Carlos Toranzo Roca

Duele Bolivia

miércoles, 30 de octubre de 2019 · 00:12

Los bolivianos estamos acostumbrados a la vida dura, al atraso, a las carencias, a perder casi todo; desde el mar hasta la creencia en un futuro mejor. Pero, lo que más duele es que desde el poder se mienta cotidianamente, se engañe con un cinismo sin límites.

El Presidente para aprobar la nueva Constitución en 2009  prometió no presentarse en la nuevas elecciones, mintió;  el 21 de febrero de 2016 convocó a un referéndum para consultar si podía presentarse como candidato, dijo que si perdía por un voto se iría a su casa, mintió; nos dijo que tenía un hijo a quien lo mantenía y cuidaba su salud, mintió, no tenía hijo; expresó que respetaría los resultados de las urnas en 2019, mintió, no sólo no dijo la verdad, sino que ordenó un fraude descomunal que lo pretende ungir como presidente por cuarta vez consecutiva. 

Desde el poder, el Presidente ha instalado a la mentira como forma de gobierno, ha colocado al cinismo como la modalidad de hacer política. Un primer mandatario debe ser un hombre dotado de ética y de valores, es eso lo que debería transmitir a la población, a los jóvenes, a los niños; pero, en lugar de eso, ha conducido a la más grande violación de los valores y de la ética.

No nos sorprende que quienes lo siguen, su entorno inmediato, aplaudan las mentiras y usen también el cinismo como forma cotidiana de hacer política. Es que ese entorno sabe muy bien que la obsecuencia es el mejor camino para escalar en el poder y mantenerse en él. Por eso los obsecuentes se ven obligados a adivinar qué desea comer el Presidente, qué quiere vestir, a quiénes odia, para reprimirlos con prontitud.

La obsecuencia no admite crítica, ni autocrítica, ella es mayor cuando es más grande el poder del caudillo o del dictador. Esos obsecuentes, también ellos, están desprovistos de valores, lo único que desean es mantener en el poder eternamente al caudillo. No es la Agenda 2025 la que importa, no interesa la salud, la educación o el desarrollo de Bolivia; lo que le importa al caudillo y a su entorno es mantenerse en el poder para gozar de él prebendalmente.

Las dictaduras del presente no vienen, como en los viejos tiempos, de la mano de las tanquetas de los militares o de golpes de Estado entre militares y civiles; hoy caminan las vías de la destrucción del Estado de Derecho, de la subordinación del Poder Legislativo, Judicial y Electoral a los deseos del caudillo; camina por la vía de la judicialización de la política, usando a los fiscales enjuiciar a los que disienten del gobierno. Usan el control de los medios de comunicación para propalar su propaganda que siembra odio y que divide a los bolivianos.

Son regímenes que odian el medioambiente, que lo destruyen, como en Bolivia, que no aman a la Madre Tierra, a la cual sólo la usan como discurso de legitimación; son los que ayudan a quemar la Chiquitania para ampliar la frontera agrícola en favor de los empresarios y cocaleros; son los que expresan que aman a los indígenas, pero los reprimen como en Chaparina y el Tipnis.

Los jóvenes, los estudiantes de secundaria o de la universidad, las mujeres han entendido esto. No conocieron las dictaduras de Barrientos, ni de Banzer ni de García Meza, pero están comenzando a conocer la dictadura de Morales. Saben muy bien que el fraude montado por el gobierno implica la transición de un gobierno dictatorial a una dictadura, a un modelo igual al venezolano y nicaragüense. Esto ya no se cura ni siquiera con la segunda vuelta, la democracia requiere otro gobierno, otros valores.

Los jóvenes del presente son portadores de nuevas visiones de futuro, ellos llevan en sus espaldas la necesidad de recuperar los valores, de rescatar la ética, de evitar que la mentira, el engaño y el cinismo sean las políticas de Estado.

Duele esta Bolivia que ve cercenada su democracia, nos sale un nudo en la garganta al ver cómo se opera el fraude y la represión, y cómo se inicia la dictadura, podemos tener lágrimas contenidas o verlas salir a borbotones, pero esa no es señal de debilidad, simplemente es expresión de rabia, de bronca, de enojo contenido, pero esa lágrima se junta con la convicción de evitar la dictadura.

Quizás no haya segunda vuelta, ya no es necesaria, se requiere otra elección, limpia, con otro TSE; tal vez el régimen no caiga de inmediato, pero conocedores de la historia, sabemos que no hay dictaduras eternas, los cementerios están llenos de exdictadores. Los jóvenes, nuestros hijos y nietos, deben tener esa certeza. Si las dictaduras del pasado mataron a nuestros familiares, hermanos, si nos metieron en prisión, si nos botaron al exilio, aquí estamos con convicción democrática para alejar a la dictadura.  Sus represiones no nos han rendido, tampoco ahora.

Carlos Toranzo Roca es economista.

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