Columna vertebral

Global vs. tribal

domingo, 18 de septiembre de 2016 · 00:00
Universal? ¿De todos? La palabra globalización expresa muchas cosas y ninguna, como de hecho quien se asume globalizado es de todas partes y de ninguna. Escribo esta columna en una tableta mini, en un tren de alta velocidad en Europa, con un sistema de autocorrección que hace de las suyas, pero que básicamente tiene como función "ayudarme” a escribir en castellano, la segunda ¿o tercera? lengua más importante en el internet hablada por más de quinientos millones de personas. 

 Enviaré estas líneas a través del correo electrónico a un grupo de periódicos destinatarios que la publicarán este domingo. El procedimiento es simplemente alucinante. Pongo un dedo sobre la parte superior del texto que aparece en la pantalla, selecciono todo, vuelvo a colocarlo sobre la palabra copiar, voy al correo previamente abierto, presiono suavemente  sobre la pantalla donde dice pegar, el texto aparece en un instante, aprieto sobre la pestaña enviar y los casi cinco mil caracteres estarán en un par de segundos en los dispositivos de mis destinatarios, a más de diez mil kilómetros de donde escribo. 

Un pequeño de un año de edad aprenderá mucho antes el lenguaje de iconos de una computadora o una tableta que el alfabeto y las palabras que con el se pueden formar. La idea básica para el niño es que tocando, moviendo un dedo o una mano todo funciona. Pronto sus movimientos sin contacto físico con el dispositivo o con su voz o su mirada bastarán.

 Este lenguaje, estos modos de comunicarse, esta integración, estas comunicaciones, este fascinante monstruo tecnológico puede lograr muchas cosas y, de hecho, las ha logrado, pero lo que no puede es transformar aquello que nos acompaña desde siempre. La ilusión de ser "ciudadano del mundo” se enfrentará siempre a la batalla por la singularidad, no solamente aquella que encarna cada uno de nosotros como individuos, sino aquella que refiere a una comunidad. 

 La vieja idea de la tribu, la que nos evoca un lugar, un olor, un sonido, unas formas que nos definen de un determinado modo, ni mejor ni peor, distinto, el viejo concepto de la "querencia”.
 
Los humanos tenemos tendencia a buscar la seguridad de un sitio, el de aquel donde están enterrados nuestros muertos o aquel de donde vinimos, el vientre materno, nuestra casa, nuestro barrio, nuestra ciudad.

 Puede ser, de hecho ocurre, que vistamos los mismos blue jeans, comamos de vez en vez la misma comida rápida, escuchemos la misma música, estemos en París, en Nueva York, en Dubai o en Santa Cruz de la Sierra, puede que copiemos los tatuajes de las estrellas del fútbol en nuestras propias pieles (que lejos de aquellos días en que un tatuaje era una transgresión), pero en última instancia, por muy globalizado que todo esto parezca, necesitamos una seña de identidad que nos haga sentirnos parte de una pertenencia. 

Es en este escenario donde tercian el nacionalismo y el fundamentalismo religioso. Frente al anónimo "homo global”, el "homo fide”. Ante el manto implacable de unas reglas para todos y de un gobierno de la especulación económica, y de la ruleta de la bolsa y de las transnacionales, la respuesta en el extremo es una batalla tan implacable e inhumana como el rancio y destructivo nacionalismo radical o como el delirante fundamentalismo, basado en la fe verdadera revelada por un Dios, cuyos designios dependen mayoritariamente del lugar del planeta en el que uno ha nacido. 

Las cosas suceden no como a uno le gustaría, sino como producto del movimiento constante de la sociedad y la naturaleza. El mundo funciona de una determinada manera, no por generación espontánea, sino por la agregación de una compleja e intrincada red armada por más de siete mil millones de seres humanos... pero, sin duda, los avances tecnológicos, que en los tiempos que corren han dado mil vueltas a nuestras más desmesuradas expectativas, son los factores determinantes, como nunca antes, de unas reglas que buscan a incorporarnos a todos en la aldea global. 

El precario equilibrio entre las puntas de una dominante  universalidad y una desesperada tribalización, nos exige respuestas que recuperen algo esencial, tanto como cualquiera de esas dos tensiones, un sentido de lo humano que, afortunadamente, nos acompaña en los genes, aquello que recupera lo más entrañable de nuestra naturaleza, aquello que nos permita entender que nuestra singularidad es perfectamente compatible con lo global, que somos una cosa y la otra, y, que como en tantos otros asuntos, esa paradoja no sólo está en nosotros, sino que es el rasgo que mejor nos explica cómo personas.

Carlos D. Mesa Gisbert fue presidente de Bolivia.
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