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Brasil y las olimpiadas

miércoles, 17 de febrero de 2016 · 00:00
Se solía decir que la religión es el opio de los pueblos, pero, como se sabe, desde hace siglos ninguna afirmación es absoluta  ni tiene validez en todo el mundo;  ahí está Brasil como prueba, donde la macumba, siendo religión, era y es solamente un opio leve frente a otro opio más poderoso: el fútbol.

El Mundial de Fútbol 2014 fue esperado por los brasileños con manifestaciones, con repudio contra la corrupción, con críticas a Rousseff y el PT por tener una administración corrupta que no miraba los problemas cotidianos de la gente. En espera de la salsa del balón, miles de miles de brasileños salieron a las calles en Río de Janeiro, San Pablo, Recife,   Fortaleza, en todo  Brasil, a protestar, a levantar su voz contra la corrupción.

Al inicio las protestas parecían ser solamente contra las alzas del transporte público, pero después el enojo fue mostrando otras caras y otras complejidades que estaban ocultas en la telenovela de un país emergente que ha perdido competitividad y que daba signos de recesión.

Las movilizaciones se dirigieron contra los gastos excesivos, mezclados con corrupción, de las edificaciones del Mundial de 2014, cuyos presupuestos eran similares a los gastos anuales de  Brasil en educación y   salud.

Hasta Romario y Rivaldo alzaron su voz contra esos gastos mundialeros y llegaron a pedir, ¡horror para el opio brasileño! la suspensión del Mundial 2014.

Fernando Henrique Cardoso apuntaba que la corrupción estatal es uno de los grandes flagelos de  Brasil. Pero, por qué esos futbolistas siguieron la voz de la gente, simplemente porque las miles de miles de personas que protestaron sentían   corrupción en la adjudicación de obras, percibían enriquecimiento ilícito de empresarios y de políticos. Sólo Pelé no olía nada porque era allegado de la FIFA y de sus negocios turbios.

Lula fue un gran presidente, de alta sensibilidad social, tuvo políticas sociales que permitieron a millones de brasileños salir de la extrema pobreza;  además, otras de sus políticas hicieron posible reducir algunas brechas de inequidad, de una desigualdad que sigue siendo un dato crucial de ese Brasil que parecía, hace años,   potencia emergente.

Pero, aunque Lula hizo mucho por batallar contra la inequidad, Brasil sigue siendo un país de brechas muy grandes entre pobres y ricos.   Sí, el   Brasil de Lula hizo mucho en la lucha contra la pobreza, pero también es evidente que hizo muy poco contra la corrupción. Hoy, cerca de las olimpiadas de 2016, Lula está sometido a varias investigaciones, pues se duda de su transparencia personal y mucho más de su gestión cuando fue presidente. Lula dejó de ser un símbolo, como Brasil, que ya no es nadie en fútbol. Es que algo severo pasa en ese país.

Aunque las olimpiadas están cerca y el zika hace temblar a los brasileños, a pesar de las muchas prohibiciones estatales, los brasileños no dejaron de bailar en su Carnaval, como si quisieran olvidar el zika, la corrupción o el hundimiento económico de su país.

Mientras tanto, pasa el tiempo y Brasil no tiene plenamente preparadas las infraestructuras para las olimpiadas y la gente no está muy motivada con esos juegos. Después de bailar en Carnaval volvieron a la realidad, a la inflación, a la debacle  económica,   a criticar a uno de los regímenes menos populares de los últimos tiempos, el de Dilma Rousseff.

Al inicio de su gestión, Rousseff tuvo que sacar a siete ministros corruptos, heredados de la gestión de Lula, con lo cual ganó una buena imagen,  pero, después, ella misma  se vio hundida en la incapacidad y la gestión no transparente de la cosa pública.

El escándalo de Petrobras es sólo la punta del ovillo que indica que Lula, Rousseff, el PT y los demás   partidos políticos vivieron y convivieron cómodamente con la corrupción. El Brasil que espera a las olimpiadas ya no es el BRIC de antes, es un país en proceso de hundimiento económico y moral de sus élites políticas.

Entre el Mundial de 2014 y la espera de las olimpiadas de este año, Brasil ha retrocedido económicamente y ha inflado la corrupción, razón por la cual una buena parte de los brasileños quiere un cambio de gobierno.  Pero, no se sabe si hay disponible otra élite política que esté exenta de las marcas de la corrupción.

Carlos Toranzo Roca es economista y analista.

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