La oligarquía que vive de nuestros bolsillos

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domingo, 31 de diciembre de 2017 · 00:05

Sin arrepentimientos, era necesario decir adiós en 2005 a los llamados neoliberales por diversas razones, entre ellas: el tedio que causaban sus caras repetidas a diario en los noticieros de televisión y el hecho de haber convertido el Estado en un patrimonio privado.

También, sin arrepentimientos, era necesario desbrozar el camino para un gobierno originario por diversas razones, entre ellas: la oportunidad que los pueblos indígenas debían tener para administrar los bienes del Estado, además de la ampliación real de la igualdad en el acceso al poder, que había comenzado con la Participación Popular a mediados de los 90. 

En 20 años, la mayoría se había cansado del grupo que había hecho del vivir del Estado un estilo de vida (valga la redundancia), haciendo un pasanaku de poder y cargos. A partir de esa realidad, la sociedad decidió cambiar a ese grupo por los que habían vivido, hasta ese momento, bloqueando, protestando y quejándose de los 500 años de colonización.

Diez años después, Bolivia volvió a algo peor, a una oligarquía que vive de nosotros (el Estado), practica pasanaku de cargos y administra el Estado como un bien privado en beneficio suyo, de sus acólitos y de sus familias. En una década, el Estado no pudo ser ese espacio público organizado para arbitrar los intereses socioeconómicos y resolver los problemas de la colectividad.

La consecuencia de este estado de cosas es Evo Morales, uno de nuestros empleados que vive de nuestros bolsillos (del Estado) desde hace 17 años. Fue elegido diputado en 1997 y presidente en 2005. Después de 12 años continuos, ya no quiere dejar el cargo, pese a que el pueblo le entregó su memorando de despido el 21 de febrero de 2016 para que se vaya a su casa el 22 de enero de 2020.

En 17 años, pagamos a Morales alrededor de cinco millones de bolivianos solo por concepto de sueldos; aún no tenemos información respecto al gasto diario que significa entre viajes en avión, helicóptero, autos blindados y otros lujos. Estoy seguro que esos datos y otros detalles conoceremos el día que él y su grupo dejen la mamadera, digo, el Gobierno.

A estas alturas, como pasó con los neoliberales, la presencia de Morales en el poder es tediosa y su discurso causa aburrimiento. Sin embargo, sigue teniendo respaldo de algunos sectores, pero ya no de aquellos que tienen espíritu democrático, sino de los grupos que reciben algún beneficio directo o indirecto de su gobierno. ¡¿Cómo  no lo van apoyar los cocaleros si les ha beneficiado con una ley para  seguir comercializando su coca al narcotráfico (hecho establecido por la ONU)?!

A diferencia de la oligarquía neoliberal, la oligarquía masista decidió vivir de nuestros bolsillos (el Estado) hasta su muerte (ubicó a sus familiares en cargos públicos o constituyó a éstos en repartidor de pegas). Para este fin, determinó acabar con los valores de la democracia que le dieron luz verde para llegar al poder. 

Dado este contexto, la presencia de Morales en el Gobierno no solo es tediosa, sino peligrosa para la existencia de nuestro país. 

En este sentido, es antidemocrático respaldar a un grupo cuyo único fin es el poder por el poder. Es explicable el apoyo de los cocaleros del Chapare y de los dirigentes de los llamados movimientos sociales beneficiados, pero no de personas con mínimo sentido común, inteligencia y formación.

Una persona, sin nexos directos o indirectos, no respalda a un grupo que desconoció el  voto popular, incumplió su juramento, violó la Constitución, persiguió el pensamiento diferente y encarceló a gente crítica.

Pero aunque hubiera sido un gran gobierno, sin corrupción, sin nepotismo y con todas las virtudes democráticas posibles, una persona que cree en la democracia no acepta que un político se eternice en el poder y menos que un grupo convierta el Estado en un patrimonio privado para beneficio propio.

Por todo ello, en 2018 será una obligación moral y política luchar contra el totalitarismo.

Andrés Gómez Vela es periodista.

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