Alfonso Gumucio Dagron 

Regalitos para La Paz

sábado, 24 de julio de 2021 · 05:11

“Pueden ocupar todos los asientos”, dice la anfitriona del PumaKatari. Me quedo con la boca abierta (detrás del barbijo). Resulta que el único medio de transporte público que parecía seguro ya no lo es: el alcalde de La Paz decidió que ya no es necesario mantener distancia social, por lo tanto, el PumaKatari se convierte en un espacio tan peligroso como cualquier minibús. Además, la alcaldía disminuyó el número de buses arguyendo la falta de carburante, y en semanas recientes suspendió rutas “por mantenimiento”.

Desde que asumió el cargo Arias tomó medidas tan absurdas como despedir a centenares jóvenes que cuidaban los estacionamientos callejeros y cobraran por esa labor a los usuarios. De ese modo los privó de un trabajo digno, y dejó desprotegidos a los automovilistas porque ya no hay quien cuide sus vehículos. Otra vez vemos autos mal estacionados y escuchamos alarmas estridentes, mal calibradas, que se disparan con un golpe de viento a lo largo del día o de la noche, convirtiendo a ciertos barrios en ambientes sonoros saturados. El argumento es que el nuevo alcalde promete poner parquímetros automáticos, como si estuviéramos en Suecia.

Cuando eso suceda (si es que sucede), habrán pasado meses y probablemente se dará cuenta de que, en una ciudad como ésta, donde no se respeta ni un semáforo en rojo, tendrá que contratar a una legión de inspectores (honestos) para multar a quienes se estacionan sin pagar. Y tendrá que pagar por el mantenimiento de los equipos, en lugar de preservar una fuente de ingreso para los jóvenes a los que despidió sumariamente. 

Otra decisión incomprensible fue el perdonazo a los deudores de impuestos. De pronto resultaron premiados los que no pagan sus impuestos y castigados los que pagamos cada año puntualmente. 

Los golpes bajos a los usuarios de estacionamientos en las calles y del PumaKatari, y la burla a los que efectivamente pagamos impuestos, son algunos de los regalitos del alcalde por el mes de julio, mes de La Paz. Pero resulta difícil entender su razonamiento. ¿Cuál es la lógica en esas decisiones? 

Desde que el Negro Arias asumió su cargo veo más tropezones que aciertos. En una de sus primeras entrevistas, publicada en este diario el 6 de junio, dijo: “Mi programa no es de grandes obras, sino de grandes propuestas de reconciliación, de hacer una gestión diferente, transparente. Dos cosas he prometido: trabajar mañana, noche y día y, segundo, entrar por la puerta ancha y salir por la puerta ancha. Es decir, convertir a la alcaldía en un espacio de confianza, de devolverle al ciudadano la fe en su institución, devolverle la confianza de que si paga sus impuestos no me los voy a robar, sino que voy a hacer obras”.  Y acto seguido se lanzó en una perorata sobre la conciliación y la paz, tan falsa como los discursos de Choquehuanca. 

El recurso de la “cultura del perdón” es más bien un intento riesgoso de conciliar con el MAS, pero el propio Evo Morales respondió torpemente descartando cualquier aproximación: “No va a haber reconciliación con fascistas y racistas, salvo que entendieran que nuestra ideología y nuestro programa está bien para Bolivia”. Ese es el lenguaje del cocalero arrogante que posa como dirigente de “izquierda” cuando en realidad es un conservador autoritario, aliado a los sectores más maleados y oportunistas del país. 

Buscando paz para La Paz, Arias invitó a las fiestas julianas a Arce Catacora, a dirigentes del MAS y otros incendiarios que impulsan juicios contra el gobierno constitucional de Jeanine Añez, del cual Arias fue ministro (pero parece que no se acuerda). Hay que suponer que padece del síndrome de Estocolmo, porque invita a sus verdugos a la fiesta. Su jugada fue contraproducente, pues se dejó maltratar: lo excluyeron de la testera el 15 de julio durante la sesión de honor de la Asamblea Legislativa, no enviaron a los Colorados para acompañar el traslado de los restos de los protomártires, etc. 

En las imágenes de los actos Arias aparecía como araña fumigada, su lenguaje corporal lo delataba. El alcalde fue avasallado y perdió el protagonismo durante las celebraciones de la ciudad, soportó calladito los relatos del “golpe” que Arce Catacora impuso con altanería.  

Alfonso Gumucio Dagron es cineasta y escritor.

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