Pluri-multi

Mi La Paz

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miércoles, 18 de julio de 2018 · 00:11

Hace unas décadas  no había contaminación. Cuando no existían tablets, sólo las tablas de ch’amuña, eran otros tiempos en que se podía almorzar con tranquilidad, sin que nadie esté ocupado en ver su celular; sin saber si tenían o no tenían  likes  por las zonceras que ponen en su Facebook. 

Antes los colectivos iban a 20 kilómetros por hora, con cobradores temerarios que normalmente te mataban del cambio; los colectivos no eran muchos, creo que el rojo, el  número 6, iba por Miraflores; el 2 por Sopocachi y el amarillo, el 11, bajaba hacia Obrajes, quizás hasta Aranjuez. Se los esperaba mucho tiempo, entonces. Llegaban llenos y muchas veces había que ir en la pisadera y aprender  a bajar al vuelo.

En la escuela, -yo estudié en la Piloto y después en el Hugo Dávila-, no nos era extraño que estén orureños, potosinos, cochabambinos, pandinos, benianos, cruceños, chuquisaqueños. También nuestros profesores venían de todos los departamentos, muchos de ellos formados en la Normal de Sucre. 

No nos preguntábamos por qué venían a La Paz. Todavía no estábamos formados, en especial en la escuela, para saber que aquí estaba el centro político del país, quizás sabíamos que era la sede del Gobierno, pero no avanzábamos a más saberes. Sin darnos cuenta, desde muy temprano nos fuimos volviendo cosmocollitas, aprendimos a convivir con gente de todo el país, cada uno de ellos traía su música, sus costumbres, a veces sus comidas.

Todos ellos junto a nosotros, los nacidos en La Paz, comenzamos a desarrollar un ambiente  pluricultural, y desarrollarnos cansina y tranquilamente la interculturalidad. Lo hicimos sin leer libros de muchas páginas, ni acudir a análisis sesudos sobre esos temas, simplemente la vida nos enseñaba a convivir con los diferentes.

Todavía no se oía a Wara, ni a Altiplano y, menos aún a Música de Maestros; cuando más mis recuerdos me conducen al Negro Larrea, creo que era el dúo Larrea-Terán; obviamente  a Gladys Moreno. En las fiestas estaba presente la Swingbaly; en las cercanías del Merlan tocaban sus zampoñas los Cebollitas, que eran unos lustras capos para la música. En el colegio se oía a  los Bony Boy Hots y mucho después vinieron Los Jairas. Pero, ya había paceñidad, se la notaba el 15 de julio en los desfiles estudiantiles, en los que tan importante como Murillo eran las salteñas. Por las noches era más serio el desfile de teas. 

Poco a poco nos fuimos desarrollando junto a las montañas, sabíamos reconocer cómo cambiaban los colores de los cerros según sea la estación que, a propósito,  en ese entonces, además de la Estación Central, había la Estación de Guaqui. Y claro, el Illimani era nuestro guía, aunque no cantábamos “el nevado más hermoso se encuentra en La Paz, Illimani majestuoso, orgullo de nuestra tierra”. No lo hacíamos, pero estábamos en silencio esperando esa letra. 

Aunque éramos chicos o jóvenes, ya advertíamos las discriminaciones, contra indios, contra cholos y mestizos; nosotros mismos las sufríamos, por eso no entiendo cómo uno de los símbolos de los paceños es la cueca Cholita paceña, esa que dice: “Quisiera tener, cholita paceña, ¡Ay! porque sabe querer, es una buena mujer, su bonito andar…”. 

Quizá el tiempo generó algo de sabiduría para abrir los ojos y saber describir a La Paz, que sin sus cholas es “nadies”. Como también sabiduría hubo y hay en La Paz para echar a tiempo a   los tiranos y a dictadores. Esa es costumbre de antes y quizás de ahora, pues hoy los paceños ven la política con ojos de 21F.

Es probable que no sólo a los paceños les guste Collita, sino que muchos bolivianos de otros departamentos que vivieron en esta ciudad se alegren al oír: “Lindas montañas te vieron nacer, el Illimani tu cuna meció y la kantuta su alma te dio...”. 

Si esta música nos llega a lo más profundo de nuestros sentimientos, así también las nostalgias nos conducen a cantar el tango Illimani. Ya pocos cantan el Jacha uru, tal vez porque el mestizaje se ha impuesto en esta ciudad. Pero, al construir la pluriculturalidad, cómo no cantar Niña vamba, ésa que nos conduce a Santa Cruz y nos recuerda que ella fue compuesta por un colla. 

Es que si hace 100 años la multiculturalidad se construía con fuerza en La Paz, desde 1952, desde la Marcha al Oriente, las constantes migraciones de collas están convirtiendo a Santa Cruz en otro lugar cosmocollita. Si al inicio muchos cruceños se molestaron por las migraciones, si no les gustaba el “avasallamiento” colla; ahora deben resignarse al ver la construcción de otra multiculturalidad y la edificación de otra interculturalidad que muestra que, tanto en La Paz como en Santa Cruz, hay nuevas elites económicas conformadas por las burguesías cholas o las burguesías cunumis. Y más profundo aún, en épocas de globalización no hay que asombrarse si se expanden los cosmocollitas por todo el país y las naciones vecinas.

Carlos Toranzo Roca es economista

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