Columna vertebral

Jefazo

domingo, 02 de septiembre de 2018 · 00:08

El escritor argentino Martín Sivak, embelesado por la figura de Evo Morales, publicó, a poco del ascenso al poder del líder cocalero, un libro que buscaba dar una semblanza –más bien elegíaca– del nuevo Presidente. Escogió un título muy expresivo: Jefazo, término que salía de las formas coloquiales del propio biografiado, pero que a 12 años de distancia, demostró ser la mejor definición de lo que el Primer Mandatario representa y la relación que tiene con sus subordinados, y la que –esto es lo más grave– pretende tener con todos los bolivianos.

Debemos reconocer que el proyecto de captura total del poder por parte del jefazo no sólo estuvo claro desde el 22 de enero de 2006, sino que no se ocultó al país. En la primera fase, los años del enamoramiento, una gran cantidad de compatriotas creyeron que el MAS representaba una “revolución democrática y cultural”, y votaron con gran alegría y entusiasmo por su aplicación.

Empoderado por la gente, impulsado por la mayor racha favorable de precios internacionales de nuestros productos de exportación en toda nuestra historia, y con un atractivo proyecto, cuyo eje fue la incorporación plena de todos los ciudadanos, en igualdad de condiciones en la vida de nuestra sociedad, el jefazo tejió una trama que, primero poco a poco y después de modo abierto, fue cubriendo nuestra democracia con el inequívoco color opaco del autoritarismo.

Los terribles episodios de 2008-2009, en los que la violencia protagonizada por los radicalismo de oposición y Gobierno estuvo a punto de hacer naufragar al país entero, le dio a los gobernantes la excusa perfecta para iniciar el camino de no retorno al totalitarismo, que estaba instalado en su concepción política desde el inicio.

El jefazo impuso así una Constitución prácticamente por la fuerza (texto con significativas luces y varias sombras) que, tras una sibilina negociación adornada con promesas que nunca pensaron ser cumplidas y, de hecho, no se cumplieron, llegó al referendo de aprobación, ganado con su legitimidad personal. Simultáneamente, a partir de una legalidad basada, por ejemplo, en la retroactividad de la ley para casos de corrupción, inició la fase inquisitorial de criminalización de la justicia, con víctimas emblemáticas como José María Bakovic; mientras, por el otro lado, se hacía una persecución “antiterrorista” que cobró varias cabezas (Hotel Las Américas) y obligó a centenares de personas a pedir refugio o asilo político en varias naciones. Constante que se hizo norma hasta hoy.

A pesar de ello, todavía centeneras de miles pensaron que lo maravilloso del fin justificaba la implacable arbitrariedad de los medios. Esa ingenuidad permitió a los poderosos seguir tejiendo la oscura telaraña. Si en 2006 el escenario democrático de la discusión estaba en el control de las mayorías en el Congreso (la oposición –recuérdese– controlaba el Senado), a la vuelta del tercer gobierno del jefazo, constatamos la evidencia de una oposición raquítica y acorralada por unas reglas completamente amañadas, y una institucionalidad controlada por el Gobierno.

En ese momento nuestra democracia estaba ya irremediablemente capturada. El jefazo es dueño de los cuatro poderes del Estado y lo es contra viento y marea, lo que en buen castellano quiere decir contra la voluntad del pueblo soberano. Baste como ejemplo su apropiación del Poder Judicial, a pesar de haber perdido estrepitosamente en dos elecciones (2011 y 2017), en las que la suma de votos nulos y blancos fue superior a la de votos válidos. Para despejar cualquier duda, pretende hoy eternizarse en el poder, a pesar de haber sido derrotado en un referendo que le ha dicho No a su repostulación.

Su decisión de gobernar desoyendo al pueblo está anclada en un hecho terrible. El jefazo tiene en sus manos una “democracia” a la carta, armada a su imagen y semejanza, adecuada a la satisfacción de sus deseos, y construida para que la “revolución”, que dice representar, se prolongue indefinidamente en el tiempo.

Se podrá decir que “guerra avisada no mata soldados”, lo que ocurrió es que, como el flautista de la fábula, el jefazo fascinó a millones de votantes, la gran mayoría de ellos seguros de que seguían a un líder democrático que, por fin, conducía a Bolivia por la ruta correcta. El gran drama es que cuando el hechizo se acabó, porque el tamaño de la evidencias se hizo más grande que el de la retórica vacía y el de la dimensión brutal de los hechos, lo que tenemos delante es la gigantesca roca de un sistema que se ha apropiado de la democracia, y que sigue impertérrito aplastando los derechos ciudadanos a su paso.

Derrotar un proyecto totalitario con las armas de la democracia verdadera, sobre sus premisas y con un espíritu de paz, es el único camino posible, el que la sociedad boliviana que cree en la libertad debe tomar.

Carlos D. Mesa Gisbert fue presidente de Bolivia.

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