Carlos D. Mesa Gisbert

El primer desafío

domingo, 08 de diciembre de 2019 · 00:09

Tras 14 años  largos años, podemos pensar por fin  sin la pesada ancla de una visión excluyente y asfixiante. Podemos movernos fuera del eje de referencia que debía pasar siempre por cómo resolver nuestra propia mirada. Podemos obviar la presión de dar una respuesta al interlocutor que imponía las condiciones, las reglas y los términos de un diálogo, que en realidad fue siempre un monólogo.

Cuesta despojarse de ese síndrome. Duró demasiado tiempo y fue profundamente desgastante, porque nos obligaba a pasar un filtro imposible. Tuvimos que pensar Bolivia a partir de un proyecto agotado, envilecido, tomado por la corrupción, pero, sobre todo, completamente vaciado de contenidos detrás de la retórica inflamada por consignas cada vez más alejadas de las ideas.

Nos toca ahora proponer lo que en primera instancia fue la afirmación de nuestra vocación democrática frente a la decisión dictatorial de Morales y su gobierno. Es el tiempo de la construcción de un camino de futuro despojado de ese lastre.

Lo esencial sigue vigente, levantar una democracia republicana y de instituciones, la imperativa separación de poderes, y la convicción de que sobre esa realidad es que se debe administrar un país desde un Poder Ejecutivo equilibrado y respetuoso de los otros brazos del Estado. Para ello es inevitable ser obstinado en edificar instituciones, que en un primer momento deben apoyarse en las condiciones de idoneidad  y honestidad de quienes comenzarán esa ardua tarea.

Pero nada de esto será posible si no entendemos la insurgencia, en la increíble primavera democrática boliviana, de sus protagonistas centrales: jóvenes y mujeres de nuestros principales núcleos urbanos. Un descubrimiento, una deslumbrante constatación que confirma un compromiso con el país, un vinculo indestructible con la política y la democracia, pero son realidades que requieren antes de importantes precisiones.

El desafío más complejo, el primero, es el cierre de la brecha étnica, la articulación entre mundo rural y mundo urbano, la necesaria comprensión de que esa acción colectiva contra el autoritarismo no es, no puede ser, una negación de la realidad que es el concepto de la plurinacionalidad, del rol central e inexcusable de los indígenas en la construcción del presente. No es ni puede ser un retorno al pasado, no es ni puede ser una reafirmación de una mirada culturalista y etnicista que profundice, desde el punto de vista del color de la piel, la constitución de una ciudadanía de todos y para todos.

Hay algo en el discurso de la diferencia que debe reformularse. No su reconocimiento, que fue un paso esencial del texto constitucional, sino el razonamiento de las cuotas. La construcción de una propuesta política y democrática debería despojarse de los porcentajes en el color de piel  y reafirmarse en la constitución de un todo que incorpore lo indígena como parte intrínseca del proyecto nacional, lejos del puro simbolismo artificioso del poncho y la pollera, para hacer énfasis en la lengua, en la visión de mundo, en el enriquecimiento de las ideas del programa y la acción a partir de esa multiplicidad enriquecedora que dan las diversas perspectivas.

En cuanto a la relación urbano-rural, es imprescindible entender que la brecha es fundamentalmente una brecha de pobreza, de recursos, de acceso a las condiciones básicas de bienestar. Lo es también entender que los patrones de producción y de consumo son distintos en el occidente y en el oriente del país, y, en consecuencia, es fundamental reorientar la idea de la lucha contra la pobreza. No se trata sólo de una cuestión de ingresos, se trata de aplicar políticas específicas en las áreas más vulnerables con una definición de metas cualitativas. Pero, sobre todo, una acción educativa específica. Es hora de transformar la sopa de letras de la última reforma educativa en un modelo práctico y realista. Lo local y lo universal como el yin y el yan. El discurso y la retórica sustituidos por instrumentos de promoción real de los niños hacia el dominio de destrezas acordes con el mundo del siglo XXI. La visión plural de las naciones dentro de la nación, adecuada a los desafíos que cualquiera de los bolivianos tendrá en su vida para poder contar con las armas del conocimiento sin perder su raíz.

Tras el traumático momento posfraude que desnudó al autócrata, toca entender que las heridas que abrió deberán cerrarse con una vocación democrática genuina, pero con la consciencia de que será un proceso complejo y difícil. Tener un país de todos y con todos es la meta, una meta que demandará romper la fuerte polarización en la que estamos sumidos. Los extremos se tocan, hacen chispa y queman como el fuego que arrasó parte de la Chiquitania. Es eso lo que debemos resolver.

El proyecto de futuro compartido, quebrado en buena parte por la apuesta egoísta de Morales a tiempo de dejar vacante la Presidencia, debe reconstituirse, a la vez que se cosen los hilos de una democracia que debe renacer de los cimientos de 1982, de los errores aprendidos en 2003 y de la larga travesía autoritaria del masismo.

Carlos D. Mesa Gisbert fue Presidente de Bolivia.

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