Andrés Gómez Vela

Las expectativas y la candidata

domingo, 24 de mayo de 2020 · 00:10

Así como el buen sastre vive de su fama de confeccionar trajes, el político vive de su popularidad. Si no la tenía, un cargo lo puede poner en la vitrina de la fama. Algo así pasó con Jeanine Añez. El cargo de Presidenta, más que sus méritos de parlamentaria, catapultó su popularidad. A tal punto que sus propios compañeros de partido descubrieron en ella atributos que no habían visto en años de compañerismo. Entonces, con olfato de poder, se dijeron: “Este es el momento; por fin tenemos una CANDIDATA”.

El último presidenciable de Demócratas había obtenido apenas el 4% en octubre pasado. Y si no se hubiesen anulado esas elecciones, el partido hubiese sido marginal. Pero el azar juega en política y la oportunidad estaba dada, “la gente” vitoreaba a la Presidenta Añez con expectativas muy altas.

El anterior presidente (Evo Morales) había convertido la mentira en parte de  sus usos y costumbres. Un día aseguraba que no iba a ser candidato y al día siguiente decía que sí. La gente que había echado de Palacio al mitómano tenía la expectativa de que la Presidenta sea diferente. ¡Decepción! La Presidenta actuó igual que el “pinocho”. Un día dijo: No; después se proclamó Candidata. Añez había comenzado su carrera electoral contradiciendo la esperanza de la sociedad.  

Conclusión popular: ¡te dije, todos son iguales! 

Pero esta primera frustración era superable y olvidable, calcularon los alfiles de Demócratas porque creyeron que Jeanine iba a arrancar al menos con el 25% de tendencia de voto, y borrar del mapa a Carlos Mesa. Fallaron. Sin embargo, no estaba mal que empiece cuadriplicando (16%) a Oscar Ortiz. 

Cuando comenzaba la campaña, el destino volvió a meter sus narices en la política, trajo el Covid-19 y emplazó a la candidata a mostrar sus dotes de estadista (¡ahora es cuando!). Jeanine cabalgaba bien el desafió. La gestión de crisis del Covid-19 era aceptable si se considera el sistema de salud que heredó del masismo.

Además, rompió la expectativa negativa que había sembrado el MAS: “la derecha anulará los bonos, no pagará”. Jeanine hizo trizas esa predicción. Forzada por las circunstancias, no sólo mantuvo los bonos para las embarazadas, la gente de tercera edad, sino que ordenó bono para todos (esa fue la sensación). 

Su popularidad comenzó a subir como las aguas de un rio después de una copiosa lluvia.   

Añez tenía el teatro mediático para ella sola. Era la única actriz y tenía el papel estelar: presidir a su pueblo en una circunstancia nunca antes vivida por los bolivianos. Daba sólo las buenas noticias. Anunciaba las medidas que iban a salvar la vida de la gente. Entregaba insumos. Inauguraba. Su voz de mando era acatada. Ordenó encerrarse en casa y la gente obedeció por miedo o por responsabilidad, incluidos los masistas. Su palabra era importante y había que escucharla. 

El país hablaba de ella, y ella hablaba al país. Los otros candidatos habían quedado sin papel y fuera de escena.  

Pienso que el masismo se percató que Jeanine podía rebasar el 20% de tendencia. Si a ese porcentaje se iba sumar el voto útil antiMAS, podía ganar las elecciones. Preocupados, los azules reactivaron la campaña con lo que mejor saben hacer: petardazos, bloqueos, amenazas y violencia para quitarle el monopolio de escena y hacer fracasar la gestión de crisis de salud. 

Sin embargo, Jeanine seguía cabalgando entre el acoso azul y las expectativas del elector que nunca se cansa, nunca se rinde. Por ello, compara a diario el poder del pasado reciente con el poder presente.

Los gobernantes masistas emplearon a sus esposos, esposas, hijos, hermanos en cargos públicos. Las personas que echaron a

Morales tenían la expectativa de que el nuevo gobierno iba a ser distinto. ¡Decepción! La hija del poder tiene un cargo, no tiene sueldo, pero usa bienes del Estado.

Conclusión popular: ¡Todos los políticos llegan al gobierno para repartirse las pegas!

Los masistas usaron los bienes del Estado para sus cosas personales. El pueblo que tumbó al autócrata tenía la expectativa de que el nuevo gobierno iba a ser diferente. ¡Decepción! Los nuevos gobernantes también usan los aviones del Estado para cosas particulares. 

Conclusión popular: ¡Te dije, sean de izquierda o de derecha, son iguales!  

El gobierno de Morales llevó la corrupción a niveles jamás vistos. En consecuencia, la mayoría tenía la expectativa de que el nuevo gobierno iba a ser honesto y transparente. ¡Decepción! En poco tiempo, saltaron las dudas en Entel, YPFB y por último en el lugar donde todo el país miraba: Salud (caso respiradores). 

Conclusión popular: ¡Confirmado, todos son iguales, entran al gobierno a robar!

Pero el político medio cree, generalmente, que sus errores y escándalos no afectan a la gente. Quizá no saben que la opinión es el resultado de percepciones e imágenes mentales. Y el sobreprecio de los respiradores fue grotesco. Te lo dibujo: Un hombre ve a una mujer moribunda y pobre tirada en la calle. En lugar de ayudarla, le roba lo último que tiene: la esperanza. A mediodía y ante la mirada de todos. 

Lo que no pudo el masismo, pudo el caso respiradores: abatir la candidatura de la Presidenta. ¿Se recuperará?

En estas circunstancias, intuyo que el MAS sigue primero en tendencia de voto, pero cada vez más reducido a su núcleo duro, seguido de lejos por Jeanine y Mesa. Éste no capitaliza lo que pierde Añez. ¿Aprovechará esta vez?. 

Un gap entre las expectativas y los hechos puede ser más mortal que el Covid-19 para una persona dedicada a la política. Tal vez es tiempo de que los alfiles demócratas se digan otra vez: “este es el momento…”.

Andrés Gómez Vela es periodista.

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