Carlos Miranda Pacheco

Nuestro gas natural en el menú energético del Cono Sur

viernes, 13 de diciembre de 2019 · 00:12

Para el consumo de gas de Vaca Muerta en Argentina y del PreSal, en Brasil, nuestro gas juega un papel parecido al jamón en un sándwich: aceptado, gustado y apretado por los dos lados.

Todo comenzó en el siglo pasado, después de la Segunda Guerra Mundial. Los aliados occidentales se pusieron a reconstruir Europa con petróleo barato del Medio Oriente. Rusia, Unión Soviética de entonces, prefirió iniciar el desarrollo del gas natural en su territorio, tendiendo gasoductos de larga longitud.

En Argentina se decidió conectar la producción del sur del país con las grandes fuentes de consumo del Gran Buenos Aires. Con este propósito se construyó la línea Buenos Aires-Comodoro Rivadavia (gasoducto del sur). Perón, que entonces era coronel, promovió el proyecto e inició la construcción en ceremonia pública. 

Después se tendió el gasoducto del norte argentino. En ambos gasoductos se fueron conectando las localidades cercanas a los ductos, convirtiendo a Argentina, en poco tiempo, en uno de los países más gasificados del mundo. Ese gran consumo requería también grandes reservas.

Nosotros ingresamos a ese mercado con un modesto suministro de 4 MMm3/d. Rápidamente también se vislumbró que el potencial gasífero boliviano era mayor al inicialmente estimado. 

En 1973, Argentina propuso que Bolivia le concediera la primera opción a los primeros 30 TCF que se descubriera. La oferta fue rechazada porque ya teníamos negociaciones avanzadas con Brasil.

Argentina terminó el siglo XX con un elevado consumo de gas y con reservas bajas. Como una solución, se hizo público el potencial de Vaca Muerta, como una gran zona de lutitas gasíferas y lutitas petrolíferas, cuya explotación en Norteamérica convirtió a ese país de importador a exportador de gas (el milagro norteamericano). Al mismo tiempo, Brasil hizo exitosas exploraciones en sus aguas territoriales descubriendo los yacimientos PreSal.

Los primeros años del siglo XXI encontraron a los países del Cono Sur, Argentina y Brasil, como importadores de gas, y a Bolivia como proveedor de ambos. 

Las veleidades con ideología de izquierda pasada de moda de nuestro gobierno de esa época provocaron la irrupción del GNL en los mercados del Brasil y la Argentina. Todo lo anterior ocurría mientras nosotros dilapidábamos los increíbles ingresos por exportación de gas (más o menos 50.000 millones de dólares), obtenidos por la escalada de precios en los mercados y sin haber podido descubrir reservas adicionales a las que se tuvo a fines del siglo XX.

Como un gran resumen, se tiene que Brasil tiene reservas y producciones de gas muy por encima de su consumo interno, pero distribuidos en muchos campos, con los horizontes PreSal cerca de 200 kilómetros de mar abierto en su frontera. Llevar ese gas hasta la costa por uno o varios gasoductos al fondo del mar lo harían sumamente caro. La posibilidad de utilizar ese gas es instalando una o varias plantas flotantes para convertir gas natural en GNL y que éste, a su vez, sea comercializado en barcos metaneros, como lo está haciendo Shell en campos de Australia. 

Aún después de licuificar el gas y transportarlo hasta tierra firme, Brasil no cuenta con un sistema dorsal de gasoductos para distribuir el gas en todo su territorio. El único gas disponible para el Matto Grosso es el gas boliviano, cuyo precio es alto, por lo que cobra Petrobras para recibir el gas en la frontera, trasladarlo por gasoducto y distribuirlo a todas las poblaciones del Matto Grosso.

Argentina no ha podido lograr las producciones de gas que precisa en las zonas productoras de Vaca Muerta. Estas zonas no son yacimientos de hidrocarburos, sino paquetes de lutitas impregnados de hidrocarburos, que para lograr su producción se tienen que perforar pozos y después aplicar grandes presiones (fracking), y lograr una permeabilidad secundaria, que permite una producción por tiempo indeterminado. 

Vaca Muerta es una solución amarga a las esperanzas de Argentina porque deben perforarse miles de pozos para lograr grandes producciones, pero no debemos olvidar que la actual Vicepresidenta argentina, en su mandato anterior, echó a Repsol de su país para poner énfasis en Vaca Muerta.

Nosotros continuamos con grandes yacimientos en nuestros megacampos, con la mayoría de ellos en declinación. No tenemos ideas claras de las reservas que poseemos, pero por los datos que hasta la fecha se tienen van a ser entre cinco a nueve TCF de gas que nos permitirán abastecer nuestro mercado interno por 20 años y unos dos contratos de exportación moderado de gas, de 15 a 20 MMm3/d por unos 10 a 15 años máximo.

 Ya no tenemos los grandes yacimientos que teníamos al principio de esta gran aventura que se está terminando, pero nuestros grandes mercados tampoco tienen producción inmediata para cubrir totalmente sus necesidades, por tanto: el gas boliviano sigue siendo el jamón del sándwich energético del Cono Sur.

 

Carlos Miranda Pacheco es ingeniero, experto en hidrocarburos

 

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