Andrés Gómez Vela

Democracia sí, extremistas no

domingo, 5 de julio de 2020 · 00:10

Voy a comenzar el #TinkuVerbal de este domingo contándoles, basado en la historia, tres hechos en tres países diferentes:

En 1931, España vivía su primera transición democrática. El nuevo gobierno republicano, de tendencia izquierdista, encabezado por Manuel Azaña, quería apuntalar una democracia parlamentaria. El desafío era complejo porque la sociedad española estaba polarizada entre la izquierda (anarquistas y marxistas) y la derecha (monárquicos y fascistas). 

Ambos bandos se consideraban enemigos a muerte. Se excluían. Ni siquiera había posibilidades de coexistencia, menos de convivencia. Los republicanos de izquierda querían borrar del mapa político a los católicos/monárquicos y viceversa. 

La República quedó a merced de la violencia, en 1933, después que la Confederación Española de Derechas Autónomas (CEDA) ganó las elecciones. Los republicanos, creyendo que el fascismo había tomado el gobierno, generaron movilizaciones y el nuevo gobierno respondió con violencia. En 1936, Francisco Franco y otros militares dieron un golpe de Estado y España quedó sumida en guerra civil.    

Antes de 1940, en Alemania no había partidos suficientemente organizados y capaces de ganar elecciones. La debilidad de éstos, sus peleas internas y sus intereses irreconciliables polarizaron a la sociedad Alemania a tal punto que la violencia se convirtió en moneda corriente. 

A la debilidad de las organizaciones políticas se sumaron las insalvables diferencias entre protestantes conservadores y católicos, la crisis económica producida por la derrota en la Primera Guerra Mundial, la consecuente pérdida de empleos de millones de trabajadores y la automática inestabilidad política. 

Las elecciones no arrojaban mayorías como para formar un gobierno de coalición. Los partidos conservadores, divididos, no lograban suficiente apoyo de la población. Ante esta realidad, éstos presionaron al Presidente Paul von Hindenburg para que nombre canciller a Hitler pensando que de ese modo iban a excluir del poder a su oponente y beneficiarse posteriormente. Fatídico error, Hitler los enterró y con ellos la democracia alemana.

Antes del golpe de estado de 1973, la democracia en Chile gozaba de buena salud. Había un abanico de partidos que iban desde la izquierda marxista hasta la derecha reaccionaria. En 1970, las elecciones nacionales, convertidas en “una campaña gigantesca de odio” (Radomiro Tomic), dieron como ganador a Unidad Popular de Salvador Allende con el 36 por ciento. 

La Constitución chilena establecía que si ningún candidato sumaba un mínimo de 50 % de votos, el Congreso elegía al nuevo presidente entre los dos candidatos más votados. Los democristianos votaron por Allende y cerraron la puerta a Jorge Alessandri del derechista Partido Nacional que había quedado a pocos puntos en segundo lugar. 

Allende no tenía la mayoría parlamentaria. Sufrió de manera sistemática el filibusterismo derechista que bloqueó la implementación de su programa socialista. Sus aliados se radicalizaron y calificaron a sus rivales como fascistas y “enemigos del pueblo”. Desde la derecha respondieron que la izquierda totalitaria quería un gobierno autoritario al estilo cubano. 

Chile se polarizó y los más radicales de izquierdas y derechas ganaron protagonismo. Para dirimir la polarización, ambos se propusieron ganar las elecciones parlamentarias de 1973, pero ninguno logró la mayoría. El ala extremista de Allende exigió cerrar el Congreso. En respuesta, la Cámara de Diputados aprobó en 1973 una resolución que declaraba inconstitucional al gobierno. Días después, llegó Augusto Pinochet con armas y fuego y acabó con la democracia chilena. Los milicos se quedaron 17 años en el poder. 

Al igual que en la España de 1931-36; en la Alemania de ese mismo tiempo y de Chile de 1970-73, en Bolivia existen dos bandos irreconciliables por la forma cómo se presentan: el masismo que fomenta el “ahora sí guerra civil” para volver al poder y terminar de aplastar a todo disidente democrático (liprepensante), y la extrema derecha que ya se siente en el poder, desde noviembre pasado, para “erradicar” al masismo del escenario electoral.

Con los tres casos referidos, la historia demuestra que en las sociedades polarizadas ganan los extremistas. El riesgo es mayor cuando los partidos políticos son débiles o siendo fuertes toleran y fomentan la violencia. En cuadros polarizados, la sociedad civil sufre la derrota total porque pierde la democracia y vidas. 

Ante la ausencia de organizaciones políticas fuertes y democráticas con líderes visionarios, la responsabilidad de promover la coexistencia entre partidos, la convivencia entre diferentes y la tolerancia mutua pasa a manos de cada uno de nosotros que creemos que la colaboración entre diferentes, el pacto entre adversarios y la vigorosa deliberación entre opuestos conducen a la democracia. 

Sí, a cada uno de nosotros que rechazamos la exclusión del otro, que no aceptamos el cerco a las ciudades, que no queremos el bloqueo, el uso de los otros poderes como arma política para anular al contrincante y retener el poder matando, haciendo fraude y acallando las voces de libertad.

No quisiera que la historia de Bolivia del presente siglo se sume a las tres que acabo de contar. Espero que tú tampoco.
      
Andrés Gómez Vela es periodista.

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