristeza, pero lamento que no haya probado un poco de repudio de parte de sus víctimas. Nunca las tuvo frente a frente porque fue juzgado en ausencia, nunca pudo ver los rostros de los familiares de quienes hizo torturar y asesinar. No la pasó mal en la cárcel, alimentado y alojado por el Estado. Conociendo lo que son las prisiones en Bolivia, seguro que lo sacaban a pasear de vez en cuando.

@AlfonsoGumucio es escritor y cineasta.

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