Carlos D. Mesa

El negacionismo de los hombres

domingo, 05 de enero de 2020 · 00:09

No, no es verdad, no hay crímenes de odio contra la mujer por ser mujer, hay crímenes que se cometen indistintamente de si la víctima es hombre o mujer. Es igual de grave un homicidio cometido contra una mujer que otro cometido contra un hombre.

Se está creando una mitología con relación a este tema que está contaminando las relaciones entre hombres y mujeres. Muchas mujeres aprovechan esta corriente feminista para acusar a los hombres de acoso o abuso sexual y, en situaciones extremas, califican de feminicidio un homicidio que no tiene ninguna relación con el hecho de que la víctima sea mujer por ser mujer…

Los datos fríos: 117 feminicidios en 2019, más de 650 en los últimos seis años. Bolivia como uno de los países con mayores casos de violencia machista de América del Sur. Acoso sexual y acoso político como algo cotidiano. 1.150 violaciones en los primeros seis meses de 2019 (una violación cada tres horas).

Sí, sí es verdad, hay crímenes de odio contra la mujer por ser mujer. La razón es muy clara. La sociedad boliviana es machista, se ha construido sobre la idea de que los hombres son superiores a las mujeres, sobre la premisa de que el hombre tiene un rol de mando, que es la cabeza de la familia y de las decisiones. Tiene “derechos” sobre el cuerpo y el alma de “su” mujer. La mujer “naturalmente” tiene una responsabilidad primordial, ser madre y ocuparse de los hijos y el hogar. Es el “sustento” de ese hogar que la ata a tal tarea.

Se dirá que las cosas han cambiado. Sí, hoy la mujer trabaja como el hombre. Habría que decir que trabaja mucho más, una parte de ese esfuerzo en la casa y la otra en su ocupación convencional.

¿Ha cambiado la idea de que un hombre que sale con muchas mujeres es un gran “macho” y que una mujer que sale con muchos hombres es una puta?

¿Ha cambiado la práctica de la violencia psicológica, física y sexual del hombre contra la mujer dentro y fuera del hogar?

¿Ha cambiado esa práctica violenta y criminal que se hace con tanta frecuencia contra los hijos como una forma de “castigar” adicionalmente a la mujer, por si fuera poco el “castigo” que ya se ejerce contra ella?

Somos parte de una sociedad en la que la violencia, como pasa en buena parte de América Latina, es una realidad que crece como el cáncer.

Se dirá que hay avances extraordinarios en la legislación sobre el tema. Sí los hay, pero lo que no hay es una aplicación adecuada de la ley. Una aplicación que hoy es humillante contra la víctima y que se convierte en una tortura adicional sobre la mujer que hace la denuncia, o sobre la familia de la víctima asesinada, porque el sistema sigue siendo patriarcal (está en manos de hombres) y sigue directa o indirectamente una complicidad de quienes administran justicia con sus pares. Hombres protegiendo a hombres…

Los hombres niegan, no quieren entender, no quieren ser interpelados, quieren seguir dominando el escenario, el de la vida cotidiana, pero sobre todo el sistema de privilegios construidos por siglos en esa vida colectiva.

Machismo desde siempre, desde el tiempo de los indígenas, desde el tiempo de la conquista española, desde el tiempo de la república. Machismo puro y duro. ¿Por qué quien tiene privilegios y ventajas quisiera renunciar a ellos? Por ninguna razón que no sea aceptar y entender, que no sea buscar la construcción de la libertad y la igualdad para todos.

Podríamos pensar en muchas cosas para distraer el verdadero problema, pero no, debemos aceptar que el problema existe, que el problema somos nosotros, que la negación permanente y testaruda que hacemos de la realidad no puede continuar.

Las mujeres saben que nadie regala nada y que los hombres no regalan nada, que lo que queda es una lucha diaria contra este estado de cosas, en la casa, en la calle, en la oficina, en los espacios del gobierno nacional y de los gobiernos regionales y locales.

El poder que administra el Estado no puede borrar su mala consciencia sólo con leyes y declaraciones, debe cambiar, debe transformar en la esencia la relación con las mujeres, volcarse hacia las mujeres y los niños para lograr desterrar la lacra. Una lacra combinada de feminicidios e infanticidios producto de esta negación. No exageren, nos dicen. No necesitamos  exagerar, hay que decir y denunciar el rastro sangriento casi diario de crímenes de odio para que termine de una buena vez.    

Carlos D. Mesa Gisbert fue presidente de Bolivia

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