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El valor político del voto nulo

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domingo, 26 de noviembre de 2017 · 00:02

La política no es más que la búsqueda de adhesión de la opinión pública a las propuestas de presente y futuro hechas por una persona o un colectivo a una comunidad; en consecuencia, la democracia es el gobierno de esa opinión pública, que se materializa de dos formas: sumativa y discursiva (o deliberante).

La sumativa es el resultado de las encuestas y del voto, por lo que se traduce en porcentajes. La discursiva es la que macera y circula en bares, cafés, mesas de familia, almuerzos, cenas, amigos, clubes, encuentros casuales o planificados, y tiene como fuente de origen el pluralismo. En definitiva, la segunda alimenta a la primera con argumentos, falacias, prejuicios y juicios, por tanto da contenido y forma a las decisiones.

En esa línea filosófica, la Constitución Política del Estado, artículos 11. II. y 26.I. y 26.II.2., contempla al voto -que es una forma de consulta a la opinión pública- como la piedra angular de los derechos de participación de los ciudadanos en los asuntos públicos y en la formación, ejercicio y control del poder político.

Sobre ese cimiento institucional, estipula que el “sufragio es libre”, lo que significa que la libertad es condición para que el voto se convierta en participación y decisión soberana.

Por ello, la misión del Tribunal Supremo Electoral (TSE) es garantizar el voto libre. ¿Cómo? Informando sobre los tres tipos de votos para las judiciales: nulo, blanco y válido. No haberlo hecho o no hacerlo, equivale a reducir la libertad del elector en vista de que la información es la causa del ejercicio de la soberanía.

Según la Ley del Régimen Electoral, los votos nulos y blancos no determinarán el siguiente domingo la elección de los magistrados. De hecho, las personas que votarán nulo no tienen el mínimo interés de elegir. Su objetivo es cuestionar y rechazar a los responsables de la selección, en este caso al gobierno central, que procedió a través de sus senadores y diputados.

Por esta razón, ambos votos tendrán un valor político nunca visto en los 35 años de vida democrática de la República, precisamente, por lo que señalé en el primer párrafo del presente artículo.

Desde esta perspectiva, la opinión pública emitirá tres mensajes el siguiente domingo:

1) Rechazo al Movimiento al Socialismo (MAS) por seleccionar a sus candidatos (voto nulo) ignorando una de las reglas de la democracia: consensos en función del bien común.

2) Respaldo al sistema de selección de los postulantes, pero rechazo a los elegidos del MAS porque carecen de méritos o por alguna otra razón.

3) Asentimiento al sistema, al partido y a los candidatos (voto válido).

A su vez, el voto nulo traerá consigo bajo el brazo tres avisos de valor democrático:

a) Una segunda orden del soberano a Evo Morales para que se vaya tranquilito a su casa el próximo 22 de enero de 2020 apenas entregue la banda presidencial.

b) Respaldo dividido a la oposición; una parte a la oposición atrincherada en el Parlamento; otra buena parte a aquella que existe en los hogares y en las calles y no comparte con los opositores conocidos por diversos motivos. 

c) Un guiño a Carlos Mesa para que asuma el liderazgo de la oposición con una ironía repetida: sin partido ni representación parlamentaria; pero con una intención de voto preocupante hasta el paroxismo para el MAS, particularmente para Morales, responsable del retorno del expresidente. 

¿Recuerdas? El 21F la mayoría se libró del chip: “No hay líder en la oposición” por una mirada más democrática: “Ok, no hay nadie, pero ya no queremos a Evo”. El 3D, esa mayoría puede completar su horizonte: “ya hay alguien”

En estas circunstancias, el voto nulo del siguiente domingo no será nulo, sino de gran valor político porque será la expresión de inconformidad con el Régimen y un grito de disentimiento con las intenciones de Morales de convertirse en dictador.

Como la democracia es el gobierno de la opinión pública, bastará que el voto nulo sea sumado y presentado honestamente por el TSE, del resto se encargará la historia.

Andrés Gómez es periodista.

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