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Democracia y felicidad

domingo, 09 de junio de 2019 · 00:05

En las últimas semanas, hablé con una decena de venezolanos sobre sus vidas. Ellos y ellas, sin excepción, recuerdan con nostalgia que eran felices en su tierra, que sus familias eran felices porque tenían suficientes ingresos para comer y viajar, que su pueblo era alegre y feliz y que sus gobernantes socialistas trajeron la desgracia total. 

Durante esas charlas, recordé que el socialismo tenía como objetivo acabar con la desigualdad aplastando a la burguesía hasta establecer el paraíso comunista. Sucedió todo lo contrario, el estalinismo, el castrismo, el chavismo y otras corrientes convirtieron en un infierno sus pueblos.

¿Hay alguna relación entre felicidad y sistema de gobierno? Sí. Finalmente, ¿a qué viene uno al mundo? ¿A ser infeliz? No, a ser feliz. Por ello, cuando una wawa llega, amigos, vecinos, familiares desean ¡muchas felicidades a mamá y papá! Por esa misma razón, nos saludamos cada jornada con un buen día o buena tarde. Nos vamos a la cama con esos mismos deseos: ¡buena noche, felices sueños!

La felicidad parece un concepto chicle y hasta hace tiempo se podría decir que dependía de cada cultura. Pero la globalización ayudó a entender que la felicidad descansa en dos columnas: la psicológica y la biológica. La última se entiende en los términos referidos por Jeremy Bentham a finales del siglo XVIII: El bien supremo de un Estado es garantizar “la mayor felicidad para el mayor número”.    

De ese modo, se encargó al Estado y los gobiernos la responsabilidad de reducir el sufrimiento de la mayor cantidad de sus gobernados y crear condiciones apropiadas para que tengan sus necesidades biológicas satisfechas (alimentación, vivienda y  vestimenta).

A tono con esta filosofía política, los fundadores de Estados Unidos establecieron en 1776, en su Declaración de su Independencia, tres derechos inalienables: A la vida, a la libertad y a la búsqueda de la felicidad.

Los autores de la Declaración de la “Junta Tuitiva”, formada en La Paz el 16 de julio de 1809, coincidieron con esa línea política:

“Compatriotas, hasta aquí hemos tolerado una especie de destierro en el seno mismo de nuestra patria (…). Ya es tiempo, pues, de sacudir yugo tan funesto a nuestra felicidad (…). Ya es tiempo, en fin de levantar el estandarte de la libertad en estas desgraciadas colonias (…). Valerosos habitantes de La Paz (…) no miréis con desdén la felicidad de nuestro suelo, ni perdáis jamás de vista la unión que debe reinar en todos, para ser en adelante tan felices como desgraciados hasta el presente”.

Las dos declaraciones identifican a la tiranía como causante de la desgracia de los pueblos. En ambas circunstancias, los pueblos se autoconvocan a la rebelión contra el tirano o dictador que los desgracia y llaman a reorganizar los poderes para evitar los causantes de la desdicha: corrupción, injusticia, abuso de poder, persecución y encarcelamiento de inocentes. 

Los hechos históricos han demostrado que el sistema de gobierno que garantiza esos derechos se llama: democracia liberal.

La columna psicológica de la felicidad es analizada desde antes de las proclamas independentistas. Se ocupó de ella Epicuro de Samos, que comprendió la felicidad como el bien supremo de la existencia porque no hay vida después de la muerte;  en consecuencia, adorar a los dioses era inútil, por lo que el único objetivo de la vida era la felicidad. 

Aristóteles entendió este estado de ánimo como la perfecta satisfacción, como “la plenitud del hombre que ha alcanzado el completo desarrollo de su ser verdadero, en plena conformidad consigo mismo y con el orden del cosmos”.

Kant ligó la columna psicológica con una columna intermedia: la social. En ese sentido, escribió que no es posible pensar en la felicidad de manera egoísta, pues, el destino individual está ligado al de la humanidad entera. La felicidad de unos no puede edificarse sobre la desdicha y la explotación de otros: la justicia social es necesaria (texto de Jean Paul Margot).

El tirano Nicolás Maduro, montado en la ideología socialista, usurpó la felicidad de los venezolanos. Esa misma suerte quiere el gobierno de Evo Morales para los bolivianos al desobedecer el mandato popular del referendo del 21 de febrero de 2016, al encarcelar gente inocente como Franclin Gutiérrez, al fomentar violencia étnica entre bolivianos (k’aras e indígenas) y buscar la división cotidiana de la familia boliviana.

En los meses venideros, el masismo se jugará sólo el poder; en cambio, los bolivianos nos jugaremos la libertad, la felicidad y la vida.

Andrés Gómez Vela es periodista.

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