Alfonso Gumucio Dagron

MAS, nacional-socialismo

sábado, 27 de noviembre de 2021 · 05:12

No solo porque compró su sigla y su bandera a la Falange Socialista Boliviana (FSB), sino por su forma de actuar y su estrategia de avasallar las instituciones del Estado, el MAS recuerda al nacional-socialismo que creció como la espuma en Alemania con Hitler y en Italia con Mussolini.

Hitler adoptó la esvástica, el símbolo milenario hindú del bienestar y de la buena suerte, y lo convirtió en un símbolo del terror político, del mismo modo que el MAS retomó la bandera cuadriculada de siete colores de origen español (siglo XVII), y la popularizó como la wiphala, bandera aymara que ahora simboliza la revancha social. Los símbolos cambian así de contenido, de acuerdo a quien los usa y abusa de ellos.

Las camisas pardas de las milicias del nazismo, las azules de la Falange franquista, o las negras de los fascistas italianos identificaban a los grupos de choque militarizados, tal como ahora el azul flamea sobre los paramilitares del MAS o las rojas hacen reconocibles a las milicias bolivarianas de Nicolás Maduro.

El nacional-socialismo creció como una ola imparable en la Alemania de la década de 1920 porque ofrecía inicialmente la promesa de mejores días para los obreros y para los oprimidos. También ellos fueron una “mayoría” de conversos, como una nueva religión que arrasa. Ya sabemos en qué terminó el nacional-socialismo. Basta leer un poquito sobre la llamada “Noche de los cristales rotos” en 1938, como un ejemplo emblemático de la violencia emergente en Alemania. Y cómo olvidar el holocausto, la barbarie de Mussolini o los fusilamientos de Franco.

Estos son movimientos que en nombre de reivindicaciones sociales pretenden y consiguen el control absoluto del poder y de todas las instituciones del Estado, usando para ello consignas raciales y discursos de odio, como hemos visto en Bolivia durante tres lustros del MAS.

Los discursos de resentimiento social, como los que esgrime Choquehuanca cada vez que echa espuma por la boca, han dividido al país como nunca antes. Y no lo han dividido entre “indios” y “blancos” como quieren hacernos creer. Primero, porque no existe una supuesta pureza racial en un país tan abigarrado y mestizo como el nuestro. Segundo, porque la disputa por el poder es entre un sector oportunista altiplánico contra el resto del país.

La simplificación nos quiere hacer ver la lucha de opuestos entre “aymaras” y “cambas”, pero no hay tal. Ni el gobierno del MAS es “indígena” (basta ver el gabinete de ministros), ni los cambas representan una amenaza racial. Lo que está en disputa es el poder económico y político.

Para lograr sus objetivos de controlar territorialmente el país, el MAS ha implementado desde hace años una estrategia de avasallamiento que opera de la misma manera al invadir tierras de áreas protegidas o propiedades agroindustriales, o espacios de poder político e institucional. Los incendios que destruyeron millones de hectáreas de bosque para allanar el ingreso de los llamados “interculturales” (especuladores de tierras), son parte de esa estrategia, como lo son los ataques de bandas encapuchadas y armadas que responden a las consignas del MAS y el copamiento torpe del poder judicial y electoral.

JR Quintana, el remedo de Hermann Göring en el MAS, amenaza con crear un “ejército de Evo” para “los próximos 50 años”, siguiendo el modelo hitleriano de organizaciones paramilitares, y el ejército boliviano no dice ni pío, los generales se hacen pis de susto. Esos grupos de choque actúan con violencia tanto en áreas rurales como en las ciudades donde se desplazan a las zonas donde hay manifestaciones pacíficas para quebrarlas con apoyo de la Policía, que se acomoda destruyendo de un plumazo el prestigio que intentó recuperar cuando se negó a reprimir a la población. Hoy los jefes policiales hacen gala de servilismo para ascender rápidamente, mientras en privado hablan pestes del MAS. Han perdido el último átomo de integridad moral.

En la misma dirección va el control del aparato judicial, o los intentos de prescindir simplemente de él (como quiso imponer la Ley 1386), mediante allanamientos o apresamientos sin orden judicial, o escuchas telefónicas ilegales (que el presidente Arce solía disfrutar personalmente cuando era ministro de Evo Morales). De ese modo, se impone el régimen para-policial del MAS y el resurgimiento del nacional-socialismo latinoamericano, muy lejos en el tiempo y en el espacio de su modelo original europeo.

 

@AlfonsoGumucio es escritor y cineasta

AVISO IMPORTANTE: Cualquier comunicación que tenga Página Siete con sus lectores será iniciada de un correo oficial de @paginasiete.bo; otro tipo de mensajes con distintos correos pueden ser fraudulentos.
En caso de recibir estos mensajes dudosos, se sugiere no hacer click en ningún enlace sin verificar su origen. 
Para más información puede contactarnos

Otras Noticias