Tinku verbal

“Ti, ti... (dejá de ver tu celular, idiota, cuidado te atropelle)”

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domingo, 10 de junio de 2018 · 00:01

Estás caminando tranquilo, pensando en tus cosas, por alguna calle de la ciudad y de pronto: “tiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiii”. Chau concentración. ¿No te dan ganas de darle un cocacho o mínimamente mandar a la mierda al conductor que toca la bocina sin ningún motivo? Yo le echo al menos una mirada lanzallamas para expresarle mi empute.  

El artículo 20, inciso a, del Código  de Tránsito, que rige desde el 2 de abril de 1973, prohíbe “el uso de la bocina durante la noche” y permite tocarla en el día sólo “en casos de emergencia”. Pero en la ciudad de La Paz no hay un solo minuto sin bocinazos. 

Da la impresión de que a pocos importa que la contaminación acústica sea un caso de salud pública que causa estrés, presión arterial alta, ansiedad y otras consecuencias.  

La  Organización Mundial de la Salud establece que los límites tolerables de decibeles (dB), en las ciudades, son 55 en horario nocturno y 65 en horario diurno. En Bolivia, el límite es 68 dB, según el reglamento 2228, de protección del medio ambiente contra la emisión de ruido, aprobado el 22 de octubre de 1998.

¿A cuántos dB crees que caminamos todos los días en La Paz? Unos especialistas calcularon entre 80 a 85 dB por el tráfico de vehículos y entre 100 a 114 dB por los bocinazos, en momentos de bloqueos, manifestaciones y petardazos (sin canicas).  

Como verás, este problema afecta a todos; por tanto, la solución pasa por todos. Sin embargo, no lo entendemos así. Por el contrario, hemos creado un lenguaje de la bocina con tres significados: Uno, tocamos para alertar a un peatón que camina mirando su celular por la calzada, para evitar accidentes que pueden ser provocados por imbéciles que quieren cambiar de carril abruptamente o para advertir al conductor de adelante que el semáforo ya está en verde.  

Esta bocina de advertencia, permitida por el Código de Tránsito, suele sonar corta  y más o menos amable: “Ti, ti”, y significa más o menos en el primer caso: “dejá de ver tu celular, idiota, subí a la acera”. Y en el segundo caso: “no seas cojudo, conserva tu carril, te vas a chocar”. En el tercer caso: “Avanzá, sonso”. Como en la ciudad hay muchos “idiotas”, “cojudos” y “sonsos” hay demasiados “ti, tis”, que encadenados hacen un ruido molestoso. 

Dos, tocamos para avisar que hemos llegado y estamos en la puerta: “Ti, tiiiii; ti, tiiiiii”, como gritando: ¡estoy afueraaaa, abrí la puerta, sal! También, para saludar a una amiga en la calle: “Ti, tíii”, como diciendo “hola mírame, estoy en mi auto, soy tu amigo del Facebook”. ¡Qué nos importa al resto que alguien haya llegado a su casa o haya visto a su amiga!

Tres, tocamos para expresar bronca: “Tiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiii, tiiiiiiiiiiii”. La bocina habla por el conductor que está “puteando” y quiere que el universo se entere, no sólo el causante de la ira. Este bocinazo es violento y significa más o menos: “cabrón de mierda, bajá del auto y vas a saber quién soy” (cambia según el contexto y el estilo de cada uno).  

En La Paz y en El Alto  ya se hicieron campañas esporádicas contra el ruido;  las simpáticas cebras y los amables burritos fracasaron, se impuso el “Tiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiii” y la salud pública está en riesgo.

¿Qué nos queda? El desusado Código Nacional de Tránsito tipifica en el artículo 142, numeral 9,  como infracción de tercer grado el abuso de la bocina. 

El Reglamento del Código Nacional de Tránsito, que sigue vigente aunque pocos se han enterado, indica en su artículo 382, inciso 7, una multa de 20 pesos bolivianos por usar la bocina en forma indebida en horas del día. 

Sugiero a las alcaldías convertir esos 20 pesitos en 20 bolivianos y aplicar los artículos señalados del Código de Tránsito, repartir boletas de infracción como pasankjallas y verán que lloverá dinero, hasta que aprendamos que cada “tiiiiiiiiiiiiiiiiii” nos afecta no sólo los bolsillos, sino la salud. 

Si no resultara la multa y la obligación de pagarla para cargar gasolina, habrá que discutir una nueva modalidad de la ley del talión; caso contrario, nuestra vida citadina será un “tiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiii” infernal y luego mortal.

Andrés Gómez Vela es periodista.

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