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¿Bolivia, país pacífico?

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miércoles, 17 de abril de 2019 · 00:11

Muchos dicen que Bolivia es un país pacífico. Aseveran eso cuando hacen comparaciones con otras naciones que poseen violencias intensas de décadas, como es el caso colombiano, las  violencias cotidianas de Venezuela o Brasil, Salvador o Guatemala. No obstante, cuando miramos la política boliviana, cuando observamos que la “política en las calles”; es decir, el bloqueo, la manifestación, la quema de edificios, los cercos sociales a instituciones, los dinamitazos, los azotes, contra el que no piensa igual que el azotador, los dinamitazos, la toma de rehenes o muchas otras forma de violencia, nos damos cuenta que no somos tan pacíficos. 

Lo cotidiano también está lleno de violencia, más aún ahora, cuando los linchamientos son cosa diaria de nuestra vida, cuando los feminicidios parecen incontrolables, cuando los asaltos son por centenas, los asesinatos por un celular son el pan de cada día, los secuestros express aumentan, el uso violento de una no aclarada “justicia comunitaria”; todo eso  niega la idea de país pacífico.

Es obvio que la intensidad de esa violencia no se compara con la que existe con las maras centroamericanas, ni las de las favelas de Brasil, pero no por ello hay que quedar quietos, creyendo que no tenemos violencia y, lo que es peor, que no creamos que ella se pueda  incrementar.

  Hace más de una década, pero fundamentalmente, desde la instalación del gobierno del MAS, emerge o rebrota claramente otra violencia, la causada por razones raciales, la que brota por el encendido uso de discursos culturalistas; la etnización de la política está inflamando con violencia en el país, está creando fuertes separaciones entre bolivianos, está abriendo heridas que serán difíciles de cerrar en varias décadas.

 Las grandes violencias del presente no son clasistas, ya no son las del añejo enfrenamiento entre burguesía y proletariado, antes bien, las violencias incontrolables de nuestros tiempos vienen por los fundamentalismos de raza, de religión, de región, de etnia. Los discursos culturalistas e indigenistas del Estado poseen un fuerte grado de fundamentalismo, crean una violencia que no se podrá controlar y que destrozan y destrozarán más todavía la convivencia  cotidiana entre bolivianos. 

Pero a esas violencias apuesta intencionalmente el régimen para mantenerse en el poder, ese es el verbo inflamado que usan las principales autoridades del Estado, impulsado el odio entre bolivianos. Mal que mal, desde la Revolución de 1952 se desarrollaba  lentamente la aceptación de Bolivia como multiétnica y pluricultural,  y, además, se impulsaba con calma  el campo de la interculturalidad. 

Sin grandes traumas ni violencias  exageradas  se creaban puentes  de relación entre bolivianos. Está claro que ese proceso no podía eludir hechos reales, la subsistencia de discursos y conductas racistas en algunos actores,  sean de élite o populares, pero que poco a poco se iban morigerando.

 Hoy, el presente, es distinto, está sembrado de violencias culturalistas,  racistas, étnicas y regionales. El Estado es el principal sembrador de odios y de violencia en Bolivia. El Estado masista, como en las épocas de las dictaduras, ha traído de nuevo a la escena cotidiana la lógica amigo-enemigo; penaliza con prisión, con exilio, con sanción pecuniaria de la Renta Interna, con desempleo a quienes piensan de manera distinta al régimen. Esa también es violencia.  

  El discurso estatal es incendiario  cultiva el culturalismo,  el etnicismo, con grados peligrosos de fundamentalismo étnico. Un Estado que debe precautelar el interés general, en realidad, trata de imponer una visión particular, o cuidar los intereses particulares de sólo algunos grupos sociales, de los grupos corporativos como los cocaleros, los militares o los empresarios cruceños. 

So pretexto de interculturalidad intenta imponer el monoculturalismo de clave aymara, pero sin creer en el indigenismo, el cual sólo es utilizado como discurso de legitimación para mantenerse en el poder.  Al hacerlo está echando gasolina al fuego de violencias que serán incontrolables en el futuro, pero al régimen no le interés la paz, sólo apuesta por su eternización en el poder.


Carlos Toranzo Roca es economista.

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