Tinku verbal

El preso político

domingo, 24 de julio de 2016 · 00:00
Me llamo Landelino. Cada día que despierto pienso que es el último y al dormirme, también. Hace siete años me robaron mi vida, ellos que tienen vocación de violencia. Desde entonces vivo en el último metro cuadrado de la tierra y en el último filamento del tiempo. Experimenté en carne propia que en el lugar que llaman mi patria no sólo se heredan los tributos, también los odios. Hubiera preferido que se queden con todos mis bienes materiales, pero no con mi vida. 

Si fuera culpable, pediría perdón, pero soy inocente y los inocentes pedimos justicia. Pero a estas alturas, ¿qué justicia puede reparar la pena de vida que sufro? Hubiera preferido la pena de muerte.

Hay noches en que no puedo dormir y pienso: Debí ser asesino, así estaría consciente de que soy culpable, pero  estoy aquí por pensar, lo que significa que pensar es más peligroso que matar. 

De hecho, en la cárcel no está la justicia, sino la injusticia. El castigo a un ladrón no debería ser quitarle su libertad, sino sus bienes y obligarlo a trabajar en beneficio de los pobres. Si el ladrón percibe 2.000 bolivianos, 500 para que sobreviva y 1.500 para las casas de acogida. Es ladrón porque es flojo. 

Creen que un homicida merece la cárcel. Hay casos y casos. Aquí adentro conocí a Ricardo que se le fue un puñetazo en una pelea. Está sin sentencia desde hace años y cada vez que se pone nostálgico repite: "No debería haber ido a esa farra”. Me parece buen tipo y el castigo que merecía era pagar religiosamente la educación de los dos hijos del padre muerto.  

Hay días que intento convencerme que nada es producto del azar, desde el día que llegas al mundo hasta el día que te vas no es resultado del hado, sino culpa de uno  mismo. ¿Acaso uno no es arquitecto de su propia vida? Pero qué culpa tengo de pensar, Dios me dio esa virtud a tal grado incluso de cuestionar su existencia, pero ningún poderoso terrenal acepta que cuestiones su existencia, entonces te encarcela creyendo que así encarcela tus pensamientos y preserva su existencia.

En verdad les digo, si no hubiera olvido la vida sería un tormento. Vivir rememorando los malos recuerdos es cultivar bronca para descargarlo en tus semejantes. Algo de eso me está pasando. Recuerdo el día que me detuvieron; no olvido al juez que me mandó aquí sin ninguna prueba más que la palabra de mi verdugo que dictó mi sentencia por los medios de comunicación. Lo desafié con la mirada para decirle que después de esta vida hay otra donde, según mi madre, se invierten los papeles. Los ojos del juez huyeron. 

El fiscal me daba entre pena y bronca. Me volví indulgente con él porque su pecado es no ser inteligente. El inteligente desafía a quienes ordenan una injusticia o van contra la lógica, desobedece a quienes aprovechan su poder para encarcelar inocentes. Si pensara sería una solución y, obviamente, no sería fiscal.

Un día hablé con Fermín desde que se levantó el sol hasta que se acostó. Vive en su celda consciente de que asesinó al tipo que le jodió. Está resignado a 30 años. Saberse culpable y tener sentencia es tener certeza de tus días venideros. Pero ser inocente y no tener sentencia es no saber si será tu último día en la prisión o en el mundo.

Cuando estoy de buen humor, escucho el soliloquio de Idelfonso. Ensaya la defensa que nunca le dejarán hacer porque es pobre: "Traficaba con gramos de cocaína porque no tenía trabajo, encierren aquí a quienes hemos elegido para crear trabajo”. 

La cárcel debería ser sólo para violadores y asesinos. Y para el político corrupto porque roba por placer. El resto debería tener como sentencia: trabajar para sacar a los pobres del riesgo de la delincuencia. 

Hay días en que creo en milagros. Y pienso: Ojalá Dios entre en sus corazones y les ponga por un rato en mi lugar para que sepan cómo es existir sin vivir. Pero no hay milagros, Dios no puede contra la maldad que inventa pruebas, controla mentes de fiscales y jueces.

Hoy también desperté pensando que es último día, pero no sé si en la prisión o en el mundo.

Andrés Gómez Vela es periodista.
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