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La obsecuencia, una inversión

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miércoles, 19 de diciembre de 2018 · 00:11

Hay ateos que dicen que el Supremo se parece a Cristo ¿por qué lo hacen? Por mantenerse en el poder, por ser reelectos junto al dueño del partido. Nuestro líder es insustituible, está cambiando al mundo y dando nuevas ideas al orbe; varios ministros rodillas afirman esto, su objetivo, seguir gozando el poder derivado que les da el Supremo.  ¿Qué es lo que uno encuentra en la Fiesta del Chivo, de Vargas Llosa? ¿El poder del dictador, las matanzas, los ríos de sangre, su ceguera, el favor a sus familiares, la falta de idea de país, el enriquecimiento ilícito, la discrecionalidad en el manejo del poder, la corrupción generalizada, la sensación de que su poder será eterno?

Los interrogados pueden escoger cualquiera de esos temas; pero (y el “pero” es importante), se debe subrayar la obsecuencia. Si algo destila el libro, si algo sale de esa historia, es la tremenda obsecuencia de sus ministros, de sus militares, de sus correligionarios, de su círculo íntimo y de sus amigos. Eso es lo más grave, pues no había palabra de crítica, ni rictus de molestia ante los excesos del dictador. Por el contrario, él estaba rodeado de aplauso, de genuflexiones, de palmas en la espalda para aprobar todo; había grandes bisagras en esas mismas espaldas para besarle las manos al caudillo. La sonrisa  y aplauso de aprobación para todos sus errores y todos sus crímenes eran lo cotidiano de la política y del funcionamiento del poder.  Cada ministro de Trujillo hacía lo posible e imposible para ser el primero en definir que había que construir monumentos y edificar museos con el nombre del dictador.

En la ex-Unión Soviética pasó otro tanto, las calles se llenaron de monumentos con las figuras de Lenin  o de Stalin; y en América Latina ¿Cuba fue la excepción? todos los ministros revolucionarios se esmeraron en construir estatuas de Fidel, de abrir museos con su historia. Y más cerca aún, pasó otro tanto en Venezuela, donde muchas calles vieron la edificación de monumentos con la figura de Chávez, por suerte para los fanáticos y obsecuentes, hace años en ese país había todavía cemento para hacerlo.

No es necesario haber leído La Fiesta del Chivo para darse cuenta de lo que es la obsecuencia, pues todo lo que hemos descrito, lo hemos visto hace décadas en nuestro país, pues esa obsecuencia, llamada también llunkerío, es una de las constantes en el trato a los líderes, a los caudillos, a los dueños del poder. ¿No existía eso con los liberales, con los conservadores, con los falangistas, con los dictadores militares, con los emenerristas, con los miristas? ¿Es que acaso sus círculos íntimos, sus núcleos de poder, sus ministros no eran casi exactamente igual a los retratos de La Fiesta del Chivo? ¿Es que el caudillo admite crítica?  ¿Es que el líder se inclina ante la razón? ¿Se puede ir lejos en política, si no se es obsecuente ante el caudillo? ¿Se puede tener un alto peculio sin la decisión bondadosa del caudillo o del dictador? ¿Es que acaso el mejor asesor no es aquel que recita lo que piensa el caudillo? ¿Es que muchos ministros no se vuelven escritores para escribir biografías del Jefe? Qué importa la ética, la razón, la reflexión, la formación, si lo que desea el caudillo es obsecuencia. ¿Es que el mejor obsecuente no es el que escribe libros para justificar los errores públicos y  privados del líder? ¿Es que el buen obsecuente no es el que recita en la televisión las bondades del caudillo? ¿Es que acaso el buen obsecuente no es el que inventa orígenes casi divinos del caudillo? ¿El mejor obsecuente no es aquel que reprime o enjuicia a quienes cree que el caudillo detesta?

Pero, todos los caudillos han caído, absolutamente todos, algunos se han desplomado, porque simplemente el poder es ave pasajera, es cosa fugaz, en unos casos dura más que en otros, pero siempre, siempre el poder se va. El pecho de muchos se inflama en exceso con una pizca de poder, el pecho del caudillo crece más, cuando es poder es más grande. Pero, lo cierto es que la obsecuencia no construye un buen manejo del poder, ni del Estado, ni de la cosa pública, ni siquiera de la vida personal. En muchos casos, el exceso de obsecuencia se convierte en un insulto que hiere al sentido común, y al herirlo convierte al poder en más fugaz. La obsecuencia no convierte en eterno al caudillo, antes, bien, puede debilitarlo y perjudicarlo, con lo cual, caudillos y dictadores, junto  a sus obsecuentes,  acaban antes de lo previsto.

Es que el poder no es eterno, aunque así lo crean quienes lo ejercen.

Carlos Toranzo es economista.

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