Tinku verbal

Averno

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domingo, 14 de enero de 2018 · 00:04

Cuando Tupa cruzaba con sigilo, miedo e incertidumbre entre dos estrechos muros de cajones de cerveza en busca del Averno, percibí que la vida es un recipiente de alcohol en ese mundo donde la lujuria, la ira, la soberbia, la ilegalidad y la violencia terminan ahogando a seres ya ausentes en un bar que va camino a convertirse en una piscina de tragos amargos.


Marcos Loayza nos lleva en su nueva película a la ladera oeste de la ciudad de La Paz, por donde se descuelga El Alto y desde donde ostenta su poder económico (a estas alturas) la vieja burguesía chola, que baila y bebe hasta el éxtasis en honor a casi todos los santos, pero con especial preferencia a uno que está montado sobre su caballo y en quien deposita su fe para cristalizar hasta sus deseos non sanctos.


La obra cinematográfica transcurre en una larga noche paceña de realismo, surrealismo, realismo mágico, mito, simbolismo y alegoría. El Averno es una composición de fotografías, radiografías y ecografías psicosociales de una parte de la sociedad boliviana; una secuencia de escenas en las cuales el espectador si es paceño, identificará y se extenderá en míticos personajes regionales; si es de otra ciudad, conocerá la parte desconocida de un grupo social muy conocido; y si es extranjero, constatará el sincretismo religioso y el mestizaje cultural del occidente de Bolivia.      


La película comienza con una pesadilla del protagonista, Tupa, interpretado muy bien por Paolo Vargas, y termina con una simbólica y surreal pelea   Tupa vs. Tupa. La marcha fúnebre de apertura y de cierre subraya que no todo acaba con la muerte porque los que se fueron siguen presentes en forma de mitos, leyendas, “calaveritas” o mientras persistan en la memoria de los que se quedaron por ahora.


Particularmente, me causó gracia ver al Tata Santiago ebrio y algo desaliñado, el santo más venerado de Bolivia en cuyo honor fueron bautizados decenas de pueblos: Santiago de Guaqui, Santiago de Huari, Santiago de Huañuma, Santiago de Huata, Santiago de Bombori (y hasta Santiago de Chile, solía decir mi tío Natalio Vela, que era yatiri). 


Me lo imaginé en ese momento de la película, administrando milagros a sus devotos desde su papel de médico, abogado y militar, pero ya no pude imaginar si tenía algún método para seleccionar a  quiénes beneficiar y a   quiénes excluir de su bendición.


A ratos es agobiante y desesperanzadora la aventura de Tupa, tal vez por su inocencia y por los obstáculos que enfrenta para llegar hasta el Averno, que puede ser cualquier lugar y estar en cualquier parte a donde uno arriba al final de la noche y al principio del día después de intensas horas concupiscentes y bajo el peligro de eternizarse en aquel espacio sin tiempo ni espacio que no es el infierno, pero tampoco el cielo, menos el purgatorio.     


Loayza muestra, a través de sus personajes, que al final la vida consiste en saber decir no o sí y en la tenacidad de recorrer el camino elegido que, sin importar el destino, siempre estará plagado de buenas y malas personas y de circunstancias inesperadas. También consiste en decirse no o sí a uno mismo ante las tentaciones o debilidades, lo que está reflejado de forma simbólica en la pelea Tupa vs. Tupa.


Las escenas ensambladas entre el realismo y el surrealismo causan sensaciones (según el alma ambulante de cada quien) que pueden ir y venir entre la descarnada exposición de estereotipos de la burguesía chola como la ostentación, la borrachera y su poder económico acumulado no siempre sobre actividades legales; y la acertada reflexión sobre la religiosidad condenada al alcoholismo.


Sea cual fuere la sensación, uno sale de la sala con la impresión de haber visto algo que ya vivió, o ya conoció; o, finalmente, alguien ya se lo contó, pero no con la maestría de Marcos Loayza.


El Averno merece ser vista e interpretada, no sólo porque es una película nacional, sino porque es juicioso atisbar desde la butaca una parte del ser boliviano, en este caso, paceño.
      
Andrés Gómez Vela es periodista. 

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