Andrés Gómez Vela

La oposición (y lo que puede hacer para ganar)

domingo, 22 de septiembre de 2019 · 00:09

A un mes de las elecciones, tengo la certeza de que por primera vez en 14 años, la oposición depende de sí misma para volver a Palacio. No había tenido esta oportunidad en los tres últimos comicios. 

En 2005, la oposición de hoy (el oficialismo de ayer) cosechó lo que había sembrado durante 20 años: un adversario populista de izquierda que llegó montado en una ola de rechazo causado, más que todo, por la crisis de representatividad, a la que se sumó la crisis económica.  

En esta parte, hago un paréntesis para explicar que entiendo “populismo” en los términos del periodista y escritor estadounidense, John B. Judis, que dice: “El populismo no es una ideología, sino una lógica política: una manera de pensar acerca de la política”. 

Para ser más claro, cito al historiador y profesor estadounidense  Michael Kazin, que en su libro The Populist Persuasión escribió: “El populismo es un lenguaje cuyos portavoces conciben a la gente común y corriente como un noble grupo que no está estrictamente vinculado a una clase; a sus adversarios elitistas los considera interesados y antidemocráticos, e intenta movilizar a los primeros contra los segundos”. Cierro paréntesis.

El Movimiento Al Socialismo (MAS) aglutinó, en 2005, a “los excluidos”, al “pueblo” marginado desde “hace 500 años”, contra la élite de ese entonces que controlaba el Estado pese a que indígenas, campesinos y otros clases sociales  no se sentían representados. El MAS no propugnaba una lucha de clases ni perseguía la abolición del capitalismo, simplemente quería expulsar a los enemigos del pueblo, a los “vendepatria”; y lo logró. 

Los errores cometidos por el “establishment” de derecha soplaron los vientos de la historia en favor del MAS hasta darle el 54% de los votos. 

Entre 2006 y 2009, la élite expulsada equivocó su estrategia de resistencia en la oposición al cultivar una retórica y una acción racista y discriminadora, lo que fortaleció y dio la razón al discurso masista: “Nos excluyeron del poder durante 184 años porque somos indios; no nos dejaron protagonizar nuestra historia, por ello debemos hacer nuestro propio Estado y refundar Bolivia”. 

Las elecciones de 2009 expresaron esa acumulación y el MAS subió su votación 10 puntos, de 54 a 64%. 

Entre 2009 y 2014, la bonanza económica hizo lo suyo y la nueva élite se ocupó de mostrar al viejo “establishment” como inepto e incapaz de gobernar. Para probar su razonamiento, le echó en cara el crecimiento de la economía. 

En esas circunstancias, la oposición estaba condenada a la derrota, ya en la etapa preelectoral y antes de que se conozcan los candidatos, y pese a que el MAS había violado la Constitución e incumplido el pacto social. El 61% ratificó su apoyo al proceso de cambio. 

En 13 años y ocho meses, los actores sociales, el contexto y los electores cambiaron. Entre el 2005 y 2014, el MAS dependía de sí mismo y podía haber ganado sin necesidad de controlar medios de comunicación ni vocales del Tribunal Supremo Electoral (TSE). Hoy, la mitad de su electorado, del 64% que tenía, se desencantó por causas que ya señalé en anteriores artículos del Tinku Verbal. 

Ese tercio decisivo siente la misma bronca que sentía contra la casta que había despachado en 2005. Sin embargo, no halla un candidato o partido de catarsis para descargar su malestar porque la oposición de hoy es la misma que había expulsado ayer, obviamente, con algo de polvo del tiempo y el maquillaje.

En consecuencia, el país está entre dos tercios: uno apoya al oficialismo y el otro a la oposición.

Ese tercio que puede decidir olfatea que los integrantes de la oposición anteponen ambiciones personales y de grupo antes que el bienestar de las personas a quienes pretenden representar. Ninguno está dispuesto a sacrificarse, mas ambos están predispuestos a sacrificar a sus potenciales electores. 

Pese a esta situación, la oposición tiene la oportunidad de oro de ganar las elecciones. Su posible triunfo depende de sí misma. Para ello, uno de los candidatos tendría que abandonar la carrera y convocar a votar por el postulante que queda. 

Sugiero este paso basado en la siguiente premisa: el candidato más resistido es el del oficialismo. Casi un 40% no votaría por nada del mundo por este postulante, lo que significa que es más probable que se incline por un opositor sin importarle quién. 

Con una decisión de esta naturaleza, la oposición puede ganar incluso en primera vuelta; en el peor de los casos, forzar la segunda vuelta. 

A un mes de las elecciones, falta ese componente psicológico de sacrificio para demostrar a los indecisos que si bien tiene la misma cara, no es la misma oposición de  2005.

 

Andrés Gómez es periodista.

 

Confidencial

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