Todos Santos y el bizcochuelo

Por 
miércoles, 25 de octubre de 2017 · 00:00
Cuesta aclararle a la gente boliviana que el 1 de noviembre no es Día de los Muertos, el uno es Todos Santos; al día siguiente es recién de los muertos. Esto tiene una importancia vital para mi pues soy t’antawawa y no calaca, es decir, nacido el 1 y no el 2. Pero aquí, dale y dale, todos creen que el 1 es la celebración de los difuntos. 
 
Cuesta trabajo también aclararles   que ambos días -el 1 y el 2- no son lo mismo. La confusión surge porque   las almas llegan a medio día del 1. Probablemente lleguen vía aérea, pues por razones conocidas no podrían llegar en transporte marítimo; ellas se van al día siguiente, luego de 24 horas de haber comido y libado todos sus antojos, si no es tiempo de inflación, pues cuando los precios suben mucho, los vivos   -me refiero a los de esta tierra- no pueden poner en la mesa todos los antojos de los muertos. 
 
Por ejemplo, este año muchos se cuidarán de poner platos con papa, pues está   carísima; les harán chuflay sin limón, porque un mini limón cuesta un boliviano y, además, todas la almas comerán productos de importación, porque Bolivia, a pesar del proceso de cambio, no tiene soberanía alimentaria e importa todo de los países limítrofes: papa, palta, chirimoya, tomate peruanos, frutas "sonsas”, sin sabor de Chile y Argentina.
 
Insisto en la aclaración para los confundidos, el 1 es Todos Santos y no Día de los muertos. La tradición no es  igual en todos los países. Por ejemplo, en México el 1 es día de los muertos chiquitos, no de los petizos, sino de los niños, y el 2 es de los muertos grandes, de los adultos. Tanto allí como aquí se pone mesas con las comidas y bebidas que gustaban a las personas que se fueron al más allá. Aquí se llama mesa, allí se refieren a las ofrendas. No sé si este año las familias mexicanas sigan haciendo ofrendas a Juan Gabriel.
 
En esta época me acuerdo mucho de mi infancia, pues los dos días los dedicábamos, con la tropa de nuestros amigos, a la cual se sumaba mi propio hermano   Julio, -por quien rezaré otra vez este año, pues Banzer me lo convirtió en difunto- a rezar, recorriendo nuestro barrio, Villa San Antonio.
 
Pero, el barrio se quedaba corto, era muy chico hace 60 años; entonces, nos pasábamos también a la frontera de Villa Copacabana y penetrábamos en cementerios, y casas del lugar. Algunas veces nos aventurábamos por Miraflores, pero en esa zona nos daban poca paga; en cambio en las villas eran más generosos con los panes, bizcochuelos y otras masitas. Rezábamos preferentemente en casas y no en cementerios. El pago para los mayores era comida   y algo de trago y las famosas masitas de la época: suspiros, maicillos y otros más. A los changos rara vez nos daban comida -recuerdo la variedad de ajíes   que veía en las mesas adornadas por los parientes de los difuntos-. 
 
 A nosotros nos pagaban sólo en masitas, de tanto en tanto, un poco de chicha morada, la cual había que tomarla, pues no la podíamos poner en nuestro saquillo. Los resiris mayores,  -había también una tropa de ellos-, no me acuerdo si eran sólo resiris o si más bien eran  t’irilleros del barrio, rezaban mucho siempre por trago.  Cuando ellos rezaban o cantaban había un fuerte olor a trago,  pero creo que a las almas no les importaba mucho eso, no se inmutaban; más bien se quedaban tranquilas, recordando sus andanzas al lado del pisco, de la cuarta Ormachea o de las cervezas.
 
Desde ese entonces mi favorito es el bizcochuelo. En ese entonces podía comerme unos diez en los dos días, obviamente de los ganados por nuestros rezos, pues la plata nunca alcanzaba para tanto. En cambio, ahora  que puedo comprarme  los diez,  ya no puedo comérmelos. Así es la vida, cuando de niño hay hambre, no hay plata y de adulto cuando hay plata, el hambre es poca.
 
La meta per cápita para cada uno de la tropa, -esta palabra yo no la conocía en ese entonces-, eran dos saquillos de masitas por llok’alla.  Es decir, que en mi casa debíamos tener cuatro saquillos, con lo cual no había  necesidad  de comprar pan por mucho tiempo. No tanto como se cree, porque como en ese tiempo el hambre no esperaba, nos "manjábamos” muy rápido todo el producto  de nuestra fe. 
 
Por cada rezada individual nos daban cierta cantidad de masitas, dependiendo de la bondad u opulencia de quienes  hacían  rezar. Pero la cantidad era mucho mayor si  cantábamos en grupo, -normalmente éramos  cuatro o cinco- y, claro, preparábamos coros de algunos mementos, que hasta ahora puedo  acordarme un poco. Producto  de esos mementos recibíamos  más en calidad y en cantidad.
 
Desde que se fue mi madre ponemos una foto suya en la mesa, en la que no pueden faltar el bizcochuelo ni los coctelitos de tumbo que le gustaban. Este año le pediré una disculpa a su alma, pues no habrá coctelito de mandarina, pues los caleros acabaron con todos los cítricos de los Yungas.
 
Carlos Toranzo Roca es  economista  y analista.

Permítanos un minuto de su tiempo.

Para desarrollar el periodismo serio e independiente, esencial en democracia, que usted aprecia en Página Siete, contamos con un equipo de reporteros, editores, fotógrafos, administrativos y comerciales de primer nivel.

Los ingresos con que Página Siete opera son producto de nuestro trabajo; no contamos con prebendas de ninguna naturaleza.

Si usted desea apoyar el esfuerzo que realizamos, suscríbase a P7 VIP, para recibir de lunes a viernes una carta informativa por correo electrónico, que contendrá un resumen de las noticias y opiniones más interesantes de Página Siete, a un costo de sólo Bs 15 al mes.

Para suscribirse haga clic aquí o llame al número 2611749, en horas de oficina.

152
1

Otras Noticias