Columna vertebral

No es sólo Trump

domingo, 6 de marzo de 2016 · 00:00
Los sectores más ilustrados de Estados Unidos que calificaron a Trump de un mal chiste ven preocupados cómo alguien a quien consideran una excrecencia política va -aparentemente de modo irreversible- a ser el candidato republicano a la presidencia.

La primera pregunta válida es ¿cómo el partido de Abraham Lincoln y de Theodore Roosevelt ha llegado hasta este punto? Porque vale la pena recordar que estamos hablando de una de las organizaciones políticas más importantes que existen, con incuestionable tradición en una de las democracias más sólidas del planeta. 
 
Una de las respuestas a esa pregunta nos las han dado dos personas: Osama Bin Laden y George W. Bush. El 11 de septiembre de 2001, Bin Laden  llevó a cabo un atentado terrorista que puso en evidencia la permanencia de las pulsiones más radicales de un fundamentalismo que parecía hundido en el remoto pasado y que, aparentemente, había sido superado con la consagración de los valores y derechos humanos esenciales en 1948, tras el holocausto mundial de la guerra. 
 
Bush optó por atacar ese acto terrorista basado en esas mismas pulsiones. La combinación fue letal para todos.
 
Ambos iluminados nos dejaron como herencia este mundo desgarrado y dividido de hoy. El partido republicano perdió el norte en esa ruta. Los duros anclados en las posiciones más conservadoras levantaron la bandera del "Tea Party” (que reivindica el movimiento libertario de los orígenes constitucionales del país) en el que cupo todo.
 
Siempre que ese todo fuera la suma de las ideas, que van desde la oposición a más impuestos hasta el endurecimiento de las leyes migratorias lindantes en la descarnada xenofobia.
 
En este escenario es un error creer que los precandidatos republicanos Cruz o Rubio son opciones menos incendiarias que Trump, la única diferencia es que el magnate ha decidido romper las reglas de lo políticamente correcto y decir lo que realmente piensa él y miles de sus correligionarios.  No es que Trump desvaríe, es que el Partido Republicano, de la mano de un Bush, encarnando la "causa del bien”, ha llegado a límites que superan incluso los delirios anticomunistas del macarthysmo.
 
¿Por qué le funciona el discurso a Trump? Por lo mismo que le funciona el discurso a Le Pen en Francia o al Jefe de Gobierno de Hungría, porque hay sectores importantes de la población en las naciones occidentales que están convencidos de que la migración está destruyendo las bases de sus sociedades. 
 
La caída de las torres o el atentado de Atocha en Madrid, o el del metro de Londres o los ataques simultáneos en París, son un caldo de cultivo extraordinario para resucitar miedos, rencores, odios, agresividad y la Ley del Talión. 
 
Lo fácil es decir que el respaldo a las ideas racistas, discriminadoras y contrarias a la defensa de los derechos humanos de Trump refleja la verdadera naturaleza de los estadounidenses. Semejante despropósito se contrasta con una simple evidencia. Barak Obama, un presidente ilustrado, progresista, defensor de los derechos humanos y por añadidura de color, ha sido elegido dos veces para el cargo que ocupa.  
 
El problema es más serio, tiene que ver con una conducción errada de las respuestas de Occidente a los desafíos del fundamentalismo islámico, con un sustrato mucho más frágil de lo pensado en la construcción de valores colectivos de respeto y tolerancia, y con una realidad cuya complejidad es muy difícil de resolver con los paradigmas que fueron funcionales a la guerra convencional o a la guerra fría.
 
Trump es un candidato perfectamente coherente con el tiempo de confusión que nos toca vivir hoy. Representa una realidad, no un montaje de marketing. Dice lo que millones de personas, dentro y fuera de Estados Unidos, piensan y dicen en voz baja (cuando no a gritos destemplados). 
 
Debemos aceptar que hay que enfrentar la exacerbación de posiciones neonazis, intolerantes, violentas, xenófobas y sexistas, y ser capaces de encontrar respuestas adecuadas dentro de los parámetros de la democracia a esos desafíos. Donald Trump debió ser tomado en serio desde el primer día. Estados Unidos debe tomarse en serio la dramática crisis de rumbo de uno de sus principales partidos y, por supuesto, la existencia de una parte importante de su población que adhiere a las locuras ofensivas de este potencial candidato presidencial a quien, por si hubiese dudas, apoya lo que hoy queda del Ku Klux Klan.
 
Occidente está, qué duda cabe, en uno de sus momentos más difíciles. Es tiempo de recuperar claridad, firmeza y templanza en defensa de los valores que le han dado el vigor histórico a sus ideas.
 
Carlos D. Mesa Gisbert fue presidente de Bolivia.

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